«Un bocadillo no es comida para trabajar en la obra»

Algunas promociones inmobiliarias habilitan comedores, baños y duchas para los trabajadores, que en otros casos se organizan en turnos para comer en las casetas o lo hacen en grupos en los edificios


Santiago

«El bocadillo no es compatible con el trabajo en una obra. Esto no es darle a una tecla, sin ofender». Manuel Fernández Lago, obrero de uno de los edificios que Dragados construye en Conxo, no ofende, porque describe una realidad que trasladan todos los trabajadores de la construcción consultados sobre las limitaciones para acceder a un plato caliente en sus jornadas laborales por el cierre impuesto a la hostelería para tratar de frenar la pandemia. «As medidas están pensadas para os que traballades nas oficinas, nunha mesa; os demais non contamos», lamenta Juan Sánchez mientras apura un café recién comprado en una cafetería del casco histórico.

Hasta esta semana, los obreros de varias promociones inmobiliarias de Conxo recurrían al restaurante La Pajueleira para comer. Aunque en la mesa no podían estar juntos todos, «tiñamos onde comer algo quente». El viernes ya les avisaron en el local de que no seguiría abierto. «Tendré que mirar si está el Roma —restaurante de Romero Donallo—, porque no traigo la comida de casa. No sé cómo haré», revela Manuel Fernández. Señala que hasta este lunes siempre comió de menú, «porque con un bocadillo no se puede estar en la obra. Aquí hay que comer para aguantar». Sostiene que las restricciones a la hostelería deberían replantearse y considerar las necesidades de la gente que trabaja a pie de calle. En su empresa, destaca Manuel, «estamos bastante bien, porque tenemos un espacio para comer, ducharnos y descansar. Pero no es lo habitual. También es verdad que la mayoría se trae la comida de casa, porque aquí hay donde comer». 

Otro trabajador, Luis, asegura que «solo unas pocas constructoras tienen habilitados sitios para estar, en la mayoría hay que buscarse la vida. Lo normal es traer la comida en tarteras calientes de casa, y la comes en el edificio, echas una cabezada y vuelves al trabajo», relata. En su caso, las nuevas restricciones «no cambian nada, porque siempre fue así. Claro que, luego, iba a tomar un café caliente y al baño. Ahora iré a Bonaval». Fernando, de un pequeño edificio en obras en Conxo, indica que «tampoco son tantos los que van de menú, porque los sueldos no dan para comer todos los días de restaurante». La mayoría van al menos un par de días a la semana, «y más si hace mal tiempo». Algunos albañiles reconocían en la soleada jornada de ayer que «hoy va a estar bien ir a comer de campo». Fermín Pérez, de la obra de Dragados, apunta que, además de tener espacios habilitados para comer y descansar, «algunos hacen jornada intensiva, y a las tres se van a casa. Lo normal es estar de 8.00 a 17.00 horas, con hora y media de parada para comer».  

Los responsables echan en falta más tiempo para organizarse

En los trabajos de remodelación del Camino Portugués, en Conxo, los ocho trabajadores que ayer estaban a pie de obra se turnan para comer «con cierta tranquilidad dentro de las casetas de obra». No pueden estar todos al mismo tiempo, pero «es lo que se puede hacer por ahora». El responsable lamenta que las medidas se tomen sin margen para organizar un espacio, y confía en que «no sea mucho tiempo. En diciembre, la construcción para bastantes días». Los trabajadores traen ahora la comida de casa en recipientes que aguantan el calor, pero lo que más echan en falta es un sitio para descansar tranquilamente. Incluso, para días de lluvia como el que tuvieron en la primera jornada sin restaurantes, la empresa está buscando una solución mejor.

«Los restaurantes de menús asequibles cierran, así que habrá que traer la fiambrera»

Uno de los comentarios más repetido entre los obreros de la construcción con quienes charlamos es que suelen recurrir a restaurantes con menús de «obrero», es decir, aquellos que ofrecen dos platos, con bebida y café o postre, por 8 o 9 euros. «Lo hay, claro que los hay. Aunque ahora son los que cierran», se lamenta Manuel. Se trata fundamentalmente de locales situados en barrios como Conxo y Pontepedriña y en el polígono. El Roma, en la avenida Romero Donallo, «se come bien. Comida casera, y ahora hay que ir a buscar el plato y comerlo en la obra». El Tordoia, en la rúa Tambre, uno de los sitios junto a El Polígono, donde acuden más trabajadores del parque empresarial, optó por mantener abierto con servicio de recogida de comida en el local, y comer en el coche o en la fábrica.

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