Hazañas bélicas en Caldas de Reis

Una instalación recrea cuatro escenarios de guerra donde las batallas son de pintura


Aritz cumple diecisiete años. Seguramente le gustaría celebrarlo pegándose el gran viaje. Pero Aritz, que tiene nombre navarro por parte de padre, es hijo de familia numerosa y conmemorar la víspera de la mayoría de edad en otro continente no es una opción. Pero... ¿y si resulta que existe una manera de situarse en Camboya, por ejemplo sin salir de Caldas de Reis? Pues existe.

Son las cinco y media de la tarde y Aritz, su familia y varios amigos llegan en coches a Campo do Lobo, en Bemil, una instalación creada en los terrenos que circundan una antigua cantera, donde se han recreado cuatro escenarios bélicos: un poblado de Camboya, un reducto, un bosque y una vieja factoría. Vienen a matar, en sentido figurado. El paintball -una guerra falsa en la que se disparan proyectiles de pintura- gana terreno en la oferta de ocio, tanto como entretenimiento como para quitarse el estrés. En las tres horas siguientes, el cumpleañero y sus amigos pegarán barrigazos, protagonizarán escarceos, emboscadas, tomarán el flanco... harán todas esas cosas que hacen los militares pero en versión pinturera.

Balas molestas

Hay unas reglas y hay que respetarlas. Las balas de pintura no hacen daño si se disparan a la distancia adecuada, pero pueden ser muy molestas si uno se salta la convención de Ginebra y decide convertirse en un criminal de guerra. Las protecciones son indispensables: mono, guantes, chaleco antiimpactos, resguardo para el cuello y, sobre todo, máscara; que las carga el diablo. El arma, la marcadora, es una mutación entre un rifle y una sulfatadora. Cada equipo viste de un color. Aritz y los suyos, de gris. Los enemigos, de azul. Los monitores les explican qué pueden y qué no pueden hacer en combate. Al primer bolazo, estás acabado, muchacho.

Durante las horas siguientes lo viven. Hay tiros por todas partes. Hay quien arriesga. Hay quien no arriesga y aguarda paciente detrás de una roca. Algunos utilizan como escondrijos las casas del poblado, la maqueta de un helicóptero desvencijado, las cajas de los muertos del cementerio. Las partidas duran unos quince minutos. Aritz baja de la colina enfadado: un enemigo le ha dado un bolazo en el cuello y le ha dejado una marca; efectos colaterales. Enseguida se compone y sigue la fiesta.

«En las despedidas de soltero -explica uno de los monitores- al novio lo vestimos de pollo o de conejo y organizamos una cacería. Es realmente divertido». Sí, sobre todo, para el conejo. Al acabar, sudado, el grupo regresa a casa tranquilo y relajado, como si hubiera conquistado la isla de Perejil.

Campo do lobo

La instalación, de 20.000 metros cuadrados, se encuentra en el término municipal de Caldas de Reis, en Bemil. Abre todos los días y es necesario reservar (www.campodolobo.com). En cada partida, los jugadores van equipados con máscaras con lentes térmicas antivaho, marcadoras Tippma 98 (el arma), un mono, protectores de pecho y espalda, protector de cuello y un cargador VL200. El escenario, Camboya, incluye una capilla y un cementerio con sus ataúdes y todo.

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