Ghaleb Jaber Ibrahim: «No conozco muchos compostelanos que lo sean tanto como yo»

El polifacético médico y empresario, propietario del Hotel Araguaney, reivindica la tolerancia como la mejor virtud humana

Ghaleb Jaber Ibrahim, en la escultura que preside el hall del Hotel Araguaney
Ghaleb Jaber Ibrahim, en la escultura que preside el hall del Hotel Araguaney

Santiago

Una conversación con Ghaleb Jaber Ibrahim (Cisjordania, 1950) no cabe en una página de periódico. Haría falta un libro para hacer honor a una vida y a una mente como la suya. Nació en Ein Bus, una aldea de Nablus (Palestina) y con 20 años aterrizó en Santiago para estudiar medicina. Aquí se casó, tuvo cinco hijos, se hizo médico, periodista, empresario turístico al frente del Hotel Araguaney y productor audiovisual. Las profundas raíces que ha echado le han permitido crecer muy alto, pero también han fertilizado la tierra que le ha sustentado alimentando la Compostela que le acogió con mucho más que puestos de trabajo. De hecho, odia que le hablen de los empleos creados y recalca que sin sus trabajadores él no sería empresario. Está mucho más orgulloso de los proyectos culturales de su fundación, como el festival de cine árabe Amal. Su notoriedad es innegable y Galicia estaría coja sin la huella del personaje al que amigos y enemigos llaman el Moro. Cuando le se pregunta si este apodo le incomoda se ríe. «¿Molestarme? ¡Qué va!, pero si me lo he puesto yo mismo, hasta creé una empresa que se llama Morovisión», se jacta.

—Nació jordano, hoy sería palestino bajo ocupación israelí y lleva 51 años viviendo en Santiago. ¿De dónde es el Ghaleb de hoy?

—Palestino, jordano y golfo, porque he trabajado en el Golfo, no por otra cosa (bromea). He trabajado allí cuando fue la guerra, luego volví a Palestina, terminé el bachillerato y me vine a España. Estuve pocas semanas en Madrid y, cuando aprendí algo de castellano, el 14 de febrero del año 70 llegué a Santiago. Vine a estudiar medicina y estudié medicina.

—Palestino y compostelano, digo yo.

—No conozco muchos compostelanos que lo sean tanto como yo. No planifiqué venir aquí, llegué y fui bien acogido y mal acogido al mismo tiempo.

—¿Por qué bien y por qué mal?

—Porque hay gente que se ha portado muy bien conmigo, tengo que reconocerlo, y gente que se ha portado muy bien conmigo pero que cuando les di el pasaporte me echaron de casa, porque soy árabe. Siempre he luchado por escapar de identificarme con una nacionalidad, porque los seres humanos nacemos libres y tenemos que funcionar como seres universales con una formación humanista. Para mí una persona negra, blanca, roja, nórdica, del sur, de derechas o de izquierdas son lo mismo. Son opciones que tenemos porque estamos preparados para ser de todo al mismo tiempo. Muchas veces creemos que las personas somos de derechas o de izquierdas y yo siempre digo que para todo en la vida hay un tiempo. El ser humano tiene cinco etapas, somos hombres cebolla, la entidad del hombre es como una cebolla y cada etapa de nuestra vida es una capa. Y si sufrimos un golpe duro, malo, puede afectar a las siguientes. Posiblemente ahí surjan los extremismos, porque si hay una enfermedad en una de las capas, afectará al futuro. Así que hasta los 18 somos apolíticos, luego antisistema, cuando tenemos la carrera queremos ser progresistas, cuando nos asentamos ya queremos ser conservadores, cuando nos jubilamos somos liberales y cuando pasamos de los 80 años volvemos a ser ácratas. Por eso soy tolerante y lo único que no admito en la gente es que no sea tolerante, porque para mí la cultura es el respeto a los demás. Si la cultura no respeta a otra cultura, es que no es cultura. La cultura es formación, información, análisis, procesamiento de datos y transmisión del conocimiento. Es un método de pensamiento. Yo tengo buena relación con todos los partidos y personas de todas las ideologías que crean que nos podemos aportar los unos a los otros.

—¿Necesitan los países árabes más embajadores como usted?

—Hay que hablar con el pueblo, no hablar del pueblo. Hay que hablar con los árabes y no hablar de los árabes. Hay que hablar con los musulmanes y no hablar de los musulmanes. Hay que hablar con los judíos y no de los judíos. Los problemas serían menores si nuestra visión es más amplia. Es cierto que los países árabes necesitan que en Europa se les vea de manera diferente. Nosotros lo intentamos a través del ciclo de cine Amal, de los foros y de las conferencias, pero somos una piedra en una montaña, porque hay muchos que no comprenden que el conocimiento del otro nos facilita crecer. España y Galicia tienen una posición privilegiada con el mundo árabe. Vemos a España como una extensión de nuestra propia cultura, que también es andaluza y española. Sin embargo, España nunca tuvo a bien en los últimos 500 años reconocerlo y se ha demonizado al islam y se lo ha relacionado con los árabes, que no hay que olvidar que pueden ser cristianos o judíos también.

