«El dilema de las redes»: Desactiva ya todas las notificaciones móviles

En su documental Netflix indaga en las entrañas de las empresas tecnológicas, en un modelo de negocio basado en la vigilancia y la persuasión,  y en la adicción que provocan sus herramientas que, lejos de ser taras del sistema, son funcionalidades buscadas


Irónicamente, Netflix -rey del algoritmo- ha incluido en su catálogo un escalofriante documental que desde las más puras tripas, a golpe de testimonios de los que estuvieron allí, airea los trapos sucios de las redes sociales: no sus chanchullos corporativos ni tampoco estrictamente sus malas praxis, más bien dinámicas e intereses naturales, de dudosa moralidad que, aunque nunca han sido un secreto, tampoco se habían expuesto antes de forma tan rotunda. Con su exposición, Jeff Orlowski (Chasing Ice, En busca del coral) da en el clavo: presenta un nuevo orden en el que absolutamente todos participamos -y quién no tenga algún perfil abierto que tire la primera piedra-, y lo hace con tanta lucidez que no han sido pocos los que tras tragarse sin pestañear sus 93 minutos han desactivado ya todas y cada una de sus cuentas. Volverán, cuando se desinfle la euforia, pero conscientes de que ninguno de sus movimientos son arbitrarios, de que nada de lo que están pendientes en la pantalla es inocente.

El dilema de las redes no va de cómo nos espían las tecnológicas ni intenta —al menos, no parece ser su principal objetivo— meter el miedo en el cuerpo. El relato resulta inquietante e incómodo, como un jarro de agua fría que en el fondo no es más que un ejercicio de transparencia: esto es lo que sucede cuando das un Me Gusta, esto si alguien te etiqueta en una foto, esto al hacer scroll infinito. Por esto aparecen tres puntos suspensivos en movimiento cuando alguien está escribiendo. Y por esto te sientes mejor cuando recibes un corazón. Con voces que abordan el funcionamiento de un modelo de negocio basado en captar la atención —hablan, entre otros, Tristan Harris, responsable en su momento del diseño ético de Google; Guillaume Chaslot, creador del algoritmo que recomienda los vídeos de Youtube; y Justin Rosenstein, padre del botón del like—, se intercala una ficción como hilo conductor, la de una familia con tres hijos enganchados en menor o mayor medida a las redes. Funciona a las mil maravillas para romper el tono distópico. Imposible no sentirse identificado.

La pieza audiovisual lleva semanas siendo tema recurrente de conversación. No cuenta nada nuevo, pero lo hace de forma que invita a la reflexión seria: ¿Cuánto tiempo pasamos con la vista en el teléfono? ¿Realmente nos gusta lo que nos gusta o han hecho que nos guste? ¿Existe hoy en día el libre albedrío? Y también: ¿Cómo de potente sería darle un buen uso a esas herramientas? ¿Es la tecnología una amenaza existencial? Lo interesante tras su visionado es comprender que no, que es un instrumento tremendamente eficaz para sacar lo peor de la sociedad (los populismos, las mentiras, las polarizaciones), y que este es el verdadero peligro para la humanidad. Todavía hay esperanza, parece —a pesar de todo— querer decir. Y se agradece.

«Si no pagas por usar un producto, ten claro que tú eres el producto»

Porque la información es poder, los datos de los usuarios son un goloso caramelo para las tecnológicas, pero no el único y ni siquiera el más apetecible ya: la pelea ahora es por el tiempo, por la atención. Las redes son gratis porque no son el producto, son el vehículo; el género con el que el sector se ha convertido en el más rico del mundo son los usuarios. Venden a los anunciantes certezas: no solo que sus anuncios van a llegar a quiénes tienen que llegar, sino que van a tener éxito. El dilema de las redes sienta ante la cámara a extrabajadores de Silicon Valley y les deja hablar: ellos crearon estas herramientas, el monstruo, y ahora se arrepienten. Es importante escucharles.

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