Chernóbil, viaje al lado oscuro del átomo

La Voz visitó en el 2009 el lugar del desastre. Millones de personas aún sufren las consecuencias del mayor accidente nuclear del siglo XX. Mañana, César Toimil, autor del reportaje, responderá a las preguntas de los internautas sobre la situación actual de la zona, a la que volverá el 26 de abril con motivo del 25 aniversario. Envía tus preguntas.


En Ucrania casi nadie habla ya de Chernóbil. No es un tema de conversación habitual. La gente ve con desdén en las noticias la ofrenda floral en el monumento en homenaje a las víctimas cada 26 de abril. Monumento que, por cierto, está en el extrarradio de Kiev, a varios kilómetros de la última estación de metro. «Da la sensación de que quieren esconderlo», comenta una señora mientras acaricia el nombre de su marido escrito en una de las lápidas que recuerda a los fallecidos en el accidente.

Entrar en la zona de exclusión alrededor de la central provoca un cóctel de emociones muy difícil de describir. Es, desde luego, una zona restringida. Conseguir un permiso para entrar es una tarea cara... y complicada. A partir del primer punto de control, a 30 kilómetros de la central, el silencio y la desolación se apoderan del paisaje. La abundante vegetación invade las ruinas de las pocas casas que aún siguen en pie. En el control de los 10 kilómetros la cosa ya se pone seria. El guía saca del bolsillo el contador Geiger y aquello empieza a zumbar más y más conforme nos acercamos a las instalaciones de la central. Al divisar el fatídico reactor número 4 es inevitable no removerse en el asiento. «Tranquilo, esto aún no es nada», chapurrea el guía en un inglés con marcado acento ucraniano. Pasados los minutos, las horas, uno se confía y tiende a subestimar los alaridos del dosímetro. Y ese es, precisamente, el problema. No ser consciente del peligro que estás corriendo porque no ves, no hueles, no tocas nada que te pueda parecer peligroso.

En algunos edificios de la ciudad fantasma de Prypiat no es aconsejable estar más de unos minutos. Un par de fotos... y fuera. Si estar al lado de la central es inquietante, adentrarse en esta ciudad abandonada te pone inmediatamente en situación sobre la tremenda dimensión del accidente.

Un día le preguntaron al liquidador Viktor Latún por qué no paraba de hacer fotos a todas horas. Él respondió: «Porque me faltan palabras». Ese es el sentimiento que uno tiene cuando está «paseando» por las calles de Prypiat. Los edificios invadidos por la vegetación, el tétrico parque de atracciones, las libretas de los niños abiertas por la misma página que el día del accidente, hacen reflexionar a uno sobre si realmente existe el átomo pacífico.

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