Cambiar la ciudad por la aldea, un lujo a solo un paso de Santiago: «A xente non sabe o que se perde»

O. P. Arca / E. Forján / A. Vázquez / Á. Sevilla / C. Ramírez / N. Noguerol

SANTIAGO CIUDAD

La Voz

Cerca de una veintena de personas que ahora residen en zonas rurales de Teo, A Baña, Boqueixón, Negreira, O Pino o Arzúa recomiendan y explican su decisión: «Ou nos levan arrastro, ou non cambiamos isto por nada»

31 oct 2023 . Actualizado a las 15:37 h.

Décadas después de que Mecano entonase su Quiero vivir en la ciudad, son muchas las personas que prefieren cambiar el asfalto por el verde, los bloques de cemento gris por los árboles y el bullicio por la tranquilidad. Son en unos casos parejas jóvenes que se decantan por el rural para emprender un nuevo proyecto vital, y a veces también profesional. Hacerlo en el entorno de Santiago tiene además la ventaja de que en poco tiempo pueden desplazarse hasta una ciudad, donde muchos de ellos mantienen su puesto de trabajo.

Las estadísticas oficiales reflejan esa tendencia, y el pasado año fueron nueve municipios del área metropolitana los que ganaron población, además de la propia ciudad de Santiago. De acuerdo a las últimas cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), el padrón municipal crecía en Teo en 140 vecinos sobre el ejercicio anterior, mientras Brión sumaba 112 habitantes más y Ames agregaba 102 a su censo. Son los tres que aumentaron más de un centenar de personas a unos padrones municipales que crecieron en la última década de forma notable. Así, Ames contabilizaba 29.331 habitantes en el año 2012, para llegar a 32.095 en el 2022, con un crecimiento notable tanto en Bertamiráns como en O Milladoiro; también Teo vio crecer en ese período su población, desde los 18.454 vecinos a los 18.918; y en Brión, el alza fue de 7.369 a 8.069. También Oroso incrementó su población hasta los 7.572 habitantes, frente a los 7.328 diez años antes. El pasado ejercicio también incrementaron su población Boqueixón (4.188 vecinos), Melide (7.438 vecinos), Negreira (6.811), Santa Comba (9.365) y Padrón (8.349), si bien en el cómputo de toda la década su padrón es inferior.

Son municipios del área metropolitana de Santiago con una amplia oferta de servicios, que llevan a muchas personas a plantearse residir tanto en unos cascos urbanos a escalas manejables como en unas parroquias en las que gozan de una libertad que ganó enteros en la agenda vital después de padecer el confinamiento del coronavirus en el año 2020.

PACO RODRÍGUEZ

«En Bertamiráns todo está a mano»

Antía Bermúdez y Sergio Pardiñas cambiaron A Coruña por Bertamiráns en junio. Fueron motivos laborales los que trajeron a esta pareja de veinteañeros a A Maía: «Yo estudié logopedia, encontré trabajo en O Milladoiro y decidimos venirnos, porque él es informático y puede teletrabajar, basta que vaya un par de veces al mes a A Coruña». Valoran positivamente el cambio desde una gran ciudad: «En Bertamiráns tienes todos los servicios, y todo está a mano. Es como una ciudad chiquitita».

Antía apunta otra ventaja, con el coche: «Casi siempre aparcas en tu calle, si lo dejas dos más allá ya te parece lejos, cuando en A Coruña eso lo considerabas aparcar a la puerta de casa». También destaca que la localidad dispone de numerosos parques, con unos edificios de altura moderada. Son todas las ventajas de una población tranquila, y con el aliciente de una ciudad grande como Santiago muy cerca. De forma que no se plantean volver a A Coruña, y de hecho, indica Antía que «si todo va bien nos gustaría comprar una casa aquí en la zona rural, porque hay muchas más oportunidades» y a un precio más asequible que en el entorno herculino.

¿Y qué añoran de A Coruña? La familia y los amigos, que siguen allí, aunque a ella el traslado la acercó a su padre. De hecho, ya conocía Bertamiráns de estancias de niña en fines de semana, frente a Sergio, que lo descubrió cuando decidieron instalarse. Antía Bermúdez añade una confesión inesperada: «Yo echo de menos el Ikea. A mí me gusta mucho decorar y mirar muebles, así que de vez en cuando mi plan para el día era perderme allí». Aunque puede llegar de Bertamiráns a A Coruña sin salir de vías de alta capacidad.

