Miguel Santamaría: «Probé a llevar mis bichos vivos a los colegios y la respuesta me asombró»

Olalla Sánchez Pintos
Olalla Sánchez SANTIAGO

SANTIAGO CIUDAD

XOAN A. SOLER

El entomólogo santiagués despunta en Galicia con talleres en los que los niños pueden tocar desde insectos hoja hasta tarántulas. «No me esperaba este éxito», remarca ante el boca a boca. Su pasión viene de lejos: «De niño llegué a meter en mi habitación insectos tropicales o escorpiones»

02 may 2022 . Actualizado a las 07:17 h.

Reconoce que nunca pensó que se podría dedicar profesionalmente a su pasión. «A veces necesitas un empujón, que se te cierre una puerta», explica Miguel Santamaría, el entomólogo santiagués de 50 años que despunta en colegios gallegos con talleres en los que los niños ven desde insectos palo o liquen a mariposas. «Pueden tocar todos los que llevo, salvo escorpiones y algún cangrejo», precisa mientras muestra varios ejemplares. «No sé de dónde me vino esta afición. Mi padre es cirujano y mi madre profesora, pero desde siempre me volqué en ello», acentúa.

«De niño quería conocer y localizar al mayor número de bichos. Los metía en mi casa, a veces, sin decir nada», evoca riendo. «Me acuerdo cuándo a mi hermana, buscando unas zapatillas, le empezó a subir un escorpión por el brazo o cuando en el maletero del coche se abrió la tapa de una caja con culebras. En mi habitación llegué a tener hasta 40 animales, entre ellos, insectos tropicales, cucarachas o tarántulas, sin ningún incidente. Con nosotros también vivía una lechuza que había quedado dañada en un ala», resalta ante una curiosa convivencia que, apunta, sus padres aceptaban con benevolencia. «Salvo cuando se me escaparon 150 grillos que estuvieron mes y medio cantando por la noche en el piso del Ensanche», señala divertido. «Mi familia compró luego una finca en Bastavales y se me abrió un mundo para investigar», añade mientras comparte su preocupación sobre la pérdida actual de insectos. «Es una evidencia. En esa casa dejaba por la noche una sábana con una bombilla y al día siguiente veía una gran variedad de especies, como vacalouras. Ahora, treinta años después, solo encuentras dos mariposas o moscas», contrapone.

De vuelta a su formación, admite que con sus colecciones sorprendió a profesores del instituto Rosalía de Castro y de la carrera de Bioloxía. «El entomólogo José Carlos Otero vio que mi vocación iba más allá y me ofreció investigar en su departamento. Ahí localicé escarabajos aún no encontrados en Galicia», recuerda con un entusiasmo al que no le puso fronteras. «Los sitios de vacaciones los escojo casi exprofeso. En mi primera luna de miel fuimos a Costa Rica y allá me adentré en la selva con una linterna. También busqué bichos en Brasil o Senegal», rememora con un afán que, sin embargo, no le limitó a ese ámbito laboral. «Se me presentó la opción de ser visitador médico, primero para la farmacéutica Sanofi y luego para otras como Pfizer. Era un empleo cómodo, que me permitía seguir con mi hobby, tener esa necesidad cubierta», reflexiona dando un ejemplo. «Junto a un amigo catalán empecé a ir a ferias internacionales de criadores de insectos», apunta con una nueva sonrisa. «Tras 22 años trabajando me quedé en paro y fue él, en plena pandemia, el que me animó a dar el salto a lo que me gusta, a quitarme esa espinita. Este colega imparte talleres en el zoo de Barcelona y el verano pasado me cedió su puesto para ver cómo se me daba. La experiencia fue genial. Creo que me ayudó tener facilidad de palabra, buena mano con los niños. Yo tengo tres», desliza con cariño. «Me lancé. Probé a ofrecer talleres en colegios, a llevar mis bichos vivos y la respuesta me asombró», afirma.