Él renunció al sacerdocio cuando supo que era gay y hoy sigue su camino a la felicidad en Santiago

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO CIUDAD

Zientera, hijo de granjeros, se crio cerca de Varsovia. Aunque colgó la sotana un año antes de vivir a Santiago, dice seguir siendo «sacerdote en mi corazón, aunque ya no trabaje activamente en la Iglesia».
Zientera, hijo de granjeros, se crio cerca de Varsovia. Aunque colgó la sotana un año antes de vivir a Santiago, dice seguir siendo «sacerdote en mi corazón, aunque ya no trabaje activamente en la Iglesia». CEDIDA

El polaco Robert Zientera dio este paso porque se negaba a llevar una doble vida y apoya a otros que están en esa misma tesitura

08 feb 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

La vida de Robert Zientera dio un vuelco hace justo dos años. En enero del 2022 tomó una dura decisión y dejó el sacerdocio tras estudiar seis años para ello, ejercer uno como diácono y otros cuatro como párroco en su país. El polaco de 30 años no esconde los motivos por los que aparcó su gran vocación. «No me avergüenzo de mi pasado ni de mi presente», dice con voz serena. «Soy gay y, cuando descubrí mi orientación, renuncié al trabajo en activo en la Iglesia», continúa. Sentía el impulso de explorar su sexualidad, pero no quería llevar una doble vida, explica: «De verdad que creía que el sacerdocio era mi camino. Aunque mi familia no es muy religiosa, yo sentía una conexión con Dios y pensaba que a través de mi vocación podía cambiar el pensamiento de otras personas, porque en Polonia el clero tiene mucha influencia. Pero no quería ser hipócrita, tener doble cara ni ofender a ninguna persona». Necesitaba tiempo para «entender mi vida un poco más», relata, y se negaba a hacerlo a escondidas, convertir su condición sexual en un tabú, por lo que fue consecuente y optó por colgar la sotana.

Fue el primer paso en su camino hacia la felicidad, que le condujo hace 10 meses hasta Galicia, una tierra en la que siempre quiso vivir. Lleva desde abril del 2023 afincado en Compostela. Nunca había estado antes en la ciudad, si bien «la conocía porque es importante para la Iglesia», cuenta este maestro de Teología. Una oportunidad laboral, relacionada con su formación en recursos humanos, hizo posible que cumpliese su sueño de residir aquí y admite que le resultó más complicado encontrar un piso que trabajo. Empezó en un empleo de reclutamiento de personal. La empresa cerró y lo contrataron en McDonald, donde «pude aprender mucho español con mis compañeros», afirma orgulloso. «Al llegar a España solo sabía decir: ‘sí', ‘no', ‘entiendo' y ‘perdona'. Todo lo aprendí aquí», revela un treintañero que actualmente se desplaza a diario hasta A Coruña para trabajar en el departamento de soporte técnico de una empresa global de IA y se sigue esforzando por avanzar en su dominio del idioma.

Robert comparte su día a día en las redes sociales, como la mayor parte de personas de su generación, y se niega a borrar las fotos antiguas donde aparece casando a parejas u oficiando misas. «Forman parte de mi historia y si las publiqué es porque en ese momento yo era muy feliz. Es algo de lo que no me tengo que avergonzar», argumenta. De hecho, invita en Instagram a que le escriban libremente porque vive sin tabúes y, confiesa, es habitual que otros curas que pasan una situación similar a la suya le pidan consejo y apoyo. También recibe odio, aunque le resta importancia y se centra en el lado positivo: «El 99 % son mensajes buenos que me llegan».

Dice Robert que él sigue siendo creyente, aunque desde el arzobispado puedan opinar lo contrario. Agradece el apoyo que siempre ha recibido por parte de su familia, tanto cuando dijo que quería ordenarse como en relación a su orientación sexual. No obstante, asegura que la sociedad española lo ha recibido con un cálido abrazo: «En 10 meses en Santiago yo me sentí más en mi casa que en Polonia. Las personas aquí tienen mucha paciencia con mis dificultades con el idioma y hacen un esfuerzo para explicarme y entendernos. Aquí tengo ahora muchos amigos». De la capital gallega, le encandiló la arquitectura y compara el casco histórico con «un gran museo al aire libre», pero sobre todo «me enamoró su gente... Al final no puedes tener relación con un monumento, con un edificio o la naturaliza, pero la mentalidad abierta que hay aquí, la hospitalidad y las ganas de ayudar es lo que te hacen sentir a gusto». De espíritu constructivo y positivo, el polaco practica la filosofía de apreciar cada momento. «Tenemos solo una vida y yo quiero usar mi día para estar feliz y con una sonrisa en mi cara», concluye.