«Arenas movedizas»: ¿Se puede salir del fango?

La serie de Netflix aterra bastante si uno no se queda en la superficie del entretenimiento


El suelo cede bajo los pies y el cuerpo queda inmovilizado, atrapado, engullido; hundiéndose poco a poco, sin margen para la reacción rápida. Así actúan exactamente las arenas movedizas: no es cierta esa deglución extrema de la que nos convencieron las películas, solo una paralización sólida, que requiere de una fuerza considerable para zafarse de ella. Es físicamente imposible que alguien tragado por esta mezcla de arena o fango, arcilla y agua acabe completamente succionado; lo peligroso es no poder salir de ahí. Derrumbarse sobrepasado, sin fuerzas para seguir peleando.

Esto es exactamente lo que le sucede a Maja, protagonista de Arenas movedizas, la primera serie sueca de Netflix. Se trata de una interesante producción a la que en mala hora se le puso la etiqueta de «la Élite nórdica» y que nada o muy poco tiene que ver con las aventuras afectadas de los chavales de Las Encinas. Aquí también hay adolescentes acomodados, desenfreno y un arranque de infarto alrededor del que se va construyendo -también a través de una investigación- lo que las cámaras no muestran del primer capítulo, pero solo hasta ahí hay paralelismo. Por lo demás, ambas historias recorren caminos muy dispares.

De Arenas movedizas se ha dicho también que le falta nervio y, entre otras cosas, que quiere, pero no puede. Discrepo. No solo puede sino que logra, lo que no consigue la española ni tampoco otros títulos recurrentes en otros análisis como Por 13 razones. Primero, por su indiscutible calidad: una fotografía muy luminosa y burguesa, una acertada selección musical, un ritmo más que pertinente, que nunca es fácil. Segundo, por los actores que dan vida a sus protagonistas, especialmente insuperable Hanna Ardéhn (pero ojo con Felix Sandman). Tercero, por la historia que cuenta, tan de telefilme de digestión y siesta como de pura realidad: pasan estas cosas; episódicamente en el norte de Europa, habitualmente en suelo estadounidense, lo que acarrea y exige reflexión. Y cuarto, por cómo la relata, su verdadera enjundia.

Sus seis episodios, basados en un best seller literario de Malin Persson Giolito, hacen hábiles malabares para trasladar la acción, continuamente, del presente al pasado, pero en ningún momento su estructura marea. En ningún momento el espectador se pierde. En ningún momento este producto hace trampas para que la impresión final sea más artificiosa. Tampoco lo hubiese necesitado: la crónica es sincera y la intriga, muy bien calibrada. Se mantiene intacta hasta el final sin recurrir a enredos ni trucos vacíos. Aterra bastante, eso sí, si uno no se queda en la superficie del entretenimiento. Si, al terminar, se detiene a considerar cómo de tóxico puede llegar a ser el ser humano, cuánto hay de complacencia en nuestros actos, cuánto de manipulación. Intencionada o no.

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