La verdad de las estatuas que se quedó Franco

En 1520 las desmontaron del Pórtico y estuvieron 200 años tiradas en Fonseca hasta que las recuperó el conde de Ximonde. Estaban en Raxoi cuando Carmen Polo se encaprichó de ellas


santiago / la voz

La historia de cómo las estatuas de los patriarcas Isaac y Abraham del maestro Mateo acabaron en manos de Franco ha estado sesenta años sepultada bajo una losa de silencio solo rota tras la reclamación de devolución presentada en el 2017 por el Concello de Santiago. Una pretensión que acaba de desbaratar una jueza de Madrid al darle la razón a la familia del dictador otorgándole la legítima propiedad de las dos emblemáticas figuras. Una polémica decisión que añade una muesca más en la tortuosa existencia de dos imágenes pétreas que se han convertido en un símbolo de dignidad para Galicia.

Isaac y Abraham formaban parte, junto a otras imágenes de personajes del Antiguo Testamento, de las jambas de la fachada románica abierta con la que se culminó el flanco oeste de la Catedral de Santiago cuando en 1211 se consagró el templo en presencia del rey Alfonso IX. En 1520, el cabildo quiso ponerle puertas a esta entrada de la basílica, la principal, y el conjunto escultórico se desmontó. Un buen número de estatuas del maestro Mateo quedaron entonces tiradas y olvidadas en los jardines de Fonseca y allí pasaron dos siglos hasta que Pedro María Cisneros de Castro y Ulloa, segundo conde de Ximonde y un destacado mecenas, reparó en ellas y se las llevó a su pazo de San Miguel de Sarandón (Vedra). En esa monumental construcción barroca estuvieron bien conservadas, pero apartadas de la vida pública para la que habían sido concebidas hasta que en 1933 se fijó en ellas el intelectual Fermín Bouza-Brey.

Es en ese momento cuando la azarosa historia de las esculturas entra en la caprichosa senda que las condujo a las manos de los Franco. Bouza-Brey escribió un artículo relatando su hallazgo de las esculturas, lo que hizo que se creara una comisión de sabios locales para convencer al Ayuntamiento de la necesidad de hacerse con las imágenes.

El proceso administrativo para la compra de las figuras se inició en 1947 y culminó el 4 de junio de 1948. El por entonces heredero del condado de Ximonde, Pedro Puga y Sarmiento, accedió a venderlas al Ayuntamiento de Santiago por solo 60.000 pesetas a cambio de que permaneciesen para siempre en el patrimonio público de la ciudad e incluyó una cláusula en el contrato por la que él o sus descendientes recibirían una indemnización de 400.000 pesetas si se incumplía este compromiso.

Las de Isaac y Abraham no fueron las únicas figuras de la fachada exterior del pórtico de la Gloria que vendieron los condes de Ximonde tras recogerlas Pedro María Cisneros de los jardines de Fonseca en el siglo XVIII. En 1956 otras dos fueron adquiridas por el Museo de Pontevedra y son hoy dos de las mejores piezas de su exposición. Otra está actualmente en una casa particular de Ponte Maceira. Otras corrieron peor suerte. Fueron desacralizadas y utilizadas como material de relleno, como es el caso de la que fue hallada de manera fortuita el 5 de octubre del 2016 durante los trabajos de rehabilitación de la torre de las campanas de la basílica compostelana. Desde entonces está expuesta en el museo catedralicio.

Devueltas a la luz por Bouza Brey y el que entonces era alcalde de Santiago, Jorge Sarmiento Garra, es sin embargo en este período en el que la vida de las estatuas se adentra en una oscuridad que no ha permitido al Concello acreditar en los tribunales que pasaron a ser bienes de dominio público integrantes del patrimonio histórico artístico nacional, lo que ha a la postre ha tenido un efecto devastador en la posición jurídica municipal y ha echado por tierra la reclamación de devolución a los Franco.

Asegura el Ayuntamiento en su demanda que las figuras de Isaac y Abraham quedaron instaladas en una escalinata de acceso a las plantas superiores del Pazo de Raxoi, pero lo cierto es que el relato histórico queda desde entonces envuelto en una bruma que tiene en el 25 de julio de 1954 su siguiente episodio. Aquel fue año Xacobeo y el dictador acudió a Compostela para participar en el evento acompañado por su «ilustre esposa», como la calificaban las crónicas de la época. Y si por algo era conocida Carmen Polo era por encapricharse con facilidad. Lo sabían bien las palilleiras de Camariñas o los comerciantes de la calle Real de A Coruña, que sufrían con frecuencia sus antojos, y dicen que sus ojos se posaron aquel día en las dos esculturas.

El caso es que tras aquel día, las figuras del maestro Mateo acabaron primero en el Pazo de Meirás y luego en la Casa Cornide de A Coruña. Como regalo obligado, según el Concello, y compradas en un anticuario, según la familia Franco. Por supuesto, no hay documentos que acrediten ni una ni otra versión. Catedral y Concello emprendieron hace tiempo la lucha por recuperarlas y hubo momentos en los que la hija del dictador, Carmen Franco, estuvo a punto de ceder. Pero al final no hubo manera y no quedó más opción que acudir a unos tribunales que ahora han fallado en contra de Raxoi al entender que la familia del dictador ha poseído pacífica y públicamente las figuras pétreas durante seis décadas.

La sentencia es muy dura con la representación legal de Raxoi, a la que acusa de temeraria y poco rigurosa, pero no entra a valorar el verdadero meollo de la cuestión: ¿Puso negarse el Concello en 1954 a regalar las figuras sin dejar rastro de ello? ¿Es pacífica la posesión de un dictador que estaba por encima de la ley y la moral? ¿En cuántos de esos 60 años fue posible una reclamación de este tipo, teniendo en cuenta que ni ahora hay consenso para exhumar a Franco? Quizás la Audiencia Provincial de Madrid, al resolver el recurso, tenga a bien dirimir la cuestión.

Fermín Bouza-Brey encontró las figuras pétreas en 1933 y relató su hallazgo en un artículo

Tras comprarlas por 60.000 pesetas en 1948, el Concello las ubicó en la casa consistorial

El fallo no entra en si es pacífico que un dictador pida un regalo que nadie podía negarle

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