¿Pero son realmente una librería?

Roberto Bolaño cita en «2666» a Follas Novas, incluso con número de teléfono, y desde entonces reciben llamadas preguntando si de verdad existen


santiago / la voz

Rafael Silva agita su mano levemente y parece sacudir el sol de invierno que se cuela por el escaparate que ha estado ahí desde siempre, aunque este siempre, en realidad, tiene en 1971 la fecha de comienzo. Habla suavemente, casi con un susurro que avanza constante, mientras acaricia la etiqueta cortada que un día apareció escrita en una página que por vez primera no era la primera, sino la 258.

«Librería Follas Novas, S.L. Montero Ríos, 37, teléfonos 981-59-44-06 y 981-59-44-18. Santiago». Apenas dos líneas de una obra monumental a la que por fuerza deben atribuirse todas las acepciones que puedan existir de la palabra peso. Y desde entonces, de vez en cuando el teléfono suena para recordarles que Roberto Bolaño, hace mucho, compró un libro de otro Rafael, esta vez Dieste, que aparece citado en 2666 y que bien podría valerle a la librería como testamento geométrico.

«Sí, sí, llama muchísima gente. Que te cite un hombre como este...». La curiosidad, a veces tan predecible, lleva a los que marcan a hacer la misma pregunta: ¿Pero realmente son una librería? Y tanto. Y además conservan el número de teléfono. Rafael Silva clava su mirada en algún punto de las estanterías repletas de libros hasta el cielo y al ritmo de su relato Follas Novas se transforma en la calle Corrientes de un Buenos Aires esplendoroso. «Un tío mío tenía un negocio de ropa, pero era el único, lo demás eran todo librerías. Y había maravillas».

Es entonces cuando Bolaño entra en la escena de una anécdota con un amigo en busca del tiempo perdido. A mitad de la calle, ya habían conseguido los seis tomos, y alguno más. Avanza con ecos de algarabía el relato del librero y en sus ojos se pueden enumerar los doscientos teatros de aquellos años de apogeo, que habían desaparecido casi por completo cuando regresó tiempo después en busca de su magdalena con acento porteño.

 

«Aquí había ocho tiendas distintas». Rafael Silva señala el segundo piso mientras se niega a tropezar en la nostalgia al descender por lo que Ramón Piñeiro llamaba la otra Catedral, la de los libros, que fue creciendo varias plantas amparada en el idealismo primaveral del 68. Quizá solo sean afortunadas coincidencias la materia con la que se construyen los espíritus de librero. Pero un día, la secretaria de Borges cruzó la puerta de Follas Novas para darse de bruces con un ejemplar de un libro que llevaba desaparecido tantísimo tiempo... Y volvió a editarlo, y de nuevo el nombre de la librería sobre los papeles impresos. La sonrisa amplia que cubre la mascarilla se escapa sin embargo a través de los ojos risueños de los empleados que llevan tantos años detrás de los mostradores vendiendo en tinta los delirios de quienes se atreven a poner palabras a los sueños.

Hay un instante en el que a la mesa de novedades de la entrada le brotan las sillas que tuvo durante un tiempo. Llega Torrente Ballester, se sienta, comienza a hablar de un libro en concreto. Y el recuerdo de Rafael Silva se vuelve real y parece que la gente se arremolina de nuevo alrededor de la mesa para escuchar las explicaciones de quien le insufló vida a Filomeno.

Llaman preguntando por un libro de los Beatles y aparece Gurruchaga a recogerlo. Es la hora del vermú en este sábado ajetreado y preñado de recuerdos. Estallan las risas cuando recuerdan que hacían bromas sobre una etapa de la Ruta Quetzal cuando un plástico intentaba proteger los libros del agua que caía a raudales desde el techo. Y fue un chiste, hasta que de repente un día cruzó la puerta el mismísimo Miguel de la Quadra-Salcedo.

Se despide el fundador de Follas Novas con un libro, un vuelve mucho y un apretón afectuoso en el brazo izquierdo. Y a ritmo de tocata y fuga Gabriel García Márquez se asoma desde la escalera de caracol para insistir en que en el frenesí de la escritura duda a veces de si usa sus propias palabras o toma prestadas las de Cunqueiro.

Rafael Silva, propietario de Follas Novas: «Nunca leí un libro que me fuese inútil»

irene martín

La popular librería, que tiene veinte empleados, posee más de un millón de ejemplares

La librería es su vida. Abandonó la carrera sacerdotal por la industria cultural de los libros. Rafael Silva Costoyas (Silleda, 1937), tras pasar por el seminario de Santiago, hizo la tesis doctoral en Salamanca y, en Roma, dedicó cuatro años al estudio de la Biblia con los jesuitas. «No hay ningún motivo especial por el que dejé la carrera eclesiástica, sencillamente me enamoré del mundo del libro», indica el propietario de Follas Novas, establecimiento fundado en 1971.

Rafael Silva y Xesús Couceiro, con el que mantiene buena relación, son los libreros más antiguos de la ciudad. Reconoce ofertas de compra, pero vender no está entre sus propósitos, ya que el relevo del negocio recaerá en sus sobrinos. Dice que no temen al futuro ni a Internet: «Notamos la crisis del 2008, claro, pero fuimos navegando poco a poco».

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