Los bares, en la primera jornada laborable de cierre: «Vendí 15 cafés y por la tarde ya no abro»

Las nuevas restricciones contra el coronavirus dejan cafeterías y comercios vacíos en las que hay un lamento común: «Estamos aquí por pasar el rato»


Santiago de Compostela

Dicen que el 21 de enero es el día más triste del año, pero si hay una jornada que merece estar señalada en rojo en el calendario compostelano de este horribilis 2020 no puede ser otra que la de ayer, el primer día laborable con la hostelería cerrada por las nuevas restricciones contra la pandemia del coronavirus. Lunes de cielo gris plomo, con lluvias intensas y sin poder entrar a desayunar o a tomar algo en el local de siempre es una combinación que no invita a muchas alegrías y esa pesadumbre se deja notar en unas calles que ofrecen estampas terribles con comercios vacíos casi por completo y bares que tienen en el café para llevar su única fuente de ingresos. Y, francamente, no da para mucho.

«Esta mañana vendí quince cafés, veinte como mucho, así que a la tarde ya no abro», se lamenta el único camarero que no está en el ERTE de una famosa cafetería del Ensanche de Santiago en la que antes de que el virus llegase a nuestras vidas era difícil encontrar sitio para desayunar por la mañana. La primera jornada laborable de cierre obligado ha sido mala, pero tampoco venían del paraíso, precisamente. «El viernes, el último día que pudimos abrir solo hicimos 40 euros de caja y eso que había terraza», añade.

Su queja es común. Es la de todo el sector. Es la de una hostelería que necesita un plan de rescate para evitar que miles de familias se queden sin su única fuente de ingresos. «Estamos aquí por pasar el rato. No es una situación que le guste a nadie, pero hay que hacer algo», se resigna el dueño de un establecimiento de Alfredo Brañas mientras sirve un café para llevar a un señor. La entrada del local se ha convertido en un gran mostrador con todo tipo de azúcares para escoger y cucharillas de plástico. «Ahí van unos churritos», informa con salero mientras hace entrega del dulce envuelto en papel de aluminio. Ni con la que está cayendo pierden los hosteleros el buen saber y las atenciones a sus clientes.

Es difícil tomarse un café por la calle. La taza de cartón quema y en un día de lluvia faltan manos para sostenerla, agarrar el dulce entregado a modo de tapa y sostener además el paraguas. La operación se vuelve una auténtica odisea si aún por encima se carga con alguna bolsa. Con todo, el take away tiene su mercado. Los que más, los empleados de las oficinas y negocios que acudían habitualmente a una cafetería en la pausa de media mañana y que ahora lo compran para llevar y se lo toman en su puesto de trabajo. También están los clientes de toda la vida, que llevan años y años acudiendo a la misma cafetería y que ya han labrado una relación de amistad con el dueño. Esos siguen yendo aunque solo sea para apoyar al hostelero y porque saben lo cruda y dura de la situación por la que atraviesa.

Los nuevos y obligados hábitos crean también nuevas estampas ciudadanas. Como las tacitas del café para llevar abandonadas por incívicos clientes en cualquier alféizar, de la misma forma en la que los jóvenes se desprendían de la última copa de la noche. También la hasta ahora inédita imagen de un par de amigos tomando el cafecito cobijados en un portal o en una galería, a resguardo del frío y de la lluvia. Y otras que ni cambian ni cambiarán por muchas restricciones que haya, como la del cliente de todos los días que lleva años no solo buscando café en ese ratito mañanero, sino también algo de charla. Y esos no alteran el hábito y alargan el momento de recoger la consumición para intercambiar algunas palabras. Las más comunes, demuestran que vivimos en una sociedad rocosa y que solo piensa: «E o que hai» y «hai que aguantar». Esos somos nosotros.

En las tiendas ya se habla mucho menos de la pandemia que de la crisis económica

La hostelería no es el único sector destrozado por el virus. Las calles más comerciales del Ensanche muestran un panorama sobrecogedor en esta primera jornada laborable en la que todos los bares, cafeterías y restaurantes tienen que cerrar. Los locales están abiertos, hay luz en ellos, pero apenas hay clientes. En el Zara de la plaza de Galicia apenas hay cuatro personas a las once de la mañana. Y es en el que más movimiento se ve. En el resto, la soledad más absoluta y los trabajadores aprovechando para limpiar y ordenar la mercancía. En algo hay que invertir el tiempo. Doutor Teixeiro, Xeneral Pardiñas, República do Salvador y Montero Ríos, un cuadrado siempre ligado al éxito, es ahora un erial. Y lo peor, es que en las pocas conversaciones que se escuchan en las tiendas —el silencio es atronador—, se habla muy poco del virus y mucho de la estela de crisis económica que le sigue. Un local de juegos y libros para niños es de los pocos que tiene clientes en la mañana. «A los peques es a los últimos que se les quita, porque es su educación, su alegría, y la gente prefiere sacarse de otra cosa», reflexiona una de las dependientas. No le falta razón, pero el comentario denota que la falta de actividad no es ya tanto consecuencia del miedo al covid o del cierre perimetral que afecta a Santiago y su área metropolitana, sino a la falta de efectivo en muchos bolsillos.

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