PACO RODRÍGUEZ

«Recomendamos vivir en Negreira, lo tiene todo»

Paula Liñares y Javier Ramos, junto a su pequeña Nora, decidieron dejar Madrid y empezar una nueva etapa de sus vidas en Negreira. La familia de Paula es oriunda de la zona, concretamente de Ceilán, en el vecino municipio de A Baña, por lo que conocía muy bien de sus períodos vacacionales lo que es vivir en una comarca rural con toda clase de servicios y a menos de veinte minutos de Santiago, la capital de Galicia. Llegaron en plena pandemia, en el año 2020. No fue precisamente el mejor momento, tal y como reconocen, pero su adaptación sí, «incluso después de tres años puedo decir que fue él, el que mejor se adaptó», cuenta Paula.

¿Y cuál fue el principal motivo para su traslado? Pues fue «el apego familiar», ya que tras fallecer la madre de Paula «llevábamos un tiempo rondando la idea de venirnos a vivir aquí y criar a Nora en un ambiente mucho más tranquilo que el de la ciudad», relata Paula, quien se fue a vivir a Madrid con nueve años y sentía añoranza de regresar a Galicia, la tierra de su madre. «A favor, tuve la suerte de que Javier es un enamorado de Galicia, sobre todo de Santiago de Compostela, aunque ya conocía también Ourense o Vigo. Eso ayudó mucho a tomar la decisión final de venirnos a vivir aquí y criar a nuestra hija que por aquel entonces tenía tres años», señala esta educadora infantil de profesión que tenía un trabajo fijo en un colegio, junto a Javier, y que ahora, por subrayar algo negativo, no encuentra trabajo de lo suyo, ya que apunta que «en Galicia existe más costumbre de que los abuelos cuiden a los niños hasta los tres años, e incluso que sea la madre quien se haga cargo de ellos hasta que empiecen al colegio. En Madrid es totalmente distinto porque trabaja el matrimonio, con lo que es necesario enviarlos a una escuela infantil», precisó.

Javier Ramos tuvo mejor suerte: «Después de un tiempo tirando de ahorros y como quiera que estábamos saliendo de la pandemia, me fue más difícil encontrar trabajo. Ahora, llevo ya un tiempo trabajando a distancia para una universidad privada de Madrid y nos encontramos mejor», cuenta este biólogo que también era profesor en Madrid y al que le encanta Galicia «por tener la posibilidad de ver el mar a menos de media hora y plantarte en alguna playa tan espectacular, además de vivir rodeado de plena naturaleza y con lugares fantásticos que son dignos de conocer». De hecho, se apuntó a la Escuela Oficial de Idiomas y se sacó el Celga 4. Entiende el gallego a la perfección y lo suele practicar aunque, como es lógico, se entiende mejor con el castellano, afirma.

Tanto Javier como Paula agradecen la acogida que han tenido en Negreira: «Estamos encantados con el pueblo, totalmente integrados y es que tiene toda clase de servicios para vivir, como centros de enseñanza, centro médico, tiendas y supermercados, al tiempo que estás en contacto con la naturaleza. Es una villa con su propia vida e historia, con una amplia oferta cultural y deportiva que nada tiene que envidiarle a lugares más grandes. Lo recomendamos a cualquiera que quiera venirse a vivir aquí, aparte de que tienes una ciudad como Santiago de Compostela muy cerquita», señala este matrimonio residente en la villa, que asume con naturalidad que lo único malo «es que tenemos a nuestra familia y amigos de Madrid un poco lejos, pero por el resto todo es una maravilla», precisan los nuevos vecinos del municipio.

PACO RODRÍGUEZ

«Vivir en el campo era nuestro sueño»

Son veterinarios, amantes de la naturaleza y residentes en Boqueixón. El pasado 8 de septiembre dejaron atrás el piso de Mestre Mateo, en Santiago, para instalarse en su flamante casa de Codeso. Ella es Alba Ares, compostelana, y él Borja Ros, valenciano, que se conocieron en Barcelona estudiando un máster. Él llegó a Santiago a principios del 2015, de piso a piso: «Pero a mí siempre me ha gustado vivir en el campo, era un sueño que tenía, y Alba también; no tanto como yo, pero no le disgustaba», explica.

Unieron además el aspecto personal con el profesional, al sumar a su hogar en el rural un centro de medicina del comportamiento de los animales y una residencia para ellos, «pero este último aspecto no pudo ser. Vamos por partes. Tiramos adelante con la parte personal, y aquí estamos viviendo».

