Doctora María del Carmen Porto, La Jefa

Antonio Gómez Caamaño IN MEMORIAM

SANTIAGO CIUDAD

XOÁN A. SOLER

Todos tenemos en nuestra vida personas singulares que han marcado nuestro futuro. La doctora Carmen Porto, mi Jefa, ha sido sin duda una de esas personas

14 may 2022 . Actualizado a las 00:44 h.

Todos tenemos en nuestra vida personas singulares que han marcado nuestro futuro. La doctora Carmen Porto, mi Jefa, ha sido sin duda una de esas personas. Su recorrido profesional define una trayectoria de mérito en circunstancias claramente desfavorables. En un entorno universitario abrumadoramente «masculino» consiguió meter la cabeza, destacar y llegar a ser profesora titular. En un entorno sanitario eminentemente «masculino» no tuvo que ser fácil llegar a ser la primera especialista ni la primera Jefa de Servicio de Radioterapia en España. Y encima lograrlo bajo la imperiosa necesidad de criar y educar a sus cuatro hijas. Todo esto implica arrojo, capacidad de superación y estoicismo a largo plazo (ahora le llaman resiliencia….). Detrás de esta mujer pequeña de gran corazón había una auténtica espartana que no se detenía ante nada y ante nadie. Empoderada precoz y hasta el final. Profesora desde la mañana a la noche. Imposible olvidarse de sus sentencias impregnadas de mucha asertividad, pero también de cariño. Imposible olvidarse de su lacerante sentido del humor. Picheleira militante, gallega, muy gallega. Cuando ella quería, incluso insultantemente gallega. Si te la encontrabas en una escalera el problema no estaba en detectar si subía o bajaba. El problema era saber si estabas en una escalera o en un garaje. Muy querida dentro de nuestra especialidad por su meritoria trayectoria profesional y docente pero también por su alegría, compromiso e impulso continuo. Por último, una autentica visionaria. Jugó un papel fundamental en el diseño de nuestro actual servicio en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Todo un ejemplo de distribución racional de espacios, funcionalidad y humanización. Probablemente, dentro del mundo de la oncología radioterápica española, uno de los departamentos mas visitados como ejemplo de modernidad e innovación. Y es que además recibía como nadie sabe hacerlo, una anfitriona de primer nivel, orgullosa de su servicio y con un alto sentimiento de pertenencia a su hospital. Le hubiese encantado ver ese futuro centro de protonterapia de Galicia que se ubicará en Compostela. Un centro al que por cierto, y es solo una idea, le quedaría muy bien el nombre de doctora Carmen Porto.

Ella, la Jefa, me enseñó muchas cosas pero yo, limitado que es uno, solo aprendí algunas. Entre otras que el futuro no se regala, que hay que trabajarlo todos los días. Que la radioterapia es conocimiento y habilidad profesional, pero cuando la trasladas al paciente se transforma en un arte; por tanto, para vivirla con excelencia necesitas la pasión de un artista. Que si quieres llegar lejos en tu carrera hay que ser muy profesional y la profesionalidad no tiene un horario. Que se puede saber mucho, pero la sabiduría sin compasión es peor que la ignorancia. Que cuando vayas con un problema lleva contigo siempre una solución. Que una cosa son las batallas y otra son las guerras: a las batallas puedes ir con lo puesto pero a una guerra necesitas ir con una estrategia. Que la gestión realmente difícil no es la asistencial sino la emocional. Que cuanto mejor rodeado estés, mejor serás. Que la vida es muy corta y no se debe permitir que la vivan por ti.

Tengo que reconocerlo sin pudor. Me lo he pasado muy bien con la doctora Porto. Tanto dentro como fuera del hospital. En muchas ocasiones, en muchos lugares. Divertida, disfrutona. Un anecdotario sin límites. «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais», como diría el replicante de Blade Runner. Imposible recordarlo todo. También he pasado miedo, lo reconozco. Conducción deportiva decía ella…Y, sobre todo, muchas miradas y sonrisas cómplices. Mi agradecimiento eterno por esos momentos. Mi agradecimiento por dejarme crecer, por dejarme ser, por dejarme equivocarme, por dejarme acertar.