Epidemia nupcial


MAYO era, siempre, el mes de las flores. Este mayo ya no lo va a ser, y los que andamos por el campo cogiendo flores para la mesa de la oficina vamos a quedar más ridículos aun que de ordinario. Porque éste es el mes de la boda. Así que más que un auge de los búcaros floridos, e incluso más que un pico en las alergias primaverales, lo que nos espera es un subidón matrimonial, un mundial del himeneo y un contraataque irresistible de la pamela.Nos guardaremos para junio chascarrillos como aquel de Groucho: «Me casó un juez; debería haber pedido un jurado». Será inoportuno recordar que el matrimonio es la primera causa de separaciones. Será tan grande la alegría de la nación y la epidemia de felicidad nupcial que numerosas parejas de hecho sentirán, en el fondo, la tentación del tálamo oficializado, con múltiples excusas: aunque sólo sea por la fiesta, o por los regalos, por las alianzas, por conseguir la paz intergeneracional, por vestir de rosa a la primita de tres años o porque sea un cura, un juez o un alcalde el que diga: pueden besarse. Pues no, jóvenes; resístanse a la presión, bésense si se quieren, aunque no haya autoridad que lo bendiga, porque de besos nunca andaremos sobrados. Y piénsenlo bien antes de ir a contratar sus corazones. Porque hemos visto matrimonios que se rompen nada más firmar la hipoteca del piso, y eso no es razonable, tanto papeleo en balde. Y bodas en las que, como el novio no era del agrado de la suegra, las amigas le decían en la misma iglesia: «¡Ay, mujer, no te pongas así, que ahora hay el divorcio», y eso no es forma de estar en una ceremonia.

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