Una legión de nómadas en barcazas lucha por subsistir en los ríos de Camboya

La pesca es el principal sustento de esta gente que a diario, llueva a cántaros o brille el tórrido sol, intenta superar su falta de conocimiento de la lengua camboyana.


En decenas de míseras aldeas flotantes repartidas por los ríos Mekong y Tonle Sap, que atraviesan Camboya, se hacina una legión de familias vietnamitas sin otro horizonte que el de la subsistencia en sus barcazas de madera.

Sin documentación que les libere de su condición de inmigrantes ilegales a pesar de que la mayoría han nacido en Camboya, cientos de familias vietnamitas navegan río arriba y abajo, al no tener derecho a poseer un pedazo de tierra firme y tampoco dinero para comprarlo.

«Vinimos aquí porque en Vietnam no teníamos manera de ganarnos la vida», recuerda Niu, que vive con su marido y sus dos hijos en una de las menos peores casas flotantes de Kompong Chhnang, en la que al menos no es necesario gatear para poder moverse en su interior.

Los vietnamitas constituyen el grueso de la población de las cerca de doscientas aldeas flotantes esparcidas por las orillas de los dos mayores ríos, que en algunos casos como el de Kompong Chhnang, en el centro del país, llegan a tener hasta diez mil habitantes.

Casi todos los residentes en estas peculiares aldeas, llegaron a principios de los años ochenta, justo después de la caída del Jemer Rojo, un régimen que aniquiló o forzó la huida de toda la comunidad de origen vietnamita.

La pesca es el principal sustento de esta gente que a diario, llueva a cántaros o brille el tórrido sol, intenta superar su falta de conocimiento de la lengua camboyana y la avaricia del funcionario corrupto de turno para vender sus pírricas capturas en los mercados de las aldeas vecinas.

Justo delante de la comisaría de Kompong Chhnang, la Policía expone el último botín conseguido por medio de la extorsión a los pescadores vietnamitas: varias decenas de barcas con los pocos enseres que tenían a bordo.

«Ellos dicen que pagaron el permiso de pesca en Phnom Penh pero como los policías de aquí no sacan nada de provecho, han confiscado las barcas», explica Cristina Togni, una misionera italiana dedicada a la atención de los más desfavorecidos en la aldea flotante.

«Las barcas son ahora de la prefectura», sentencia un agente de la comisaría, que elude decir a cuánto asciende el valor del botín o la forma por la cual esa pobre gente puede recuperar su embarcación.

A merced de las crecidas y decrecidas del río y acuciados por la imperiosa necesidad de encontrar bancos de pescado en unas aguas cada día menos generosas, estas comunidades van de un lugar a otro cuando pueden pagar el precio del «peaje».

La Policía y otros ávidos funcionarios de varios departamentos han establecido por su cuenta y a lo largo de los ríos una extensa red de «peajes» ilegales, en los que cobran un soborno en dinero o especies, por permitir el paso de las barcazas de los vietnamitas.

Diversas organizaciones vinculadas a la Iglesia, que tiene entre los vietnamitas el grueso de la comunidad católica de Camboya, son las únicas que ayudan a esta comunidad con comida, asistencia médica y escolaridad para los niños.

Thy Hay tiene 73 años, es viuda y la artrosis que sufre la obliga a subsistir incrustada en su diminuta barca de cuatro metros, de la que no ha salido desde hace seis meses.

«Le traemos comida y medicinas. Como no puede moverse los vecinos le preparan la comida», explica Togni.

Otra mujer, Vinh Thi To, de 77 años, vive sola a bordo de una piragua de cañas, gracias a la caridad de una organización cristiana y el poco dinero que le dan por la venta de la basura reciclable que recoge en el río.

En otra barcaza, Nhuong se ofrece de lavandera, un trabajo que - dice - le permite ganar un par de dólares al día con los que mantener a seis hijas, entre ellas una que con orgullo demuestra que sabe pronunciar algunas las palabras en inglés que ha aprendido en las clases que imparten los misioneros.

En la aldea flotante, el temor a las represalias por denunciar los abusos es mayor que las dificultades del medio en el que viven.

«No te lo admitirán por temor a represalias», asegura Togni.

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