—El yihadismo ha hecho mucho daño.

—Hay una forma para cortar el radicalismo islámico. Nadie va a misa por cuestiones políticas, va a la oración, pero qué pasa cuando la mezquita la está financiado Arabia Saudí, que es una fábrica de conflictos, como lo son los Emiratos Árabes e Israel, porque todos están manejados por el sionismo musulmán e israelí. Si España financiase las mezquitas y pagase al imán sabría lo que pasa dentro. Así los musulmanes no tendrían que depender de gente dudosa. No hay pueblos puros, no hay pensamientos puros. La pureza es la muerte. Yo soy musulmán y me casé con una cristiana en la iglesia, en Sar. Y recuerdo que el arzobispo ofició la misa con unas parrafadas en árabe del Corán. Ese es el respeto que tiene que haber y no la involución fascista que vivimos ahora.

«Cuando fui al examen de español me di cuenta de que lo que hablaba era gallego»

El Santiago al que llegó Ghaleb Jaber era muy distinto del actual. Para empezar, aún existía el edificio Castromil. «Luché para que no lo tiraran [fue en 1975] y uno de los tomatazos que le tiraron al alcalde [Antonio Castro] fue mío. Luego fue mi abogado y mi amigo», recuerda. Nunca olvidará su primera noche en la ciudad. «Me despertó el ruido de las bombas y me tiré al suelo. Creí que era un ataque israelí, pero eran las fiestas de Carnaval. Tardé una semana en saber que aquello eran fuegos artificiales», relata. Vivió frente al Parlamento en otra pensión en aquella Compostela en la que no existía el Ensanche. «Lo único que recuerdo era el Derby, Maycar y Victoria, el supermercado», asegura. No había academias y estudió el idioma como pudo, con un libro y hablando con las señoras que llevaban la pensión. Cuando fue al examen se llevó una sorpresa: «¡Lo que hablaba era gallego, no español! Los profesores quedaron alucinados y me aprobaron igual». Y es que aquellas mujeres no le habían estado hablando en castellano.

—Eso es integrarse rápido.

—Tuve la suerte de caer bien y de conocer a mi mujer. El padre era gallego y empresario en Venezuela y mi suegra era alemana. Cuando se enteraron de que salía conmigo la mandaron a Alemania y a Canadá, pero al final no tuvieron más remedio que aceptarme.

—¿Les costó?

—La primera vez que me vi con mi suegro hablamos en gallego. Tenía 23 años y me contó que él creía que yo era negro. Me dijo: «Pensaba que eras negro, carallo». Después, cuando me conoció mejor, me llevaba con sus pandillas de amigos y me sentaba en el medio y les preguntaba: «Coñecedes ao doutor?». Y como le decían que no les soltaba «si que o coñecedes, é o Moro».

—Han cambiado mucho Santiago y Galicia, ¿no?

—Dicen, pero para mí no. Como en todas las capitales que no han crecido, en Santiago hay algo de frustración. Tenemos una ciudad que estaba programada con la ley de capitalidad para 150.000 habitantes, pero que por la creación de poco suelo y el encarecimiento de la vivienda hizo que la gente joven escapara a Bertamiráns y a otras ciudades dormitorio. La separación de la universidad gallega también fue una animalada, en mi opinión. Esto no ha beneficiado a Galicia porque ahora tenemos tres universidades que luchan en los puestos de cola en lugar de una que esté en los de arriba, en la élite.

«No cerrar el Araguaney por el covid es una decisión de prestigio»

Por edad —tiene 71—, Ghaleb Jaber tendría que estar ya vacunado contra el coronavirus, pero confiesa que aún no le ha tocado. «Estoy esperando, creo que el problema es que a mí me llaman [el Sergas] para ciertas cosas a mi móvil, pero que el teléfono que tenían para esto es el de la casa. Lo corregimos esta semana y a ver», explica.

—¿Cómo lleva la pandemia?

—Con preocupación, por supuesto. Yo soy médico, es de lo único de lo que presumo porque fue mi vocación. Esta no es la primera pandemia, aunque cada vez hay más porque hay más gente y más conexión entre personas. En esta, la respuesta diferente a un enemigo común es lo que nos ha debilitado.

—No ha cerrado el Araguaney ni un solo día.

—Estamos a cero, porque no hay turismo, pero no hemos cerrado ni un día. No cerrar el Araguaney es una decisión de prestigio y resistencia, porque somos algo más que un hotel.

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