El alcalde espiritista y un puñado de fantasmas de Santiago para este Halloween

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO CIUDAD

XOAN A. SOLER

Conflictos de competencias sobre el Otro Mundo, fenómenos paranormales en pisos de estudiantes y la Santa Compaña dando un susto de muerte a Xosé Manuel Beiras. En el fondo, las historias de terror cuentan más del mundo de los vivos que del Más Allá y en el relato espectral de Santiago también están los cambios sociales de los dos últimos siglos

31 oct 2022 . Actualizado a las 23:10 h.

Es esta una ciudad que tiene como mito fundacional las apariciones (la que le indicó a Paio dónde estaba el Apóstol), construida como accesorio de lujo de una sepultura, y que ha integrado con total normalidad en el quehacer diario el descanso eterno de las almas (desde Quintana de Mortos al cementerio de Bonaval). Y sin embargo, no es fácil dar con el relato espectral de Santiago. Pero existe. Lo guarda, en realidad, la memoria de la comunidad. La tradición oral.

Estos días (se llamen Halloween, Samaín, Difuntos), cuando se abren rendijas entre Este Mundo y el Otro Mundo, cuando los muertos se pasean entre los vivos, no viene mal recordar que Santiago tiene aparecidos. Y alcaldes espiritistas. Que hay portales al Más Allá en San Lourenzo, en Sar, en San Caetano. Que la Santa Compaña, aquí, se pasea por el Pedroso, en la otra orilla del Sarela. Hay fenómenos paranormales en la Biblioteca de Historia y en los pisos de estudiantes. Y fantasmas que se aparecen en los pazos.

Este es un paseo por el relato espectral de Compostela, que arranca, en realidad, en Escocia. Un pensamiento rápido que se cruza por la mente de Manuel Gago en un castillo: «Que raro que non haxa isto alá».  A la vuelta, empieza la búsqueda, que ha acabado cristalizando en un proyecto que tiene como primer capítulo O sangue das pantasmas, editado por Couceiro y el Festival Atlántica de Narración Oral. Un pequeño homenaje también a Neira de Mosquera, aquel periodista joven que fue capaz de modificar el relato que había construido Santiago, cimentado en santos. En el poder eclesiástico.

Las historias de terror, los cuentos de Difuntos, en realidad hablan más del mundo de los vivos que del de los muertos. «En Galicia construíuse a idea de que estas cousas antigas e primitivas eran dos labregos. Pero sigo recuperando historias e asegúroche que hai pantasmas de clara marca urbanita». Así, con un café delicioso en el Hostal dos Reis Católicos, a pocos metros de la imponente sepultura de fachada barroca del muerto más famoso de Compostela, se abre una puerta al Santiago fantasmagórico.

Policía, venga a detener a este aparecido

Las primeras referencias que se encuentran a fantasmas en Compostela son de la década de 1840. En la prensa victoriana, y también en la francesa, se ponen de moda las historias de fantasmas, pero de un tipo concreto de fantasma: los de la sábana. La sociedad gallega (y por tanto, la prensa) pronto recogen ese nuevo relato.

San Caetano es el escenario del fantasma más antiguo que ha conseguido documentar Gago. Los barrios del norte vivían atemorizados en 1848 por los quejidos y los lamentos de un aparecido que, en el atrio de la iglesia, llamaba a un rico propietario que se había muerto hacía poco y que había sido enterrado allí mismo. 

Los vecinos hicieron lo único que podían hacer. ¿A quién se llama en estos casos de desorden público? (No, los Cazafantasmas aún no estaban dados de alta en el régimen de autónomos). «Pedían a intervención da Policía para atrapalo». Pero claro, eso genera conflictos sindicales. Y de competencias.

Año 1887. Un fantasma arquetípico de sábana se pasea por el barrio de Sar y además de meter miedo, tiene la mano un poco larga. Se quedaba con las carteras de los vecinos. ¿A quién iban a llamar? A la Policía. Pero ah, la burocracia, los conflictos jurisdiccionales, el intrusismo, funcionan igual en el Más Allá que en el Más Acá. Y según cuenta la prensa de Madrid de la época, la Policía responde que en sus competencias no entra el Otro Mundo. Que eso es ámbito profesional de los curas. 

