Desde O Cebreiro a Compostela


Era ya mayor cuando completé el Camino de Santiago francés desde O Cebreiro, la cumbre de nuestro mundo (1.330 metros de altitud), hasta la Praza do Obradoiro en Compostela. Aunque desde aquel día hasta hoy han transcurrido unos cuantos años, aún quiero a las dos mujeres que me acompañaron durante el maravilloso trazado. Entonces tal vez ninguno de los tres éramos conscientes de que con el paso de las jornadas nos íbamos transformando en adictos al horizonte hacia el que nos llevaban cada mañana nuestros dolidos pies, empujados por un impulso de caminar, de hambre para descubrir nuevos senderos, para encontrar nuevos bancos de sentarnos y recobrar el aliento.

Llegamos una tarde de domingo a lo alto de O Cebreiro. Caían las sombras cuando, sobre un césped de verde hierba, junto a una capilla de granito, bordeado de pinos enanos, armamos nuestra tienda. Los pinos eran raquíticos porque en aquella altura arrecia el viento, frío como la corriente de un río que desciende entre piedras desde los angostos valles de Os Ancares, y no los deja medrar. Teníamos el plan de los nómadas, llevar nuestra casa a cuestas. No resistimos. Cuando bajo la lluvia y con el fuerte viento de frente entramos en el puente de Portomarín, aparcamos la tienda y alquilamos una habitación con tres camas. Sucumbimos y nos convertimos en peregrinos modernos: andar con las mochilas, pero descansar en cama confortable.

Aunque dormíamos bajo el mismo techo (tienda o habitación), nada carnal había entre los tres. Y, sin embargo, el amor era el motor de aquel avanzar. Corría delante de nosotros como los perros de un trineo, perros que ninguna foto hubiese podido registrar. Tuvimos alguna discusión. Ya se sabe, los animales acostumbran a enzarzarse unos con otros en las silveiras... Pero enseguida pasaba. Nos queríamos igual. Es como las hojas de otoño, caídas las amamos porque alfombran los caminos. Hasta es posible que los tres, sin intuirlo siquiera, hubiésemos vivido una historia de amor con el camino, ese en que andábamos y hacíamos cada día, bajo el sol, la lluvia, las nubes, las sombras de los árboles, la niebla...

Dicen que la niebla incentiva la imaginación. La noche que pasamos en Palas de Rei soñé que de nuevo habíamos plantado la tienda en un bosque de pinos y nos rodeaban los lobos. Por la mañana pensé que, en nuestra habitual arrogancia, damos por sentado que sabemos cómo son los lobos. Pero tal vez no sea cierto. Años más tarde, me contaron que antiguamente, Palas era un campo que, habitado por los lobos, pertenecía al reino de la Reina Lupa. Lupa vivía en una fortaleza llamada Castro Lupario, situado en Iria Flavia, a donde arribaron, procedentes de Palestina, los discípulos de Santiago en barco con el cuerpo martirizado del Apóstol. Con ojos de loba los observó Lupa. Salió a su encuentro y les ofreció tierras para enterrar al santo. Ante su negativa, aquella misma noche los despachó con el cuerpo en una carreta de la que tiraban sus lobos de Palas, que en la oscuridad pasaron por bueyes, y arrastraron la carreta hasta una colina de Compostela, donde los discípulos de Santiago construyeron un sepulcro y dieron gracias a Dios. En ese instante, los ojos de Lupa, del brillante color dorado de los lobos bajo la luz de la luna, se abrieron de par en par y, a pesar de haber sido acusada de comunista, abrazó la nueva religión.

En la penúltima etapa, con salida desde Arzúa, descubrimos que se tarda mucho tiempo en llegar a la meta desde no muy lejos. Escalar la colina del Monte do Gozo nos costó Dios y ayuda. Dicen que los peregrinos de antaño, cuando alcanzaban este alto, desde donde la anhelada ciudad se divisa, se arrodillaban, derramaban lágrimas de alegría y cantaban.

Por la mañana, cuando iniciamos el descenso a la ciudad, a donde llegamos al mediodía, nos sentamos en la Praza do Obradoiro. De las torres de la catedral salían luciérnagas voladoras. Entonces también comprendimos que los peregrinos andan ligeros de equipaje, como el caminante del poema de Antonio Machado.

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