Vivir o beber Os Caneiros, he ahí la cuestión

La tradición pervive en barcos y fincas particulares frente a la invasión etílica del campo de la fiesta


Hay dos maneras de vivir la romería de Os Caneiros: a bordo de una de las embarcaciones engalanadas que navegan las mareas vivas que estos días hacen crecer al Mandeo -en un terrenito particular que no esté inundado también vale-; o participando en la concentración mugrienta que, río arriba, protagoniza una especie invasiva que contamina la fiesta que toca: el botellonero.

Según uno escoja la pastilla roja o la pastilla azul, como en la película, se llevará un recuerdo u otro. La primera es la tradicional, la de toda la vida, sobre barcos que tienen nombres vaporosos como Soraya número 9, Fernando y Aroa, Mulata de Camagüey, la Piparra... Las lanchas tienen una gran mesa central en torno a la que se sientan grupos de amigos y familias para comer, beber o cantar canciones de karaoke. «¡Mentirosaaaaa, mentirosaaaaaa!», se oye desde la nave A Esmorga.

La charanga NBA ataca con soltura, a bordo de su propio navío, la partitura de culto Eu gosto de mamar dos tetos da cabritilha, de Quim Barreiros. Y, hacia el campo de Os Caneiros, que está en el vecino Coirós aunque es propiedad del Concello de Betanzos, los barquitos navegan a ritmo reposado en esta primera jira (la segunda, el día 25).

Marea tinta

Según van superando la Curva do Espello de este Mekong gallego con eucaliptos al fondo, el río empieza a oler intensamente a vino. Es la marea tinta que tienen pegada al cuerpo los que viven la otra fiesta, la de la chavalada y el alcohol sin medida contra la que el alcalde, sin éxito, clamaba ayer en la radio. Ramón García se temía que, al ser sábado, el vino correría a chorrón. Y no se equivocaba. «Isto non era así, vai para dez anos que chegaron estes e desfixeron a festa», decía un veterano betanceiro que prestaba servicio en Protección Civil. Contaba que, cuando su hijo era pequeño, hace 39 años, lo traían hasta Os Caneiros en un serón de paja. Y que era un gusto ver el suelo tapizado con cientos de manteles de colores en los que las familias merendaban a la sombra. Hoy, el suelo es un barrizal de tierra y calimocho sobre el que retoza la chavalada, morada por dentro y por fuera. Allí se entregan al deporte de moda: romperse las camisetas y sulfatarse de Don Simón con pistolas que disparan vino. Y beber y beber como si no hubiera un mañana. Y después se tiran al río y el resultado es una fotografía lila del Ganges sin vacas. Una gigantesca pancarta dice no sin ironía: «O lixo é riqueza, lévao para casa». La cosa tiene mala solución.

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