PACO RODRÍGUEZ

San Lourenzo, el Upside Down picheleiro

En el siglo XIX se pusieron de moda los fantasmas victorianos, pero con ellos convivían criaturas mucho más ancestrales. Ecos de una cultura que hunde sus raíces en los albores de la tradición gallega. Y parece que muchas se daban cita en San Lourenzo, que por aquel entonces debía de ser a Santiago lo que el Upside Down es al Hawkings de Stranger Things.

En aquel tiempo, el pazo de San Lourenzo estaba en ruinas, y Rosalía de Castro, de hecho, era gran fan del escenario, «parecíalle de feito a típica ruína romántica», explica Gago. Pero el sitio daba mucho, mucho miedo. «Hai bastantes textos de xente asustada cando pasaba polo Pazo e pola carballeira, que era moito máis grande que hoxe».

Había, por ejemplo, la imagen de un Cristo colgada en la fachada del pazo. Una colmena había anidado en el Cristo, que era además una imagen milagrosa, y de ella manaba sangre. Las vecinas juraban que las abejas se alimentaban, efectivamente, de la sangre del Cristo.

Un manuscrito inédito de los hermanos de la Iglesia (grandes recogedores de la tradición oral compostelana) que custodia la Real Academia Galega, cuenta también la historia de un estudiante que, paseando por la Quintana, se encontró con una chica guapísima y quiso acompañarla a casa. Iba obnubilado por la belleza de la joven, pero no mucho, porque al entrar en la carballeira, se dio cuenta de que la chica era muy guapa, pero en vez de pies tenía pezuñas. «Deuse de conta de que era o demo», o una especie de Vecna que le estaba haciendo la trece catorce para llevárselo al infierno. El joven aguantó el tipo como pudo, y a la altura del cruceiro de San Lourenzo, dio un salto y se agarró a la cruz hasta que se hizo de día. Y se salvó del Upside Down sin tener que recurrir a Kate Bush.

Pero quizá la historia más impresionante de San Lourenzo sea la de la Raposiña de Morás, uno de esos animales mitológicos de factura gallega que es un poco diferente en cada sitio y que habla un poco de la relación entre el campo y la ciudad. «A Raposiña de Morás non é unha raposa». Gago tira de hype antes de contar una historia con ecos de Caronte. La raposiña es en realidad una especie de arpía.

«Antes, en San Lourenzo había un enorme penedo, que logo se foi desfacendo para as construcións. Se cadra, San Lourenzo está aí por ese penedo, pero esa é outra historia» (más hype). El caso es que los vecinos, como buenos picheleiros, sabían que la piedra guarda calor (como las escaleras de la Quintana) y se reunían a última hora cerca de la roca para charlar. Un día le dio la medianoche de parola. Y en el cielo apareció de pronto una criatura, cruce de dragón y arpía, echando fuego por la boca. 

«O señor Roque díxolles a todos que quitaran as puchas, que estaba pasando a Raposiña». La Raposiña era el ser que llevaba a los muertos del cementerio de la Quintana al Más Allá, así que se quitaron las gorras en señal de respeto hacia esas almas. Y esta historia entronca directamente con las culturas antiguas: hay una serie de aves que eran portadoras de almas hacia el otro mundo. «No centro do corazón católico, na Quintana, había un bicho que portaba as almas para o Outro Mundo, en dirección ao mar». 

La Santa Compaña se le aparece a Beiras en el Pedroso

Otro de los grandes mitos de la Galicia sobrenatural es la Santa Compaña, que en Santiago pasea por el Pedroso. Todavía se puede escuchar en Internet la entrevista que le hicieron los alumnos del IES de Brión a Xosé Manuel Beiras y en la que cuenta cómo vio a la Santa Compaña.

El por entonces líder de la oposición en Galicia relataba con total naturalidad su encuentro en el Pedroso con una procesión de almas. «Un pouco máis arriba de San Paio do Monte, na aba do Pedroso, máis arriba das Casas Novas», una tarde de noviembre iba un Beiras de cinco años con unos amigos (Carmelo, Roberto y Xermán) a lindar las vacas.

