En la trastienda de la verbena

La Voz acompañó durante una noche a la emblemática orquesta París de Noia, cuyos miembros son auténticos obreros itinerantes al servicio de la fiesta


Nada mejor para despedir las páginas del verano que vibrar, durante una noche, con una de las orquestas más renombradas de Galicia. Pero no marcándose unos agarrados en el campo de la fiesta, que eso lo hace cualquiera -cualquiera que tenga pareja-, sino desde dentro del escenario, desde la trastienda en la que se cocina el espectáculo de estos obreros de la verbena.

La París de Noia lleva 51 años calentando el ambiente de las fiestas patronales. En ese medio siglo, su música ha servido para que disfrutasen, para que se olvidasen de los problemas y para que se enamorasen los gallegos de varias generaciones. Hoy, el conjunto es una orquesta del siglo XXI que apuesta fuerte por la tecnología al servicio del espectáculo, pero sin renunciar a una calidad musical que sigue siendo su primera seña de identidad.

Viernes. Fiestas en San Pedro de Vilanova, municipio coruñés de Vedra. La París comparte programa con Gran Parada de Rianxo, otro clásico de los atrios gallegos. A las nueve de la noche, los hombres de Paco -Paco es el encargado de montaje- le dan los últimos retoques al escenario móvil, que visto desde dentro se parece a la idea que uno tiene de la estación espacial internacional. En sus veinticuatro metros de largo hay tanta electrónica, tanta hidráulica, tanta robótica y tanta tecnología punta que la principal preocupación del intruso es no pisar ningún cable, provocar un cortocircuito y mandar la fiesta a tomar viento.

Vacaciones en invierno

Al frente de la París de Noia está José Antonio Blas Piñón, Blas para todo el mundo, que canta, dirige, anima, organiza y todavía tiene tiempo para hacer de cicerone a los visitantes. «Llevamos 29 días tocando sin parar, y mañana [por ayer] nos vamos a Cacabelos. Las vacaciones nos las tomamos de mediados de octubre a mediados de enero», explica.

Para conseguir que la París de Noia suene hacen falta veintidós personas, de las que trece son músicos. «¡Es una de las empresas más grandes de Noia!», dice el director.

Justo después de montar, toca probar el sonido. Todo está a punto así que, mientras arranca Gran Parada, nos vamos todos a cenar al América, que está después de Ponte Ulla. Eso sí, cuando llegamos al restaurante ya saben lo que va a comer cada uno: de la logística de los menús -churrasco, calamares, truchas...- se ha ocupado eficientemente Janet, la bajista, una de las cinco personas que le ponen a la orquesta el acento cubano.

A las doce y media de la noche la tropa deberá estar lista para echar el resto y ganarse a la parroquia y, de paso, ganarse la vida.

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