Fernández Lago, nuevo deán de la Catedral: «En Santiago la espiritualidad la tiene más el peregrino que el residente»

Centrará su tarea en «acoger» a los que visitan el templo del Apóstol y lograr que la visita «les cargue de optimismo»

José Fernández Lago, en el altar mayor de la Catedral de Santiago
José Fernández Lago, en el altar mayor de la Catedral de Santiago

Santiago

En 1978, José Fernández Lago (Carril-Vilagarcía, 1944) llegó como canónigo a la Catedral de Santiago, de la que acaba de ser nombrado deán. Además de un experto en Biblia y de ser el supervisor de la versión en gallego es un hombre afable y tranquilo que resta importancia a ser el máximo responsable de un templo que para la Cristiandad solo superan en importancia San Pedro de El Vaticano y el Santo Sepulcro de Jerusalén. «Yo ya he dicho que soy el primero entre iguales, el primus inter pares. Lo que tengo es una gran preocupación por hacerlo con dignidad y le pido a Dios luz», confiesa. Cuenta que su voluntad de tener siempre en cuenta a todo el mundo y servir a los demás se la enseñaron sus padres, que regentaban un estanco en la villa arousana. «Por eso cuando canté misa y mi padre me dijo que contase con cien invitados yo le dije que no, que invitaba a todo el pueblo. A menos, pero a todos. Hicimos misa de campaña en el muelle y aquel día repartí 1.400 estampas, lo que quiere decir que había mucha gente», recuerda.

—Para los que no le conocen, ¿quién es José Fernández Lago?

—Yo era un chico de Carril, que estudié en Vilagarcía en el colegio León XIII, donde hice el bachillerato superior por ciencias y un año de magisterio. Después me vine al Seminario y me ordené en 1967 y cuando terminé consideré que no estaba suficientemente preparado como para transmitir a la gente con fluidez, con alegría, con esperanza y visión de futuro, por lo que pedí que me dejaran ir a estudiar. A mí me gustaba y me gusta mucho la Biblia, que es precisamente mi especialidad, así que después de hacer la licenciatura en Teología fue el cardenal Quiroga quien me pidió que estudiara Biblia. Lo hice y cuando le quedaba un mes de vida al señor cardenal le dije en Roma, donde estudié tres años Biblia en el Pontificio Instituto, que me habían ofrecido vivir un año en Jerusalén en la Escuela Bíblica Francesa, y fui. Cuando regresé, don Ángel Suquía me mandó de vicerrector al Seminario, donde estuve doce años y después don Antonio Rouco [sucesor de Suquía como arzobispo compostelano] me pidió que me quedara allí como tutor académico y durante el tiempo del Seminario iba a una parroquia, a la de Calo (Teo), en el lugar de Francos, y tenía allí el catecismo y la misa. También, desde hace 27 años soy capellán de las Benedictinas. ¿Dónde tengo yo hoy el corazón? Pues en la transmisión de lo que en otros tiempos se escribió y constituyen las escrituras sagradas. En desmenuzarlo y volverlo a montar con esquemas de hoy para la gente de hoy, que llegue a la gente.

—¿Qué lleva en su lista de tareas?

—Lo que quiero hacer es acoger con delicadeza, con respeto y quisiera tener lucidez. Para muchas cosas, lo que habrá es que llevarlas al Cabildo, pero claro, puede haber alguna vez que uno tenga que dar una respuesta ante una cuestión así un poco delicada y quisiera atinar. Ahora, a mí lo que me llena, lo que siempre me llenará, es poder desgranarle a la gente, en la celebración litúrgica, los contenidos de unos textos que hoy siguen siendo útiles. Ofrecer jugo a las personas que asistan a la celebración.

—Su antecesor, Segundo Pérez, optó por la transparencia y por abrir las puertas a todos. ¿Cuál será su estilo como deán?

—Yo soy de puerto de mar y abierto al mundo. Además, creo que soy sincero, no ando con dobleces. Estoy dispuesto a multiplicarme y a ofrecer luz. Lo que quisiera es que aquella gente que viene peregrinando, que algunos salen de su tierra para hacer un poco de ejercicio, otros por ir con unos amigos o por seguir la moda, que cuando lleguen aquí, después de la experiencia que hayan tenido en el Camino y de las posibles reflexiones que hayan hecho, lleguen y en lugar de desilusionarlos, les carguemos mucho más optimismo y se planteen la vida que van a llevar a partir de ese momento. Que la peregrinación les valga para algo.

—De lo que no tendrá que preocuparse es del estado de la Catedral, la rehabilitación es magnífica.