«Había brétema, era luscofusco». Venían de vuelta por lo que en aquel entonces era aún un bosque de carballos «e vin as luces da Santa Compaña e funme polos pantalóns, na casa de Carmelo tiveron que prestarme uns pantalóns de pana cun tirante cruzado cos que volvín para a casa». El relato termina con un titular redondo: «Vin a Santa Compaña. Sei que non existe, pero eu vina, porque é cuestión de imaxinación»

Buena parte de los relatos que Manuel Gago ha escuchado de la Santa Compaña en Santiago, son en el Pedroso, por no decir todos. Y tiene una teoría, que surgió en A Pobra hace nada. Durante unas jornadas sobre cementerios altomedievales, hicieron una excursión a uno de esos enterramientos. Y una mujer les explicó que, en su aldea, al otro lado de la confluencia de dos regatos, estaba la Toxeira das Almas. Allí, al otro lado del río, se llevaba a los difuntos «para que as súas almas non puideran pasar de volta». Y lo mismo con los animales que morían por enfermedad y no podían ser comidos.

Ahora que A Pobra entronca con el relato del río Lete, en el Hades, en el Inframundo, cuyas aguas hacen caer en el olvido, es el momento de recuperar las clases de geografía física compostelana: ¿Qué hay entre el Pedroso y la ciudad? «Eu creo que o Sarela é esa fronteira». Gago desvela su conjetura: detrás del río, el Otro Mundo. 

PACO RODRÍGUEZ

El alcalde espiritista y la transmigración con Valle-Inclán

Dos fuerzas han convivido en Santiago desde casi su nacimiento: la científica y la sobrenatural. Así que tampoco es de extrañar que del cruce de ambas naciese en un momento dado una corriente espiritista, que en el siglo XIX conformó en Compostela lo que Gago denomina un colectivo singular. Solo se conoce un integrante de ese grupo espiritista.

José Sánchez Villamarín, abogado de profesión, alcalde de Teo y después de Santiago, uno de los principales impulsores del ferrocarril en Compostela y además miembro de la logia masónica Luz Compostelana número 13, tecnócrata y espiritista, porque una cosa no quita la otra, escribe en 1878 un libro sobre el padre Aldrete, un médico del XVII que era considerado un precursor de esa disciplina de comunicarse con los muertos.

En una ciudad episcopal y clerical estalla una batalla ideológica. hasta el punto de que el cardeal Payá (sí, el de la calle del Novena Porta) censura el libro y desata lo que seguramente sea el primer efecto Streisand picheleiro. Aldrete o los espiritistas españoles del siglo XVII, texto que Villamarín firmó bajo el pseudónimo de Niram-Alliv (que es su apellido al revés, en un alarde de ingenio), se convirtió en un libro de culto.

Eso, «nos mesmos anos nos que a Igrexa está buscando a súa propia pantasma». La curia está empeñada en encontrar los restos del Apóstol en medio de esa batalla cultural, porque en el año 76 la imprenta de los franciscanos edita un libro de un intelectual católico que rebate las teorías espiritistas, muy de moda en aquellos tiempos en España. 

El núcleo duro espiritista galaico estaba en Pontevedra, pero ya por aquel entonces la gente a donde venía a estudiar la carrera era a la USC. También los espiritistas. Así que aquí llegó Manuel Otero Acevedo, médico y espiritista (recordemos que a finales del XIX lo científico no quita lo ocultista) y además, amigo de Valle-Inclán. Y ambos hacen un experimento de transmigración de las almas. Vamos, de proyección astral. 

Otero Acevedo está en Madrid y allí tienen un médium, que era tendencia en aquel entonces. Hacen que el médium salga de su cuerpo y vuele hasta Santiago para decir qué está haciendo en ese momento Valle-Inclán, que en vez de estar sentado en el banco de la Alameda, coincide que está en el Preguntoiro viendo tiendas. Y así se lo confirma por carta un sorprendido Valle a Otero Acevedo, que vuelve a repetir el experimento. Por dos veces localiza el médium (que era algo así como el Google Maps de las almas) a Valle-Inclán haciendo cosas en el Santiago decimonónico, entre ellas perder en el Casino. 

