Covelo: un rey, cuatro soldados casados y ocho danzantes solteros


Para los amantes de las tradiciones, los antropólogos o los que quieran vivir un martes de entroido único, nada mejor que acercarse a Covelo, uno de los 27 núcleos de población que se reparten el terreno montañoso del municipio ourensano de Melón, en la comarca del Ribeiro, con solamente 45 habitantes, que son los auténticos mantenedores de costumbres y tradiciones que se pierden en el tiempo. Es el caso del martes de carnaval, una auténtica pieza teatral en la que los actores son los vecinos.

Mañana martes, alrededor de las doce de la mañana, se suben a un carro de vacas y se sujetan bien el santo Entroido y la santa Entroida, dos muñecos hechos de paja y que se suelen vestir con los trajes de una boda del último año. Ya en este momento comienzan a llegar las donaciones de los vecinos: carne de cerdo, productos de la huerta, chorizos, huevos etcétera, que al final de la mañana se subastarán en el atrio de la iglesia, recaudando así parte de los gastos del siguiente año.

Mientras el rey se prepara, en su casa se elabora un ramo que presidirá la comitiva hecho con una rosca dulce, laurel, castañas, chorizos, tocino y una calabaza. El rey da la orden, comienza la música y sale la comitiva. Al rey lo atacarán ocho danzantes solteros y lo defenderán cuatro soldados casados.

La procesión sale de O Regueiro y sube hasta el Coto da Raña, un recorrido en el que, con palos, los danzantes intentarán quitar la corona al rey, que es defendido, a veces violentamente, por los soldados, al tiempo que otro personaje, O Bobo, va detrás recibiendo insultos y terronazos.

En lo alto del Coto da Raña, se hace una especie de juicio que finaliza preguntando el rey en voz alta si quieren que viva o muera el Entroido y todos se decantan a gritos porque viva. Ya en atrio de la iglesia, se subastan los productos y se reúnen los que en la procesión representaban a la Justicia, decidiendo quienes organizarán la fiesta el próximo año.

Después recorrerán las casas, donde serán invitados a vinos y dulces, y entregarán la rosca en casa del principal organizador: este año, Amador Rosendo Vázquez, que casó a su hija Sonia y que será quien la repartirá, poniendo siempre, eso si, el vino, que no se perdona nunca.

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