—¡Es sublime! Pero el arzobispo [ Julián Barrio] dice algo que es muy importante tenerlo en cuenta, que es que a esa sublimidad artística tendrá que responder también algo que sea sublime en la aportación que haga la Catedral al espíritu de la gente. En la acogida y en las celebraciones, que sean dignas y humanas y que entren en el corazón de las personas y que saquen fruto espiritual de la visita. Es decir, que la parte material promueva la espiritual.

—¿La sociedad ha perdido la espiritualidad?

—En Santiago la espiritualidad la tiene más el peregrino que el residente y a mí me gustaría que los compostelanos se contagiaran de la espiritualidad del peregrino. Creo que hasta no faltará algún compostelano que no haya venido a la Catedral, quizás no del casco histórico, pero sí de los alrededores.

«Como don José María no hizo fijo al electricista, le robó el Códice Calixtino para fastidiarle»

Como canónigo, el nuevo deán vivió muy de cerca el robo del Códice Calixtino en julio del 2011 y su recuperación por la Policía Nacional un año después. Un acontecimiento que considera hizo que la Catedral dejase atrás formas más de andar por casa en su gobierno y se profesionalizase. «Pasamos a tener más los pies en la tierra», señala José Fernández Lago, que destaca que ahora se busca que las personas que trabajan en el templo tengan un perfil más técnico y profesional. Sobre el robo, él tiene muy claro lo que pasó: «El electricista [ Manuel Fernández Castiñeiras] esperaba que, cuando llegara a deán, don José María [Díaz] lo hiciera fijo aquí y, como no lo hizo, le robó el Códice Calixtino para fastidiarle».

—¿Qué le parece que por primera vez en la historia el curso que viene el Seminario Menor vaya a admitir niñas en el colegio diocesano?

—Hoy lo normal es que la formación sea mixta, eso es lo normal. Y además, es difícil mantener un centro en el que en cada curso haya cuatro o cinco alumnos.

—Es un privilegio para esos cuatro o cinco, pero difícil de sostener.

—Un privilegio hasta cierto punto, porque si corren cuatro la marca es inferior a si corren diez. Puede que sea una enseñanza más personalizada, sí, pero es muy difícil mantener un centro así. Por ello creo que es algo necesario.

—¿Cómo de importante es este Xacobeo que va a durar dos años?

—Veo la importancia en esa necesidad que tiene el hombre de hoy de aquello de lo que a lo mejor no siente necesidad, pero la tiene. En estos últimos años se veía que el hombre occidental era demasiado autosuficiente y, en lo que respecta a Dios, consideraba que, aunque no lo dijera expresamente, no necesitaba nada de él. Quizás esta pandemia le haya hecho reflexionar un poco y llegar a otras conclusiones. Este año tendremos que poner el dedo en esa llaga para tratar de curar esa seguridad que tenía el hombre, al que todo le era asequible y podía llegar a todo. Esa autosuficiencia desplazaba a los hermanos y a Dios y parecía que toda la verdad estaba en el ámbito laico.

—¿En estos tiempos de pandemia San Roque y el Apóstol cuentan como vacuna del coronavirus?

—(Sonríe). Para mucha gente no, pero nosotros estamos rezando en las misas la oración que hizo el arzobispo y, al final... pues Nuestra Señora de la Salud, Santiago Apóstol y San Roque.

«He escuchado confesiones que no las olvidaré en toda mi vida»

Fernández Lago ha sido testigo en muchas ocasiones de ese poder transformador que el Camino y Santiago tienen en los peregrinos y que él buscará potenciar como deán. «He tenido algunas experiencias impactantes. En algún año santo he confesado mucho aquí, muchísimo, y he escuchado confesiones que no las olvidaré en toda mi vida. Están ahí en lo profundo de mí y me acuerdo de ellas porque vi la obra de la gracia de Dios en la gente», explica. Una de ellas, relata, fue la de un hombre que entró diciéndole que si su familia se enteraba de que había ido a confesarse le internarían en un psiquiátrico porque no darían crédito. «Me dijo que había venido a Santiago a darse una comilona, pero que después se le ocurrió bajar las escaleras de la Catedral y que le empezaron a temblar las piernas y que vio que yo estaba confesando, era en la capilla de San Andrés, y que tuvo que acudir. Estuvimos hablando largo y tendido y al final me dejó impactado, porque tras la confesión me dijo que había visto que ese era el día más feliz de su vida». En ese interés por hacer de la basílica un lugar en el que potenciar esos momentos de máxima espiritualidad, también promoverá las vigilias para los peregrinos «que no son de toda la noche, sino de una hora», aclara. Recuerda que en ellas se reunían primero en el claustro y reflexionaban sobre el bautismo. «Realizábamos un gesto, que era quemar un cartoncito, que simbolizaba que uno tenía que mirar de otro modo cara al futuro respecto de lo que fue. Y luego, en el altar mayor, cada uno contaba su experiencia y ha habido algunas que, de verdad, eran impresionantes», rememora.

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