«Cóndor»: Cómo se nos pudo pasar por alto este serión

Agárrense: toda la CIA en jaque por un joven y espabilado analista que se atreve a cuestionar que quizá los malos no son tan malos, ni los buenos son siempre los estadounidenses. Max Irons, William Hurt, Brendan Fraser y Mira Sorvino se reúnen en esta actualización por capítulos (de sello americano, sí) del clásico «Los tres días del cóndor». Canela fina


Y con tanto ruido, no escuchamos al Cóndor, ave carroñera y casi amenazada -inmortal, creían los incas-, señuelo (aquí también) y ahora actualización del clásico del cine de espías de 1965 protagonizado por Robert Reford que, a su vez, se asienta sobre una sólida novela de James Grady donde los días del pájaro, en lugar de tres, eran seis. La serie, de diez capítulos, pasó desapercibida en su estreno el pasado otoño en Calle 13: nadie nos previno ni nadie nos llenó de expectativas. Y así, cuando nos enfrentamos a sus primeros minutos por pura curiosidad, intrigados por reflexiones deshilvanadas en Twitter, la satisfacción fue más que plena, hasta violenta la succión.

Porque Cóndor se disfruta mucho. No es una obra maestra, ni falta que hace, porque ya es muy entretenida y muy maratoneable y muy inquieta y muy tensa. Y eso basta: tal es su capacidad de enganche que resulta perfecta para no moverse del sofá durante todo un fin de semana de frío, justo lo que en estos momento más necesitábamos.

Joe Turner -reza su sinopsis- se nos presenta ya en su arranque como un joven inteligentísimo analista de la CIA cuyo idealismo se pone a prueba cuando se une a la agencia de inteligencia estadounidense con la esperanza de reformarla. Se tropieza entonces con un terrible plan que amenaza la vida de millones de personas: pero, ¿de quién es el plan, de ellos o nuestro? ¿Qué vidas están realmente amenazadas, las suyas o las nuestras?

Ellos son aquí los islamistas -fanáticos, se cansan de repetir en la producción creada por Todd Katzberg, Ken Robinson, Jason Smilovic- y nosotros, los estadounidenses y, por extensión, el resto de democracias occidentales en alerta constante -las orejas levantadas- ante el riesgo inminente de una tercera guerra mundial que, creen, será extremista y, sospechan, está ya desatada, aunque todavía dormida. Habría que plantearse, una vez más, quién es aquí el radical. 

Al espabilado chico de la CIA le da vida Max Irons, hijo de Jeremy Irons, que poco nos dice por sí solo, pero que en conjunto completa una estupenda ecuación integrada por los solventes Brendan Fraser -la mediocridad hecha personaje-, William Hurt -implacable tío Bob- y Mira Sorvino -secundaria de lujo-, y tres singulares hallazgos: Leen Lubany -¿no hay debilidad en esta palestina?-, Angel Bonanni -todo el resentimiento en una espalda- y Kristen Hager -tan digna-. Juntos reinventan con habilidad una historia clásica que ya nos habían contado, la del listillo y leído que pone en jaque a todo un servicio secreto al destapar una conspiración impecablemente urdida, y huye, y huye, y gira y gira, haciendo hiperventilar hasta al espectador más pachorrudo

Sorprende que sea producción norteamericana: el discurso no es el de siempre, no es favorable. Irrita no haberla detectado antes, descuidada entre el fuego cruzado de estrenos -hasta el 31 de enero aún se puede disfrutar bajo demanda en Movistar+-. Encanta a quienes gozan como enanos de títulos como Homeland o 24. Y no decepciona, sobre todo al saber que habrá una segunda temporada.

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