La aldea que juega al despiste en Compostela

Desde la colina más alta se ve la Catedral y por eso se sabe que está en Santiago, aunque sus vecinos a veces lo olviden


Ya el nombre despista. ¿Qué hace un topónimo árabe en la más alta colina compostelana? Una almáciga es un sementero, y seguramente el monte de la Almáciga lo fue mucho antes de ser habitado. Pero fue muchas cosas más, cada una más variada y variopinta. Fue la nevera que conservó un pozo de nieve en el siglo XVIII y un lazareto en el XIX, fue también un fuerte de pólvora que voló por los aires en 1836 y ahora es enclave de uno de los depósitos de agua que surten a la ciudad. Fuego, agua, nieve y aire. Por ser de todo, el monte de la Almáciga fue incluso escenario de la batalla que dio lugar al principio del fin de los Irmandiños, que fueron derrotados allí por los ejércitos del arzobispo Fonseca y de Álvarez de Soutomaior.

Poco a poco los lugareños se fueron acercando y fueron domesticando el paisaje. Primero plantaron carballos y luego montaron cabañas. Y así hasta que a principios de los ochenta se levantaron las casas sociales que poblaron Vite, San Caetano y la Almáciga de familias de muy diferentes procedencias, razas y culturas que lo único que tenían en común era la modesta situación económica que les daba derecho a la vivienda. Y sobre todo Vite, pero también la Almáciga, se manchó ligeramente de esa mala fama provocada por un realojo siempre peligroso si no va acompañado de programas de inserción. Pero en la Almáciga se hizo, y lo hicieron sobre todo los vecinos, los menos interesados en que su barrio fuese la Vallecas compostelana ni nada que se le pareciese.

Vecinos como Pepe o Manolo, que trabajaron duro a través de la asociación Francisco Asorey-Barrio da Almáciga, tanto en la creación de espacios verdes y de ocio para los pequeños y adolescentes que llegaban al barrio como en la urbanización de las calles o en la puesta en marcha de las huertas urbanas. Pepe llegó a principios de los ochenta como beneficiario de una de las viviendas del polígono. «A Almáciga xa daquela era unha zona tranquila, pero estaba estigmatizada pola chegada de familias de raza xitana. A realidade é que a maioría éramos familias normais, como calquera outra familia humilde». Él se quedó: «É unha zona estupenda, estamos ao lado de todo, temos a liña de buses que pasa por diante da casa, a un paso da estación de autobuses, andando lévame oito minutos chegar á praza de Cervantes; temos parques, temos vistas... Está moi ben». Entró en la asociación de vecinos de una forma que él dice circunstancial: «Non había rapaces na rúa e o meu quería xogar ao fútbol e eu quería facer un equipo para que xogaran os rapaces. Fun á asociación de veciños para ver se había algunha posibilidade e dixéronme que si, ‘pero contigo dentro’, e así foi como me acabei meténdome».

Manolo se casó en la Almáciga y desde el primer día se sintió del barrio, de ahí que sintiese también la necesidad de hacer cosas por mejorarlo. «Vin que o barrio necesitaba botar man del e para iso había que meterse na asociación de veciños. Había un certo despexe económico e había que aproveitar ese revulsivo para reivindicar melloras para aquilo que estaba mal; que eran, por certo, moitas cousas: rúas, sumidoiros, alumeado público... Aínda tivemos que ir pedindo porta por porta para xuntar cartos que esixía o concello para poder renovalo».

Pepe era de Conxo y se fue para la Almáciga ante la necesidad de darle un hogar a su familia. Manolo era de A Estrada y se fue para la Almáciga por amor, y Laura era de Vedra y se estableció en el barrio, porque primero vivía en Santiago de Chile «e aquilo era terrible, non se podía durmir». Laura es profesora del colegio de Vite, donde también le dio clase a niños de la Almáciga antes de que se construyese la escuela del barrio. Ella tiene la clave de por qué desde Conxo, desde A Estrada o desde Vedra, todos se hicieron vecinos de la Almáciga: «Cheguei moi embarazada e fun recibida aquí como se fora de toda a vida. Sentinme realmente cómoda, como na aldea, porque eu son de aldea».

Desde lo alto se admira la Catedral y estos días también la noria. De no ser por esas referencias, podría no ser Santiago. Podría ser, por ejemplo, Fefiñáns, el barrio marinero de Cambados donde nació el más insigne vecino de la Almáciga, el escultor Asorey, que tenía en lo alto de Compostela su taller y que se quedó para siempre muy cerca, en el Panteón de Galegos Ilustres de Bonaval.

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