Me quejo


Circula por Internet un texto que dice algo así como si nos confinan, me quejo; si no nos confinan, me quejo; si Fernando Simón sale mucho en la tele, me quejo; si Fernando Simón no sale mucho en la tele, me quejo; si xxxx, me quejo; si no xxxx, me quejo.

A la retahíla se suman las peticiones: todo el mundo pide que el Gobierno me dé una ayuda. Y si no me la da, me quejo. Y si es menos de lo que ganaba, me quejo. Y si soy de este sector, me quejo porque quiero la ayuda. Y si soy de ese otro, me quejo. Y si soy el dueño de la autopista, me quejo y pido que se me compense por la bajada de clientes. Con esa teoría los libreros pueden subirse al carro, y los vendedores de castañas, y los que abren zanjas. Por supuesto que todo el mundo quiere llegar a fin de mes, y clama por una ayuda con toda razón. Añádasele el siempre espinoso tema de las pensiones, que, al parecer, en este país no son ‘dignas' aunque sean mucho más altas que en Dinamarca o Gran Bretaña, por citar dos ejemplos.

Pero surge un pequeño detalle: el dinero no es infinito. No lo esconde el Gobierno en un cajón y lo reparte como si fuera los Reyes Magos. No. El dinero es finito. Hay el que hay. O sea, el que se recauda de impuestos a empresas y particulares. Y a ver quién es el guapo que pide que se suban. Ni tampoco la solución es que los políticos cobren menos porque lo que cobran no da ni para dos días de ERTE.

Nos queda Europa. Pero lo normal es que los austríacos o suecos, que pagan unos impuestos descomunales, no estén particularmente dispuestos a abrir la cartera mientras nosotros cotizamos por debajo de la media europea.

De manera que lo primero es aprender a sumar y restar antes de abrir la boca.

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