La aparecida de Localia y otros fantasmas de la aristocracia

«Eu souben desta historia porque circulaba polo Santiago de finais dos 90 e principios dos 2000», confiesa Gago: Localia estaba encantada. Localia era una televisión local que tenía su sede en una casa señorial del casco histórico, la conocida como Casa Calderón. 

Esta es la historia que circulaba por la noche picheleira: en Localia había continuidad, así que trabajaban allí dos técnicos de noche, que veían pasar a una señora de negro por un pasillo que no conducía a ningún lugar. Y cuando salieron, la señora ya no estaba. También había ruidos y otros atrezzos típicos de casas encantadas. 

Lo cierto es que la aparecida, en este caso, tiene identidad. Y otra compañera fantasma. Porque en la Casa Calderón no había una, sino dos apariciones. La señora de negro era una criada de A Pobra de Caramiñal (sería Josefa, le contó Javier Otero a Gago) cuya habitación estaba en la zona que después se reformó para acoger Localia. 

La historia sobrenatural de la Casa Calderón también sirve para hablar de otro fantasma canónico: el fantasma aristocrático burgués. Es un fantasma un poco neurótico, que siempre se aparece en el mismo lugar, que del que normalmente se conoce nombre y apellido (un típico «ya se está apareciendo fulanito en la esquina del salón») que no habla, que no pide nada. Todo lo contrario al imaginario espectral campesino.

«O fantasma labrego só o identificas cando vén pedir un favor xusto despois de morrer». Algo así como «mira, é que movín o marco e estou condenado eternamente, importaríache restituilo»... Y el aparecido, en cuanto le haces el favor, desaparece. «Non é que marche, é que se disolve». Resurge en el Hostal la Santa Compaña. ¿Existen historias en las que se identifique a las almas que conforman la Santa Compaña? «Só hai unha, que é Alba de Groria de Castelao». Porque en el rural, y si no hay problemas de deudas, o de lindes, «pasas a disolverte na comunidade», explica Gago. El muerto no se va, recorre la parroquia todas las noches. Pero deja de ser un individuo para ser identidad común. Eso no pasa en la aristrocracia. 

Y aquí vuelve la segunda aparición de Localia. Lo más normal en los fantasmas aristócratas burgueses es que sean mujeres con un rol secundario en la familia: la tía soltera, o una mujer que enviudó joven. O que se quedó sola, que no tuvo hijos. Mujeres que en realidad no tenían espacio en la sociedad de su época, en la que siempre tenían que estar subordinadas a un varón. Fantasmas en vida. Dentro, pero a la vez fuera. 

«Nos pazos nos que me contaron esas historias, esas mulleres sempre se aparecen á herdeira da casa». Mujeres que se aparecen a mujeres en la adolescencia. «Culturalmente creo que detrás está a lexitimidade de mulleres asumindo a responsabilidade do espazo». Eso pasaba en la Casa Calderón. Una mujer se le aparecía a la sobrina del dueño de la casa. Acabaron identificando a la tía Vicenta. 

Sandra Alonso

Fantasmas universitarios que no están en Maycar ni en Ruta

Ya se han aparecido en este texto el fantasma de sábana, el ser mitológico ancestral, la Santa Compaña y el fantasma aristocrático, así que solo queda el fantasma universitario, y no de esos que pululan por Maycar y Ruta.

La historia gira en torno a uno de los grandes elementos del terror universitario: el piso de estudiante. Año 2001. Un grupo de universitarios alquila piso a través de una agencia. Al poco, le reclaman a la inmobiliaria la finalización del contrato y la fianza porque el dueño no los ha avisado de un pequeño problemilla: la casa tiene fantasmas. Pero la agencia les dice que un poltergeist no viene en el listado de causas de devolución de fianza

 La historia tiene gracia. Bueno, para ellos no. Puertas que se cerraban solas, luces que se encendían y se apagaban, habitaciones llenas de humo negro, voces que llamaban a desconocidos insistentemente... El último día, cuando la última estudiante que aguantó en el piso fue a recoger sus cosas, las ventanas estaban franqueadas y había monedas en todas las esquinas de las habitaciones.

