Santiago, en deuda con su universidad

Juan M. Lema Rodicio CATEDRATICO EMÉRITO DE ENXEÑARÍA QUÍMICA DE LA UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

SANTIAGO CIUDAD

SANDRA ALONSO

15 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace unos días, en el Ateneo de Santiago, se celebró un debate entre las cuatro candidatas al rectorado de la Universidad de Santiago de Compostela en el que se abordó la relación entre la universidad y la ciudad. Por parte de las candidatas se plantearon numerosas propuestas y ofrecimientos dirigidos a Santiago y a su ciudadanía, muchas más de las que suelen recogerse cuando se habla, de forma genérica, de lo que la universidad «aporta» a la ciudad. Todo ello resulta valioso y muestra una clara voluntad de apertura. Sin embargo, el propio debate dejó entrever, quizá sin pretenderlo, una cuestión de fondo que merece atención: mientras la universidad se ofrece activamente a la ciudad, la ciudad apenas se interroga sobre su relación con la universidad. Ese desequilibrio sigue marcando hoy el vínculo entre ambas. La respuesta a esa pregunta es reveladora: la ciudad podría hacer mucho más por su universidad.

Santiago no siempre incorpora la universidad como elemento central de su identidad ni de su planificación a largo plazo. Para una parte significativa de la ciudadanía, la institución universitaria se percibe como una presencia habitual, estudiantes que van y vienen, edificios históricos, actividad académica, que forma parte del paisaje urbano sin generar un sentimiento claro de pertenencia compartida. Y, sin embargo, no es menor el privilegio de acoger una de las universidades más antiguas y relevantes del país. Esa distancia se aprecia incluso en aspectos muy concretos. Basta con recorrer la ciudad para comprobar la escasa señalización urbana que orienta hacia los centros universitarios, las facultades o los campus. En muchas ciudades universitarias, esta señalización forma parte de su identidad cívica y de su manera de visibilizar el conocimiento como un valor colectivo. En Santiago, en cambio, la universidad pasa con frecuencia desapercibida en el espacio urbano.

Algo similar ocurre en los campus. Aunque cumplen su función académica, muchos de sus entornos presentan signos de deterioro urbano y una integración mejorable con la ciudad. Pero, además, son espacios poco pensados para la vida cotidiana y la convivencia. Faltan zonas agradables para permanecer, mesas donde sentarse a estudiar o conversar, espacios que inviten al encuentro informal entre estudiantes, profesorado y ciudadanía. Los campus podrían ser lugares más habitables, más vivos, más abiertos, capaces de fomentar comunidad y no solo tránsito. No se trata únicamente de mejorar infraestructuras, sino de entender los campus como espacios urbanos con valor social. Lugares donde el conocimiento se comparte fuera del aula, donde la convivencia genera ideas y donde la universidad se hace visible y accesible para la ciudad.

La relación de Santiago con su universidad sigue estando muy condicionada por una lógica funcional o económica, sin aprovechar plenamente su potencial cultural, social y cívico. Se generan pocos espacios estables de encuentro y colaboración que acerquen el conocimiento universitario a la vida cotidiana de la ciudad. Santiago se beneficia de esta institución, pero podría implicarse más en su cuidado, visibilización y proyección. Acompañarla y reforzar su presencia en el espacio urbano no es solo una responsabilidad institucional, sino también una oportunidad para construir una ciudad más abierta, más crítica y conectada con el saber.

Ha llegado el momento de plantear esta reflexión de forma compartida. No basta con que la universidad se pregunte qué puede hacer por la ciudad. Esa pregunta lleva tiempo sobre la mesa.

Es igualmente necesario que la ciudad se pregunte qué ciudad quiere ser para su universidad. Porque una ciudad que no integra plenamente el conocimiento que alberga corre el riesgo de desaprovechar uno de sus principales activos de futuro. Compostela mantiene una deuda con su universidad. Reconocerla puede ser el primer paso para empezar a saldarla.