Y la experiencia, tras un mes y medio, no puede ser más satisfactoria, aunque confiesan que «es un cambio tan grande que al principio estás un poco descolocado. Pero tuvimos la suerte de que nos coincidió buen tiempo para la mudanza y para adaptarnos. Ya hemos conocido a los vecinos, que la verdad nos han acogido muy bien». Lo más positivo, «la tranquilidad y la paz que se respira aquí; estar rodeado de naturaleza para dos personas amantes de los animales, que nos dedicamos a esto, es una ventaja brutal», explica Ros. También para su perra y su gato, que disfrutan de la libertad de la finca que rodea la casa.

Un cambio sustancial es que «si necesitas algo, no es bajar a la calle como estábamos acostumbrados antes, que tenías todo a un paso. Ahora dependes del coche para prácticamente todo». Disponer de dos vehículos les posibilita tener autonomía: «No sabemos cómo está aquí el tema de autobuses, pero si dependes del transporte público en el rural estás un poco limitado, porque no pasa con mucha frecuencia». Alba y Borja fundaron Adetcan, especializada en medicina del comportamiento canino y felino, si bien ella ahora mismo trabaja en Santiago en la editorial KNS, centrada en manejo, adiestramiento y etología canina, para evitar el contacto directo con animales al estar embarazada, y es únicamente él quien realiza consultas a domicilio, fundamentalmente a perros y gatos.

Desplazarse a sus trabajos desde Boqueixón no resulta un problema. De hecho, señalan que buscar un terreno donde construir su casa y el centro veterinario que pretendían no fue fácil, y entre las opciones que surgieron se decantaron por Boqueixón, entre otras cuestiones, por su proximidad a la capital gallega: «Está muy cerquita de Santiago, lo cual es una ventaja. Lo tienes a mano, y además allí está la familia de Alba», explica Borja Ros.

Ellos han cambiado Santiago por una casa que han construido desde cero en el rural de Boqueixón. Un municipio que ha visto crecer el núcleo urbano de Lestedo en los últimos tiempos, hasta agotar prácticamente el mercado de alquiler, indica el alcalde Ovidio Rodeiro. El regidor busca ahora atraer residentes a las viviendas vacías que sí existen en parroquias rurales del municipio.

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«Me sentí en casa nada más llegar a Teo»

Hace ya 16 años que Elke Layane Portes Aguiar llegó a Galicia desde su natal Brasil, a los 18 años. Desde que está aquí, le dio para formar una familia, traerse consigo a toda la suya y asentar su vida en Os Tilos, donde se sintió «en casa nada más llegar». En la actualidad vive allí con su marido y sus tres hijos, además de otros tantos gatos, que son su debilidad. 

Elke y su extensa familia pasaron antes por Cacheiras, donde conoció Os Tilos porque sus hijos tenían sus actividades extraescolares allí. Justamente ese es uno de los aspectos que más destaca de su lugar de residencia: «La gran cantidad de servicios que hay, algo que permite no salir de Os Tilos y tenerlo todo a mano igualmente y sin ningún esfuerzo».

Sobre su aterrizaje tan solo tiene palabras buenas para la gente que la recibió. «Cuando yo no vivía en Os Tilos pero traía aquí a los niños para béisbol y todavía no conocía a nadie, recuerdo que uno de los primeros días el resto de madres estaban organizando un cumpleaños de uno de sus hijos. Sin conocerme de nada, una de ellas me dio la bienvenida y nos invitaron a mí y a mis hijos a la fiesta, algo que me pareció un gesto precioso y que dice mucho de la bondad y generosidad de estas personas». Desde ese momento, todo siguió su curso hasta el día de hoy de la mejor manera posible.

Los vecinos en Os Tilos son uña y carne. A día de hoy siguen organizando esas fiestas, cenando todos juntos en las mesas del parque que hay a los pies de sus edificios. Unas simples tortillas o unas pizzas les sirven, por lo que cuenta Elke. «Es una comunidad maravillosa, muy unida y donde todas sus partes van de la mano: desde los vecinos hasta las tiendas, todo el mundo rema al unísono por Os Tilos».

Su sentimiento de pertenencia es propio de alguien que se ha criado en Teo, en Os Tilos concretamente. Le encantan todas las zonas verdes que tiene el municipio, hasta el punto de recomendarlas encarecidamente para todas aquellas familias que vivan en Santiago y quieran pisar campo por un momento.

