La dedicación permanente

francisco martelo villar TRIBUNA

SANTIAGO CIUDAD

ALBERTO LÓPEZ

25 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

José Carro Otero, presidente de la Real Academia de Medicina, se ha ido. Si nos está viendo, y es seguro que sí, porque él creía fervientemente en el más allá, estará departiendo con otro médico gallego que ejerció en el Gran Hospital Real Compostelano y fue, además, profesor en la Facultad de Medicina, José Varela de Montes; para él, el mejor médico. Dada su inquietud, ya sabrá, a pesar del poco tiempo juntos, cómo transcurrió el parto que nos trajo a nuestra insigne poetisa Rosalía de Castro y cómo creciendo y aprendiendo entre las piedras de Compostela se podía realizar tanto trabajo y compaginar la asistencia clínica y el magisterio académico con la aclamación general. 

Carro, siguiendo su ejemplo, consiguió el reconocimiento de todos, como anatomista, arqueólogo, antropólogo e historiador de la medicina. Con gran dedicación desde sus inicios como niño prodigio, pudo convertirse de adolescente en un extraordinario experto en el arte de la catedral de Santiago, pero el estudio mantenido a rajatabla le convirtió en reconocido investigador y profesor en las facultades compostelanas de Medicina y Biología. Su inquietud le indujo a acudir al Instituto Arqueológico Alemán, al instituto Leriche de Roma y a la Universidad Complutense de Madrid para ampliar el espectro de su mirada, porque había sido educado, en su brillante entorno familiar, como hombre del Renacimiento y no se puede imitar a Vesalio sin vigilar las fuentes alternativas del conocimiento.

Pero la antropología crea unos cimientos que pueden inducir a ayudar a los demás a través de la política. No supo renunciar a ella, por lo que ejerció como concejal de su ciudad y años como secretario particular del presidente Manuel Fraga, que le premiaba con algo que le divertía mucho. Dado su excelente nivel didáctico y su deslumbrante oratoria, el de asumir el comisariado de exposiciones culturales. Su enorme capacidad le aportó un número muy importante de condecoraciones y reconocimientos en nuestro país, en Latinoamérica y en su querido Portugal. Pero ese compromiso con el servicio público le supuso un tributo muy alto, la renuncia a la medicina clínica y al contacto con los pacientes. Repetía que envidiaba a Varela de Montes.

Llegó a la Real Academia de Medicina de Galicia en 1993 para ocupar el sillón de Historia de la Medicina. Asumió con una gran dedicación los objetivos de la institución y puso en marcha un magnífico Museo Histórico de la Medicina Gallega; construido desde el esfuerzo intelectual y la personal habilidad manual, capaz de lograr en directo y en solitario el resultado buscado.

Su compromiso le llevó a la presidencia de la Academia, para la que fue elegido durante varios mandatos. Su liderazgo y dedicación ha hecho posible que, en tiempos económicos difíciles, se pudiese mantener la joya de la corona de la Academia, sus premios para la investigación y la innovación médica en Galicia, patrocinados por la Fundación Barrié de la Maza y el Centro Oncológico de Galicia, junto a los contratos de colaboración formativa con la Academia Naval de Marín. Una tarea institucional muy reconocida por todos.

Su inesperada marcha nos ha dejado sumidos en la tristeza. A sus tres hijos, junto al afecto que les enviamos, queremos decirles que su ejemplo no será en vano. ¡Gracias, presidente!