En el ámbito universitario compostelano, el relato sobrenatural se solapa con el cine. Si lo de los poltergeist viene de los 70, el aparecido de la Biblioteca de Historia tiene un regusto a Damien, el niño de La profecía.

Una de las cosas que más sorprenden a Manuel Gago de esta historia es que parecía estar flotando por los pasillos de la Facultad de Historia y, dentro de la misma promoción, elegía a unos e ignoraba completamente a otros. Un compañero de carrera podía saberse el cuento al dedillo y el que sorbía el café al lado no saber nada de un fantasma en la biblioteca.

Esta historia fantasmagórica escogía para anidar a estudiantes de las promociones de los 70 y 80 (recordemos, años de El exorcista, La profecía y El Resplandor). Es algo así como un mash up entre fantasma del siglo XIX y cultura pop. Al parecer, había un niño que se aparecía en la biblioteca, como si no fuese suficiente echar horas estudiando para los exámenes. Como si aquello fuese La Conchi antes de la Selectividad. A veces surgía entre las estanterías de la sala de lectura, incluso por detrás de los libros, y otras en la pasarela del nivel superior.

Entre los que conocen la historia, relata Manuel Gago, hay incluso quien es capaz de citar testigos. Y también identificar al niño espectral, que se decía que era el hijo de un bedel, que en el siglo XIX todavía vivía dentro del edificio de la Universidad. El pequeño desapareció una noche, con todas las puertas y ventanas de la facultad cerradas, y por mucho que lo buscaron, no apareció.

Se cuenta que cuarenta años después, unas mujeres de la limpieza, abriendo un armario en el almacén de libros, que parece un laberinto, encontraron un niño momificado. 

Bonus track: Es que ya no hay espectros como los de antes

«Hoxe, que eu saiba, aquí non hai moito movemento» de fantasmas. Que igual hay algo sobrenatural cociéndose por las calles, pero «se cadra non damos chegado aos ámbitos sociais de adolescentes onde están esas historias». Ya nos identificamos más con los padres de los Wheeler de Stranger Things que con sus hijos, con Once y con Winona Ryder. 

Total, que las historias espectrales han sido barridas del casco histórico de Santiago, como los vecinos y el comercio tradicional. Es algo así como un caso de gentrificación espectral. El último fantasma del casco histórico es el del peregrino de la Catedral, que es más fantasmada que otra cosa. Un copy paste infame en la era digital: el mismo texto repetido una y otra vez en webs, en blogs, en reels, en todo. «Antes a tradición oral pasaba de boca en boca agora pasa de Ctrl+C a Ctrl+V. Agora hai unha tradición dixital».

Se despide Manolo Gago en un Obradoiro pospandemia inusualmente tranquilo con un par de anécdotas más que aún tiene por publicar. Porque, recordemos, O sangue das pantasmas no solo fluye por Santiago. Historias de difuntos, de apariciones, de meigas y de criaturas sobrenaturales hay por todas partes. Lo que ocurre es que en esto de la narración oral hay que saber contar, pero más que nada, hay que saber preguntar.

José Barca Domínguez, hermano de Manolo, junto a la casa donde ocurrió todo, en Portomeiro.

El fantasma se llamaba Manolo

Nacho Mirás Fole

Querido Iker Jiménez: te escribo esta carta para contarte una historia que podría encajar bien en tu nave del misterio; cosas peores se han visto. Ocurrió hace 36 años en una aldea de Val do Dubra, no muy lejos de Santiago de Compostela, y tuvo de todo: inexplicables caídas de piedras, sonidos extraños, ropas que ardían solas... incluso un cura lanzando agua bendita con el hisopo para desparasitar del mal a toda una familia.

El asunto ocupó durante días a la prensa, y no solo a la local. Televisión Española y otros medios se interesaron por los fenómenos de Portomeiro y La Vanguardia de Barcelona lo contó así: «¿Hay fantasmas en Portomeiro? Unos fenómenos extraños se están produciendo en una humilde casa rural de Portomeiro, en el Valle del Dubra. En la casa vive Cesáreo Barca Costas, de 52 años, con su esposa, Sofía Sabina Domínguez Noya, y sus hijos, Manuel y Carlos, este minusválido. Los demás hijos de matrimonio, cuatro, residen en otras localidades».

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