Resignación en la nueva zona roja del virus

Vecinos y empresarios de Oroso, Vedra, Dubra, Boqueixón, O Pino y Trazo asumen con buen talante las más severas restricciones a la movilidad y el cierre de la hostelería


Santiago de Compostela

En un solo minuto, Oroso, Boqueixón, Val do Dubra, Vedra, O Pino y Trazo pasaron de ser concellos con nivel bajo de alerta epidemiológica por coronavirus a estar en la zona roja. A las 23.59 del viernes todos ellos vivían esto que llaman la nueva normalidad y a las 00.00 del sábado quedaron cerrados perimetralmente al incluirles en el área de cierre conjunto en la que ya estaban Santiago, Ames y Teo. Y además de la limitación a la movilidad eso supone el cierre de la hostelería, que ya solo puede servir a domicilio o dar consumiciones para llevar. La mayoría de los negocios se han acogido a esta posibilidad, que deja escenas nuevas, como clientes consumiendo en las aceras, como José Antonio Villaverde, trabajador del servicio de limpieza de Oroso que disfrutaba de su café en la calle en Sigüeiro y al que le parece, como a la gran mayoría, que solo cabe adaptarse con resignación a las nuevas normas. «Se a xente tivera máis sentido ao mellor non facía falta, pero de cada dez que ves pola rúa tres levan mal a máscara e eu estou farto de ver restos de botellóns», se queja.

José María Barreiro regenta la Peluquería Pepe de Sigüeiro. Su negocio está adaptado a las exigencias de aforo e higiene y él también se queja del poco civismo de una minoría. «Eu poñía 20 euros do meu peto para que a Garda Civil os multase», bromea al tiempo que corta el pelo a un chaval. Tampoco de su boca salen críticas a haberles incluido en la zona roja junto a Santiago. «Nalgún lado teñen que poñer o límite e sempre haberá algún prexudicado», afirma. Eso sí, advierte que otros negocios, sobre todo panaderías del municipio que tienen clientes de Santiago, están contentos porque ahora pueden volver a comprarles.

Junto a la peluquería de José María está Che, un negocio de panadería, pastelería y cafetería con un amplio local vacío por el cierre obligado de la hostelería. Diana Viéitez, la dependienta, explica que algunos de sus clientes siguen acudiendo y están yendo a buscar el desayuno para llevar. «También servimos comidas a domicilio», apunta. En ese momento entra uno de los clientes de todos los días, Diego Veiga, de la carnicería Jesús Veiga. «Han traído churros del mercadillo y vengo a buscar el cafecito», anuncia al entrar. Una situación que hace un año habría parecido rara pero que hoy es normal. Es, de hecho, la única forma en la que pueden trabajar muchas cafeterías. Tampoco él critica las nuevas restricciones que afectan a Oroso. «Nosotros no hacemos las leyes, nosotros las cumplimos y si lo hacen pues será por algo», afirma.

 En Val do Dubra también son una inmensa mayoría los que prefieren tomárselo con filosofía y dar por buenas unas restricciones que no cuestionan porque son para proteger la salud. «Eu teño medo, porque son grupo de risco e o que ten que facer a xente é cumprir cas normas, porque hai xente que as respecta, pero tamén outros que non», explica María, que hace cola junto a su hijo Brais en la puerta de una óptica de Bembibre, el núcleo principal del municipio. Su hijo, que trabaja en Carballo, admite que con tantas idas y venidas en las normas ya no tiene muy claro qué puede hacer y qué no «aínda que eu, polo traballo, teño permiso para saír do concello».

No lejos de esa óptica está el Café Dolche, una de las muchas cafeterías que han optado por dar consumiciones para llevar. Dos Josés, Canedo y Deus, acaban de retirar sus pedidos y los disfrutan en plena calle. «Dentro de pouco imos ter que respirar por quendas», se queja el primero cuando se le pide opinión sobre las nuevas restricciones. El segundo prefiere no hacerse mala sangre. «É o que hai, ata que non haxa unha vacina imos estar así», afirma.

La dueña del negocio, Fátima, tiene la única cara que se puede tener en sus circunstancias: de agobio. Tiene clientes sí, pero nada que ver con el día anterior porque ya no pueden entrar a sentarse en las mesas, leer el periódico y disfrutar con calma de su buen café. «Isto é un desastre», resume. Al frente de la ventanilla por la que atiende está ya ella sola «os empregados tiveron que ir ao ERTE», se lamenta. «Agora que os obreiros —los trabajadores en tránsito que pasan por la carretera— se acostumaran de novo a parar a tomar café ou comer algo, porque despois do confinamento perderan ese costume, temos que pechar. Teño a esperanza de que sigan parando e que o collan para levar», añade. Sus quejas son las de todo su sector. Son idénticas en Bembibre que en Santiago, en Ourense o Burela: «Somos os que máis cumprimos as normas e estamos ben vixiados para que ninguén as salte, polo que non entendo que sempre nos boten a nós as culpas dos contaxios».

Si Vedra sale en rojo en ese mapa del coronavirus en Galicia es solo porque está pegado a Santiago, porque aquí de los efectos de la pandemia son un eco lejano. «Só houbo un brote nunha familia», afirma Isaura Carbia, que regenta la panadería y ultramarinos Raviña, que está situada cerca de la Casa do Concello. Al negocio no le viene mal que se reabra la comunicación con Santiago, Ames y Teo, porque tienen muchos clientes de esos concellos. «Sobre todo veñen polas masas de pizza», explica mientras muestra orgullosa una mercancía que salta a la vista que es de calidad. La tienda, que atiende Andrea Riveiro, y el obrador tienen movimiento y aquí no se habla de los ERTE.

Si recuperar clientes de los alrededores es el lado positivo de la nueva situación, el negativo, que es el cierre que impide salir del perímetro de los nueve municipios no lo es tanto para Isaura, que rezuma inteligencia, pausa y sentidiño en cada una de sus palabras. Con un «chéganos ben Vedra, non fai falta saír a ningún sitio porque aquí estamos estupendamente», zanja la cuestión. A ella lo único que de verdad le molesta es tener que andar con mascarilla todo el día.

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