El que no corre, vuela


En España hay cerca de un millar de radares fijos a la caza del infractor. Solo en Galicia, algo más de medio centenar. Y parece que son la única forma de hacer cumplir en ciertos tramos las limitaciones de velocidad, con las que estaremos más o menos de acuerdo, pero son las que son y están ahí para evitar accidentes. Ahora que esta picholeira se ha tenido que ir a vivir a las afueras -a la fuerza, ante el despropósito de los alquileres en la ciudad- y cruza dos veces al día el túnel del Hórreo, es cuando una se percata de que solo echamos el freno si nos va en el bolsillo. Y lo mismo pasará cuando empiece a funcionar el del túnel de Conxo. Hemos sido varios, y entono el mea culpa, los que ante el anuncio de que se instalaría allí pasadas las fiestas nos hemos curado en salud y hemos levantado el pie del acelerador o para ajustarnos a los 40 kilómetros hora fijados el carril de la derecha y los 50 en el de la izquierda. ¿El resultado? El conductor de detrás echando pestes, haciendo aspavientos, deslumbrando con las luces o pitando compulsivamente para mostrar su malestar. Se multiplican los valientes al volante, esos que vuelven a ser los grandes cobardes de siempre cuando se apean del coche. Solo las multas y la mano dura calan en esta especie invasora de las carreteras. Seguro que los mismos que hace unos días se revolvían en sus asientos porque el automóvil que llevaban delante iba a la velocidad indicada pasarán por el aro en cuanto comience a funcionar el temido radar (previsiblemente, a finales de mes), más aún cuando empiecen a caer las primeras multas. Ahí el que no corre, vuela.

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