La tranquilidad como madre que le genera un lugar tan tranquilo como Os Tilos, «donde sé que mis hijos pueden jugar por la calle sin riesgo de ningún tipo», la motivó a convencer a su madre y su hermano pequeño para que se mudaran desde Compostela a Teo, nada más y nada menos que a su edificio. «Por fin han podido olvidarse de tener que dar vueltas y vueltas con el coche para aparcar y han descubierto lo bien que se está aquí, con todos los servicios de Santiago a veinte minutos de autobús».

«No me iré de aquí, es mi hogar hasta el punto de que puedo vivir con la puerta abierta de par en par sin que pase nada, tal y como hacía en mi pueblo de Brasil». Allí sus vecinos eran su familia, algo que le pasa también hoy en su bloque de edificios.

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«A xuventude ten que volver ao rural»

Miriam Lourido y Javier Bieito tienen claro que ya no hay vuelta atrás. Ni por lo civil ni por lo criminal dejarán el rural para volver a la ciudad. Lo confirma ella, que explica que la mejora en su calidad de vida ha sido exponencial: «Notámolo dende o primeiro momento. Durante a pandemia vivíamos en Santiago, nun piso de 45 metros cadrados, sen balcón nin zonas verdes. Ese foi o detonante da nosa fuxida, pero claro, non fomos os únicos».

Ellos optaron por la aldea de Seoane, en A Baña. Se mudaron para una casa con finca «e a verdade é que xenial. No que máis notamos o cambio foi no ruído. Nun piso escoitas máis aos veciños, pero aquí a convivencia é outra. Estamos ao noso aire e todo é moito mellor. Destacamos tamén a liberdade», explica Lourido, quien reconoce que al final «o coche non cho quita ninguén. Telo que coller igual para desprazarte. Eu traballo en Santiago e Javier en Sigüeiro, pero incluso colles máis atascos se vives dentro da cidade que se vas dende fóra».

Todavía no les ha entrado la fiebre de la agricultura, porque «non temos moito tempo para iso, pero o que máis destaco é que antes tiña problemas para durmir e agora durmo moito mellor». A ellos también les favorece que, tras dejar la capital gallega, su familia está más cerca, algo que redunda en su mayor calidad de vida.

«A xuventude ten que volver ao rural porque senón isto vaise a perder todo», admite Miriam Lourido, quien cree que esa vida más pausada es algo que se debe retomar frente a una sociedad cada vez más frenética. También está el aspecto económico, algo que destaca Javier Bieito: «Polo prezo que se está pagando a día de hoxe por alugar un piso na cidade, aquí pagas a hipoteca, ou aínda menos».

Desde la aldea de Seoane, los dos nuevos vecinos de A Baña reiteran que no dudan en que han acertado de raíz cambiando de vida. «Nós, sen dúbida, llo recomendamos a calquera persoa que nolo pregunte», cierra Lourido.

«A xente aínda non sabe o que se perde»

«Para nós non hai volta atrás. O que dicimos sempre é que, ou nos levan arrastro, ou non cambiamos isto por nada». El que habla es Ricardo Álvarez, quien, acompañado de su pareja, Patricia Pueyo, dejaron la ciudad para mudarse a O Pino, donde compraron una casa que les ha hecho cambiar de vida. Trabajadores del sector de la aviación, pensaron que era el momento de dejar las urbes para buscar la calma lejos de ellas: «Eu son de Vigo, vivín e crieime no centro da cidade; e miña moza é do centro de Zaragoza. Agora pensamos que a xente aínda non sabe o que se perde. O cambio foi moi positivo e, agora, que levamos catro anos o confirmamos. Hai cousas que non teñen prezo».

En su caso, además de la tranquilidad y una vida más pausada, suman el trabajo en el huerto: «Ter animais e unha horta dá traballo, pero tamén ves satisfaccións. Se tes certa iniciativa e che gusta é moi gratificante, pero tenche que gustar. Ademais é unha forma de aforrar. Non te ves tan afectado polos cambios nos prezos como está ocorrendo ultimamente. Hai moitas cousas para as que non precisas ir ao supermercado e, tal e como están todo, é unha tranquilidade».

Afirma Ricardo Álvarez que la vida en comunidad también le atrae: «É como recuperar o mundo de antes, onde os veciños se axudaban. Hai un tema do que se fala menos, pero é o contraste entre cidades e rural no tema da sanidade. Na cidade atópaste con listas de espera e esperas en urxencias. Nun concello como O Pino, no que somos menos de 5.000 habitantes, vas ao médico e aténdenche no momento. A iso súmalle a tranquilidade, o menor tráfico... Aquí recuperas a calma».

