Glamuroso imán de miradas

Pablo Carballo
Pablo Carballo REDACCIÓN

SOCIEDAD

NATALIA MONJE

La ruta urbana confirma que los coches extralargos conservan todo su poder de fascinación: no hay viandante que se resista a observar y especular sobre los pasajeros

27 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Sufre con el anonimato de su Seat Panda? ¿Lo ha tuneado y aún así no consigue ser el centro de las miradas? No desespere, hay solución: alquile una limusina. Todas las cabezas se girarán a su paso. Garantizado. La tesis se confirma empíricamente con un paseíto por A Coruña. Junto al puerto deportivo (¿dónde, si no?) subimos al enorme Ford Lincoln, ante la perplejidad de algún relajado veraneante que trata de reconocer en el coche a alguna estrella estrafalaria. Imposible confirmarlo: las lunas están tintadas, lo que garantiza el misterio sobre los ocupantes y preserva la necesaria dosis de glamur. Desde el asiento trasero, se atisba, allá adelante, la gorra del chófer al otro lado del cristal separador. El habitáculo (talla XXL) alberga dos sofás de cuero negro enfrentados, con un espacio intermedio en el que podría estirar las piernas hasta Pau Gasol. A un lado, la televisión y un teléfono (ahora despojado de sus funciones en plena era del móvil); al otro, el minibar y los vasos. Sólo faltan los bombones del anuncio. En el techo, un cuadro de mandos: los pasajeros ponen el aire a su aire, y también la tele y la radio; otro botón activa un interfono para hablar con Sebastián, o como se llame el chófer. En este caso, su nombre no es de telenovela venezolana, aunque su trato resulte exquisito. Se llama Carlos. Lleva uniforme y guantes blancos. No es lo más cómodo para conducir. «Hay que acostumbrarse, porque al principio resbalan las manos sobre el volante. Pero la parafernalia es fundamental. Es lo que le gusta a la gente: que les abramos la puerta y esas cosas», explica. Circulamos por el Paseo Marítimo, comprobando sobre la marcha que maniobrar es difícil y aparcar, inviable. Los que van andando siguen con la mirada la trayectoria de la limusina y especulan sobre la identidad de los pasajeros. Los conductores de otros coches cambian los habituales entretenimientos del semáforo en rojo por una mirada sorprendida al vehículo. Los niños se quedan boquiabiertos. Unos chavales vacilones gritan «¡vivan los novios!». Todo el mundo observa con aire reverencial, así que hacemos la prueba de fuego: nos dirigimos a uno de los hoteles nobles de la ciudad para comprobar la reacción del personal. Un recepcionista sale a la puerta y mira el coche con curiosidad. Duda. Se mueve hacia adelante y hacia atrás, emulando a Chiquito. No se anima a abrir la portezuela. Dejamos el lugar y se queda pensativo. Quizá sospecha (teme) que ha perdido un buen cliente. Nuevo público Dentro de su campaña de promoción, la nueva empresa coruñesa limusinas.net pretende llegar a un público insospechado: los jóvenes que salen de marcha. Por 200 euros, una pandilla de seis puede disponer del vehículo cuatro horas para ir de discoteca en discoteca. A algunos les gustará la idea: si uno llega al bar de copas en limusina, cualquier trola posterior tiene que colar. El mundo es diferente desde la poltrona de la limusina. Uno abandona la vulgaridad de la multitud; si le gusta ser blanco de miradas puede bajar la ventanilla, apoyar el codo y tirarse el rollo con absoluto descaro. Si no, bajarse del Ford Lincoln y coger el utilitario es tan gratificante como volver al dulce hogar.