Juan Rey: «Una escalera puede suponer un mayor desafío que una megaobra en Dubái»

El ingeniero santiagués, encargado del pabellón de España en la expo del país asiático, aclara cómo ha logrado que arquitectos como Norman Foster quieran trabajar con él

El ingeniero santiagués Juan Rey, que fundó en Madrid una empresa, Mecanismo, con la que ya acometió estructuras en más de 30 países, realiza en Santiago varias obras, como la de la pasarela a Belvís desde la praza do Matadoiro. «En el debate de derribar o no la Casa da Xuventude aún no tengo clara mi posición», admite
El ingeniero santiagués Juan Rey, que fundó en Madrid una empresa, Mecanismo, con la que ya acometió estructuras en más de 30 países, realiza en Santiago varias obras, como la de la pasarela a Belvís desde la praza do Matadoiro. «En el debate de derribar o no la Casa da Xuventude aún no tengo clara mi posición», admite

Santiago

Ni la escala de sus obras, ni la «ilusión» de haber trabajado con arquitectos a los que admira, le restan humildad. «Creo que tuvimos suerte al poder embarcarnos en proyectos poco convencionales, algo que me encanta. Dijimos que sí a todos y, afortunadamente, nos salió bien», apunta con una sonrisa Juan Rey, el ingeniero santiagués de 44 años que ha logrado que su firma asuma proyectos como el del pabellón de España en la expo de Dubái, un evento que, si el covid lo permite, se inaugurará en octubre. «Ahí espero estar», avanza animado. «Creo que casi todo en mi vida llegó sin buscarlo, ni meditarlo mucho», añade riendo.

Ingeniero de Caminos y doctor en Arquitectura, se inició en una consultoría en Compostela. Poco después dio el salto a Madrid, a una firma donde sumó experiencia en proyectos internacionales, un bagaje que le ayudaría al decidirse a montar en el 2005 su propia empresa, Mecanismo, especializada en estructuras de edificación. «Amigos arquitectos me pedían si les echaba una mano en la parte técnica, y me lancé. Ahora ya somos 25 empleados», acentúa al hablar de una oficina que firmó más de mil proyectos en 30 países y a la que desde el principio le funcionó el «boca a boca». «Nunca hemos hecho publicidad. Se nos da muy mal», confiesa divertido. «Asumir estructuras complicadas nos dio repercusión y facilitó que grandes arquitectos se fijasen en nosotros», subraya con timidez al citar entre ellos al estudio holandés MVRDV o a figuras como Norman Foster. «Hubo cosas que no me esperaba como abrir el email y ver que desde la oficina del arquitecto japonés Ishigami mostraban interés en trabajar con nosotros. Pensé que era una broma o un hacker», remarca aún sorprendido. «La nuestra fue una pequeña aportación al conjunto, pero varias obras, como la de la rehabilitación de la Serrería Belga en Madrid, suman más de 40 premios», recuerda con orgullo. «Un proyecto al que le tengo especial cariño fue uno de viviendas en Mombasa, en Kenia. Su fachada era una celosía en hormigón, algo complejo aquí y un reto allí. Emociona ver los medios que tenían y las ganas que ponían. Supuso un icono. Ahora nos llamaron para hacer una de sus primeras obras de vivienda pública», agrega. «Lo de Dubái también es especial. Las expos dan cabida a una mayor experimentación. Hicimos unos conos con cúpulas, una estructura potente que creo que nos va a dar visibilidad», encadena sin obviar las dificultades. «Hubo una supervisión dura por parte de las autoridades locales. Tuvimos que convencerles para poder usar nuestro software», desliza, antes de relativizar los tamaños. «Uno se deja llevar por la escala de las cosas y muchas veces la complejidad está oculta en las pequeñas. Una escalera de una vivienda puede suponer un mayor desafío que una megaobra en Dubái. Estuvimos semanas dándole vueltas a una», evoca. «Nadie es ajeno al error, pero hasta ahora no tuvimos percances», continúa. 

En una faceta más personal señala la docencia como algo vocacional. «Doy clases de estructuras en universidades, varias de Estados Unidos», asiente. No olvida tampoco citar aficiones que le llenan su escaso tiempo libre como el surf o la música. «Fue con la pandemia cuando abandoné mi último grupo, Espíritusanto, de indie-pop, con el que llegamos a tocar para Radio 3 o en festivales como la Romería Pop», rememora ya en clave compostelana. «Fue también el año pasado cuando me decidí a regresar a Santiago con mi familia. Acababa de nacer mi segundo hijo y me impulsó tanto la calidad de vida local como la idea de reforzar la oficina que montamos aquí hace dos años. En Galicia siempre hemos tenido bastante trabajo», sostiene sin descanso. «Entre otros proyectos singulares trabajamos en la ciudad en unas viviendas de coliving», desvela sobre un nuevo modelo residencial en el que se comparten zonas comunes. «A nivel laboral casi no noto cambios. Muchos días estoy en Madrid. Pago el precio de viajar más, pero es factible y me compensa», incide con cariño. «Esta primavera quiero llevar desde Santiago a mi familia a ver el Mirador da Cova, en O Saviñao. Es uno de esos proyectos de menor dimensión de los que estoy muy orgulloso», enfatiza conmovido.

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