Tirando de filosofía, admite que ese ritmo pausado «é máis cabal. O outro é un pouco tolemia, unha tolería. A xente non se para a pensar porque estamos vivindo tan rápido que é imposible poder facelo, pero un cambio como este pódeche favorecer moitísimo a túa vida».

Junto a Ricardo Álvarez y Patricia Pueyo viven también sus dos mastines, Lar y Eira, los principales guardianes de una casa en la que se vive con calma, con pausa y demostrando que otra vida lejos de la ciudad además de posible también puede ser gratificante. Ellos tienen claro que no darán vuelta atrás. De O Pino no se mueven. Ni de broma.

PACO RODRÍGUEZ

«Non é o mesmo vivir nun piso na cidade ca nunha casa na aldea»

 [natalia noguerol] Inés Seijo tiene muy claro por qué vive en su Dodro natal. «Nacín aquí; a aldea gústame», afirma esta mujer de 55 años que hace poco más de un lustro dejó atrás su rutina diaria en Santiago para trasladarse a vivir definitivamente a esa parroquia de Arzúa, donde reside con su familia en la que fue la casa de los abuelos maternos de su marido, José María Vaamonde. El matrimonio empezó a rehabilitar la vivienda cuando nació su hijo, Brais, con el que «nun principio viñamos só as fins de semana», recuerda ella. Pero «o neno foi medrando, e tirou por nós. Aquí —cuenta—, ao ter máis liberdade, gozaba como un anano».

La decisión fue acertada. Ese apego de Brais, que ahora tiene 17 años, no era una chiquillada pasajera. Hace dos años, el joven dijo adiós al instituto en el que estudiaba en la capital gallega para matricularse en uno de los ciclos formativos de la rama forestal que se imparten en el IES del municipio arzuano. Más que asentados en un hogar, alejado del ruido que acompaña a la vida en la ciudad, madre, padre e hijo están «encantados». Inés responde sin titubeos a la pregunta de si ganaron en calidad de vida: «Por suposto, cen por cen», contesta la mujer, que explica al respecto que «aínda que Santiago é unha cidade pequena e que me encanta, non é o mesmo vivir nun piso ca nunha casa». Y si encima la casa dispone, como es el caso, de una parcela más que suficiente para cultivar un huerto para autoconsumo, poco más queda por decir.

«Son máis as vantaxes cós inconvenientes», defiende Inés, que si un pero le pone a vivir en la aldea es por las lagunas existentes —y subsanables— en la cobertura de telefonía móvil, y de internet. Siendos servicios, al igual que los accesos viarios, son, según cuenta, mejorables. Sobre los primeros admite que «é verdade que na aldea estamos un pouco deixados da man de Deus no acceso a internet, que non vai á mesma velocidade, e de cobertura telefónica tamén estamos algo faltos». Considera, así, necesario que quien tenga la responsabilidad de mejorar sendos servicios debe tomar nota, porque de ellos también depende que «a xente se decida a retornar ás aldeas», donde, apunta, «hai moitas casas abandonadas». Esta vecina de Dodro es una firma defensora del movimiento de población inverso al que ella emprendió cuando hace 33 años empezó a trabajar en el Hospital Clínico de Santiago. «A calidade de vida é moi importante, e na aldea cambia —para bien— con respecto ás cidades ao cen por cen», insiste la mujer, que asegura haber ganado, junto con su marido y su hijo, «en liberdade, tranquilidade e saúde».

Cuando Inés, José María y Brais se trasladaron a vivir de Santiago a Dodro, el tramo de la A-54 que conecta Arzúa con la capital gallega todavía estaba en obras. Su apertura —en mayo del 2019— supuso un punto más a favor de la decisión que había adoptado la familia. Inés está convencida de que la vía de alta capacidad, que reduce en unos quince minutos el trayecto en coche entre ambos concellos, puede favorecer el crecimiento poblacional de los municipios rurales a los que vertebra. Gracias a la autovía Santiago-Lugo, «temos máis facilidades para chegar», mantiene en alusión a la capital gallega, en la que «estamos en vinte e cinco minutos», apunta.

