Tom Jones, un tigre apoteósico bajo la lluvia

Los antibióticos y los broncodilatadores que los médicos del cantante le han recetado en las últimas semanas surtieron efecto. Jones sonaba alto y claro como un chaval de 72 años


Primero fue una bronquitis aguda y los gallegos se quedaron con la miel en los labios. Y ayer, el otoño anticipado que se ha venido a instalar en el remate de agosto intentó también acallar a Tom Jones. Pero el de Gales es mucho tigre para unos chaparrones. A las diez de la noche llovía tanto en la plaza da Quintana que más de uno estaba convencido de que Jones traía adosado un gafe que impediría, de nuevo, que su voz resonase contra las piedras que flanquean la Puerta Santa compostelana.

La cola era enorme. Desde el acceso a la plaza llegaba a las escaleras mismas del Obradoiro. Y mucho gallego, pero también incondicionales del cantante llegados de todas partes para exprimir su única cita con el público español.

Entre llueve y no llueve, con pitos y nervios del público, a las 22.40 salía al escenario el hijo del minero Woodward, peliblanco, emperillado y moreno de tez, dispuesto a hacer bailar al hijo del Zebedeo.

Los antibióticos y los broncodilatadores que los médicos del cantante le han recetado en las últimas semanas surtieron efecto. Jones sonaba alto y claro como un chaval de 72 años. Es muy posible que el ídolo que ha vendido cien millones de discos en toda su carrera no se haya enfrentado jamás a semejante auditorio: una plaza impresionante, monumental, y mil personas sentadas y dos mil de pie plastificadas con ponchos multicolores repartidos por la organización para capear, si cabe, el temporal. ¡Había que verlo!

Pero llovía allá afuera. Hit or Miss fue la primera. Y ya todo fue sobre ruedas, meteorología aparte. La apoteosis se resistió, pero estaba cantada, porque el público, aunque no le hace ascos a nada, venía a lo que venía. Por fin, cuando faltaban 35 minutos para el día siguiente, una guitarra anticipó los acordes de Delilah. que sonó casi como una habanera, al principio, y después se transformó en un palmeado flamenco con fondo de corneta cañí. Y ya, sin mucha demora, Sex Bomb. Había quien creyó ver al mismo Apóstol meneando la cadera; el pecado habría sido no dejarse llevar.

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