Manuel López: «En Santiago llegó a haber miles de telegramas diarios en su época»

El extrabajador de Correos cuenta cómo era la vida antes de que hubiese teléfono o correo electrónico en casa


Santiago / la voz

Manuel López Méndez empezó a trabajar en el servicio de Correos en el año 1957, «a la tierna edad de 13 años», apunta. Comenzó en su localidad natal, Sarria, como repartidor de telégrafos. Iba montado en una bici y cuenta que por aquel entonces «había más telegramas que cartas. Era la forma de comunicación escrita entre particulares más extendida, incluso había una tasa específica para prensa porque era el medio por el que se transmitían gran parte de las noticias». Estuvo en la oficina del municipio lucense siete años, hasta que cumplió los 20, edad a la que llegó a Santiago, donde desempeñó su trabajo durante casi medio siglo.

«Entre morses y teletipos estuve 32 años, por lo que vi toda la evolución del telégrafo», subraya. Ese testimonio histórico en primera persona es el que ha plasmado en un libro, titulado Memorias de un niño telegrafista. La historia está «salpicada de apuntes políticos y sociales», indica el vecino de Teo, así como de multitud de experiencias personales, incluidos los juegos infantiles «que compatibilizaba con la atención en la oficina de Sarria». «Me entretenía con el marro, por ejemplo, o con los partidos de fútbol que hacíamos en la calle donde vivía. Entonces a lo mejor pasaba un coche cada 10 horas, eso si pasaba... Y había un guardia municipal que si cogía la pelota te la rompía, porque estaba prohibido jugar con ella en la vía pública», relata Manuel.

Explica que hasta comienzos de los años 90 no entró en decadencia el envío de teletipos o comunicados por morse, un código asentado sobre corrientes cortas y largas para representar combinaciones de puntos y rayas (formando letras o números) que llegó a manejar con verdadera agilidad. Golpeando el teletipo alcanzó más de 500 pulsaciones por minuto. «Llegué a tener callo en el dedo gordo en la mano derecha», comenta.

Desembarco en año santo

El sarriano afincado en Los Tilos (Teo) recuerda que vino a Compostela en el 1965, era año santo, «y un altavoz en la rúa do Vilar repetía el himno del Apóstol: Santo adalid / Patrón de las Españas / Amigo del Señor...», recita.

Por las manos de Manuel pasó toda clase de información: «Algunas personas jugaban partidas de ajedrez por telégrafo entre Santiago y Vigo. Puse telegramas de amor, de desamor, de nacimientos y defunciones». Cuenta que hasta «algún guaperas se presentó un domingo para poner dos telegramas a dos chicas de Madrid, con una de ellas quedaba a las cuatro y con la otra a las diez de la noche»; pero nunca revelará quién, porque sigue guardando el secreto de la correspondencia.

También prestó sus servicios cuando había algún acontecimiento en la ciudad, como la Vuelta Ciclista o la visita del presidente de la República Argentina, Raúl Alfonsín, para recibir el título de hijo predilecto de Galicia y las llaves de oro de la ciudad de Santiago. «Los periodistas montaban salas de prensa y se instalaban cabinas telefónicas y de telégrafos para mandar sus crónicas y allí íbamos», recuerda.

«Luego vino el fax y los telegramas y teletipos empezaron a ser un producto residual; pero conocí épocas en las que en Sarria había mil y pico de telegramas al mes y en Santiago llegó a haber miles diarios. En algún momento tuvimos tal congestión que hubo que recurrir al ingenio». Capítulos como este son desgranados en su libro.

Manuel López sacó las oposiciones y ascendió a jefe de servicio en Santiago, donde se licenció en Derecho. Hoy ve con cierta nostalgia aquella época en la que los hombres que hacían la mili esperaban la carta de su novia, impregnada en su olor o con un beso estampado: «Se ha perdido el romanticismo, pero los avances tecnológicos no se pueden frenar. Hoy nadie espera ansioso que entre un email, por ejemplo».

Jubilado en el 2013, «todavía sueño que estoy en la sala de aparatos entre teletipos», reconoce.

La obra. «Memorias de un niño telegrafista» verá la luz este año. En ella Manuel López Méndez relata los últimos años de la telegrafía y la transformación de las telecomunicaciones. Su relato fue reconocido por Correos con un premio de las Ayudas a la Investigación.

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