Vicente Ferrer: «La pobreza destruye la esperanza de los hombres y nuestras almas»

Símbolo viviente de la entrega a los que más sufren, el ex jesuita español reivindica desde la India la necesidad de no cerrar los ojos ante el dolor del Tercer Mundo


Vicente Ferrer (Barcelona, 1920) personifica ante la humanidad el espíritu de quienes han querido hacer de su vida un testimonio de permanente compromiso con los desheredados. Su labor en la India, país al que llegó por primera vez hace 55 años, cuando él era miembro de la Compañía de Jesús, fue premiada el pasado día 8 con la entrega, por parte de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, de la Gran Cruz del Mérito Civil. El acto se celebró en Anantapur, donde la Fundación Vicente Ferrer ha puesto en marcha un programa de desarrollo integral que abarca áreas que van desde la educación y la sanidad hasta la integración de personas con discapacidad y la vivienda.

-Hoy crece sin cesar el reconocimiento internacional a su labor. Pero no es difícil imaginar que también habrá habido momentos de desánimo.

-Sí, pero mi humildad crece en la misma proporción. Y eso ayuda a superar los momentos más difíciles.

-¿Qué consecuencias tendrá para países como la India la crisis económica internacional?

-Que habrá menos comida para todos.

-Y ante eso, ¿cómo es posible subsistir sin perder la esperanza?

-El progreso espiritual del hombre y del conjunto de los seres humanos tiene lugar en «el campo de batalla del mundo, tal cual es». Quizás, a pesar de su dureza, el camino sea útil para que el colectivo humano se convierta finalmente en una verdadera humanidad.

-¿Por qué el primer mundo es tan proclive a cerrar los ojos ante el dolor de los países con problemas de desarrollo?

-Porque hay un error de principio. Para empezar, la pobreza no existe. Existen los pobres. Y los pobres se pueden contar uno a uno. En lo que se refiere a la pobreza, podríamos decir que en el mundo hay dos movimientos: uno de arriba abajo y otro de abajo arriba. El movimiento que quiere solucionar la pobreza de todo el universo viene de arriba abajo. En él encontramos a los Gobiernos, a las instituciones mundiales... Nosotros, en cambio, pertenecemos al movimiento que trabaja de abajo arriba, y nos ocupamos de un territorio concreto. Yo no veo la pobreza, veo los hombres pobres. Los tenemos delante de nosotros y nos interesa quiénes son, en qué pueblos viven, qué tierra tienen, cuándo enferman o necesitan ayuda... Buscamos resultados concretos que contribuyan a reducir el sufrimiento. Europa tiene los ojos abiertos, pero las manos un poco quietas.

-¿Ha sentido alguna vez la tentación de abandonar?

-Tenemos ante nosotros un gigante monstruoso, la realidad del mundo. Guerras, asesinatos, millones de hambrientos, lágrimas... Pero también existen millones de seres humanos que dieron sus vidas por ideales más queridos que su propia vida, y aquellos que se sacrifican por salvar a sus hermanos, a los pobres y a los más indefensos. Hemos de seguir ese rayo de esperanza. No podemos abandonar, nuestro deber es intervenir a través de la acción del uno por el otro.

-¿El siglo XXI verá desaparecer el drama del hambre?

-No, pero lo dejará atrás.

-A estas alturas, ¿qué cambiaría de su vida?

-Cambiaría todo. Me multiplicaría por un millón.

-¿Qué es lo peor de la miseria?

-La tragedia de la pobreza, a la que vemos como una masa humana de rostros desfigurados. No solamente amenaza materialmente a los pobres, sino que destruye espiritualmente a la humanidad. La pobreza destruye la esperanza de los hombres y nuestras propias almas.

-¿A qué no se debería renunciar nunca? ¿Dónde se es más necesario...?

-El mundo reclama nuestra intervención. Y este es el milenio para la acción. Hay multitud de causas por las que luchar, y hay que tomar alguna como propia. Tengo fe en las personas y en su capacidad de acción.

-¿Dónde se encuentra la clave de la felicidad?

-La clave de la felicidad está en el equilibrio entre quererse a uno mismo y amar a los demás.

-¿A quién echa hoy de menos a su lado?

-Echo de menos a la familia que se encuentra en España, pero mis hijos nacieron en la India, y yo [nací aquí] en espíritu.

-Su esposa, Ana, ha sido un pilar fundamental en su labor...

-Yo he sido un pilar para ella, porque ella vale más que yo.

-¿El paso del tiempo ha transformado su visión del corazón humano?

-El tiempo no tiene nada que ver con el corazón. Pero si hace buen tiempo ayuda [bromea Ferrer]. Los seres humanos desafiamos toda lógica, y una de nuestras características es que estamos hechos de amor. El corazón posee el amor, la más elevada de todas las emociones. Nuestra corazón es como una brújula que nos señala el camino del bien.

-¿Que pediría hoy a quienes gobiernan Europa?

-Les diría que la mejor política que promover es la de amar al prójimo como a uno mismo.

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