Allá, en Faluya

Luis Ventoso

SOCIEDAD

ALLÁ, en esa ciudad hecha papilla que se llama Faluya, velaban ayer a un niño de unos tres años. Para nosotros es una cadáver sin nombre. En la fotografía de las agencias vemos la cara rasguñada del cativo. Un sudario blanco, muy modesto, amortaja el cuerpo pequeño. El pie de foto explica que el niño murió en el ataque de las fuerzas de liberación contra la ciudad rebelde de Faluya, epicentro de la sublevación de los suníes, la etnia del despuesto dictador Sadam. Es de suponer que el niño anónimo tiene padres y hermanos. A ellos les va a costar bastante entender qué es lo que han ganado con la operación Libertad Durader a, la campaña de Bush para convertir a Irak en una floreciente democracia. Tampoco comprenderán por qué todo su país está destrozado, salvo una única excepción: los campos de petróleo, que ajenos a la guerra, siguen funcionando como un reloj suizo. Rodeados de polvo y mugre, podrán ver en alguna televisión descascarillada las comedietas del mundo opulento de los cristianos, que viven en el paraíso del norte. A menos que se trate de auténticos santos, un hondo resentimiento antioccidental emponzoñará para siempre sus ánimos. Alguno empuñará las armas con la resistencia. Otro se dejará seducir por la locura genocida de Al Qaeda. Si les llegan noticias de horrendos atentados en España, sólo pensarán en la cara exangüe de su crío. Allá, en Faluya, los juegos de salón de Bush y Blair son un manantial de luto y odio.