Pese a la carestía de los combustibles, compensa el trayecto, que ella y su marido realizan, de lunes a viernes, para ir a sus respectivos puestos de trabajo en Santiago, y regresar, luego, a Arzúa. Aun teniendo que desplazarse, ganan tiempo. Al respecto, cuenta Inés que cuando vivían en Santiago, «collía, ao saír do traballo ás tres da tarde, a liña 1 do bus urbano, e, en días de choiva, chegaba a San Caetano, onde tiñamos o piso, ás catro menos vinte». Desde que tienen residencia en Arzúa, «saio á mesma hora do hospital, e ás tres e media estou na casa», añade. La familia no echa nada en falta ese «montón de tempo desesperante que, ás veces, se perdía no bus». Tampoco demasiado la oferta cultural, comercial y de servicios, porque, aunque en la capital es mayor, Arzúa, «salvo cine, ten un pouco de todo».

CRISTÓBAL RAMÍREZ

«Hay que destacar la fuerte iniciativa cultural que hay aquí, en Sigüeiro»

Poco podía imaginar Telmo Rodríguez Cid que iba a acabar viviendo en Sigüeiro. Ourensano de nacimiento, infancia y juventud, obtuvo un trabajo en Pontedeume y allí permaneció varios años. Los suficientes para conocer a la que hoy es su mujer, y con la que, también por motivos laborales, se trasladó a Santiago. «Ya eran momentos en que te vas asentando en la vida, te has casado y te planteas tener una vivienda en propiedad, y te pones a buscar», recuerda, en un rincón rodeado de vegetación que no quiere que se diga dónde es porque se trata de uno de sus preferidos de Sigüeiro y eso es privado.

Y un buen día, hace más de veinte años, fue a casa de unos amigos que habían comprado en la urbanización de Porto Avieira y a la salida lo tenía claro: habló con su mujer, volvieron, miraron y unos meses más tarde se trasladaban a vivir a Oroso, a un adosado de su propiedad. «¿Qué nos gustó? Muchas cosas, pero fundamentalmente dos: que este es un lugar pequeño pero al mismo tiempo cerca de una ciudad como Santiago, y que hay naturaleza por todas partes», recuerda ahora este perito del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia que tiene que moverse por todo el país desde su despacho en A Coruña. «Y lo que son las casualidades: aquí vivía también una persona con la que teníamos un trato muy cordial en Pontedeume y así sigue siendo», añade.

No le duelen prendas al reconocer que en los primeros momentos dudaron de si iban a una población-dormitorio, «pero desde luego ahora no lo es en absoluto» y, aunque el peso comarcal de Ordes resulta innegable, «Sigüeiro es bastante independiente». Su integración fue muy buena. El reconocido buen carácter de Telmo lo ayudó de tal manera que recibió el apoyo de sus vecinos para ser concejal, cargo que ya no ostenta. Su mujer está «encantada, y muy activa en el asociacionismo local». Sus dos hijos se criaron en Sigüeiro. Este curso la mayor estudia fuera y el menor, un pequeño crack del fútbol, fue demandado desde Ordes.

Haciendo un inciso, su mujer es una de las grandes animadoras del Carnaval y de la cabalgata de Reyes, al frente de un grupo de vecinos que cada año sorprenden con algo nuevo. Telmo destaca la «fuerte iniciativa cultural pública que hay aquí, y además muy bien diferenciada tanto por estaciones (hay programación para cada estación del año) como por actividades, y tenemos desde teatro a conciertos».

¿Qué falta o qué se necesita? El entrevistado se lo piensa un buen rato y habla con más prudencia: «Pasan demasiados coches y camiones por el centro de Sigüeiro, que sería más agradable si se acometiera algún tipo de variante», y añade un ambiguo: «La AP-9 está muy cerca». Y en efecto, esa vía de alta capacidad tiene entrada y salida a escasos metros de la capital del municipio. Luego el perito del Tribunal Superior echa un vistazo a su alrededor y reflexiona: «Sí es cierto que gracias al Camino Inglés se han abierto varios albergues, y yo creo que con una oferta de calidad, pero necesitábamos un hotel de referencia, un hotel bueno».

Cuando la charla parece terminada, Telmo Rodríguez hace un apunte final: «Por cierto, que yo estoy muy de acuerdo con ese eslogan del concello que dice Oroso para vivi». Parece un hombre feliz. Un vecino que lo conoce bien —también, como todos los de la urbanización Porto Avieira, no nativo de Sigüeiro— lo define así: «Es un tipo siempre optimista y siempre dispuesto a echar una mano».