Vilagarcía, Baute y la bola negra


«¡Y quieres que te diga! Las villagarcianas son en general de una belleza y una alegría inquietadora. ¡Y pásmate! Estas lindas galleguitas, tan bonitas, tan finitas, tan sugerentes, ¡no se pintan!... Palabra de honor». Así finalizaba una crónica publicada en 1915 sobre la alta sociedad vilagarciana. El cronista recogía los suntuosos salones del Recreo Liceo, el Casino, y «el codiciado de todos», el Club de Regatas, con su sala de fumar y conversación, sus fiestas del gran mundo y los balandros que el Rey enviaba para las pruebas anuales.El Real Club de Regatas de España, ésa es su verdadera denominación, cumple cien años. Su socio más antiguo, 92. Es el lugar que se imagina. Las señoras juegan al bridge y al chinchón hasta la hora del Dry Martini, y los señores se hunden en los sillones, echan un vistazo a la prensa y sacan las fichas de dominó. Hay algunos nostálgicos que recuerdan su paso por las colonias con doscientos indígenas a su cargo o adelantan la foto del dictador para cuadrarse ante el difunto y ponerse a su disposición. Alfonso XIII, Don Juan con el pequeño rey, el príncipe Felipe adolescente, Fraga de madurito... Galería de imágenes y dedicatorias para un club casi inglés, que conserva las cajas de bolas blancas y negras con las que la junta directiva decidía, hasta hace muy poco, el ingreso de un nuevo socio. Una sola negra bastaba para que el candidato se quedase en puertas.Ahora el proceso es otro. Los socios son los mismos. Uno es Don José, matemático sobresaliente afincado en Madrid que dio clase a eminentes físicos y ahora que está jubilado tiene problemas para encontrar compañeros de dominó. Normal. Gana demasiadas veces.Su esposa está preocupada por el desenterramiento de los fusilados de la Guerra Civil. «Es horroroso, ¿vamos a levantar a todos, a los de un bando y de otro? Porque España sangró de norte a sur, todos quedamos marcados». Sus muertos están en Paracuellos. «Las viudas fueron a hablar con Franco y él les contestó: `Que se hubiesen sublevado¿». Y concluye así: «Que los dejen, por favor, ¿a qué conduce esto? Lo dijo Kipling: `Calla si lo que vas a decir no es más bello que el silencio¿». Indio, e inglés.La influencia británica en Vilagarcía quedó clara. Lo de que sus lindas galleguitas sigan sin pintarse, no. Para comprobarlo, vino al pelo el concierto de Carlos Baute, un venezolano contorsionista ídolo de sieteañeras en adelante. Las madres esperaban a sus niñas bailando a todo meter en los parterres de A Xunqueira. Era gratis y no había lugar desde el que mirar al cantante, pero era necesario hacerlo porque oyendo a las jovencitas el tal Baute era guapísimo; y oyéndolo a él, era el clon de Celia Cruz.Rodeo al parque hacia al fondo del escenario, donde se cocía la organización. «Disculpe, ¿podría...». Imposible, imposible. «Pero mire, tengo que verlo desde algún sitio, este trabajo es así». Imposible, imposible. «¿Y el alcalde y toda esa gente?». Imposible, imposible. ¿Imposible? Pues que escriba el alcalde la crónica. Y adiós (que te fixo, como dice Fernando).Tocó esperar a que el divo saliera del parque, por algún lado tenía que salir, llevado en volandas por un mánager rapado. Entonces se supo la razón por la que no dejaban acercarse al venezolano. «¡Es feo! ¡Qué mal!». Una adolescente con rímel acababa de desvelar dos enigmas. Las vilagarcianas ya se pintan, y Carlos Baute, de cerca, lleva el pelo como David Cassidy y es más bien tirando a normal. ¡Palabra de honor!

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