Los primeros boys de Compostela

Más de cien mozas alborozadas confundieron a dos profes arousanos con stripers


redacción / la voz

La semana pasada, hubo revuelo en el Ensanche de Santiago de Compostela. Los vecinos protestaron porque en un local de Fernando III el Santo, la fiesta comenzaba al amanecer, cuando volvían de recogida quienes habían empezado la juerga a medianoche. Las quejas se centraban en el ruido, en la escatología (algunos meaban en lugares no indicados) y en el sexo (algunos se amaban en lugares imprevistos). Al ver la foto del local, recordé una aventura, también con protesta vecinal, que viví en ese local o en otro parecido de la misma calle.

En aquellos años, mediados de los 90, viajaba dos veces por semana de Vilagarcía a Santiago en busca de historias singulares para contarlas en La Voz. Ya he narrado en esta página mi aventura en una discoteca de A Escravitude, cuando, conchabado con la Guardia Civil, me disfracé de pastillero para asistir a una redada de doble cero, pero escogí tan mal mi atuendo, una gabardina verde, que los camellos guardaron su mercancía hasta que desaparecí.

Con esa misma gabardina, acudí meses después a otro espectáculo prometedor en la calle Fernando III el Santo de Santiago. Resulta que en un pub del Ensanche se iba a celebrar el primer striptease masculino en la historia de Compostela. Dos boys de mucha categoría iban a protagonizar un espectáculo inaudito y a Santiago me fui con mi gabardina verde y mi libreta de reportero, siempre atento a las exclusivas mundiales. Y esta de dos mozos desnudándose en el Ensanche lo era.

Al entrar en el local, lo primero que me dijeron es que el espectáculo era solo para mujeres y que si quería asistir a él, tenía que ponerme detrás de la barra y simular que era camarero. Acepté las condiciones, pero pedí que me dejaran entrevistar a los protagonistas de aquel espectáculo pionero que, efectivamente, marcaba una época pues, tras aquella noche, lo de los boys se convirtió en algo tan normal que durante años no hubo despedida de soltera que no contara con algún chico dispuesto a desnudarse al son de Nueve semanas y media.

Con el permiso para entrevistar a los primeros stripers masculinos en la historia de una de las grandes capitales de la espiritualidad, salí un momento a la calle pues se escuchaba el ruido de los vecinos protestando por tamaña aberración: dos tíos en pelota picada en pleno Fernando III el Santo. En la puerta, me encontré con un buen amigo: mi compañero de instituto y de vivencias Elías Lamelas, que vivía justo encima del pub y había bajado más a observar que a indignarse. En cuanto me vio, abandonó el grupo de protestantes, se acercó a saludarme, me manifestó su curiosidad por acontecimiento tan inesperado y lo invité a entrar conmigo a conocer a los boys. Dijo que sí inmediatamente pues Elías era hombre abierto a cualquier novedad.

El caso es que entramos en el local, subimos al escenario y pasamos a la trastienda, donde saludamos a dos muchachos, el uno de Vigo y el otro de Cangas, que dijeron trabajar en un taller como mecánico y en una empresa como ingeniero técnico industrial, dedicando las noches a desnudarse para complementar el sueldo. Aunque lo mejor no eran sus vidas, sino que se estaban maquillando y vistiendo con ropa aparente en medio de una colección de imágenes de santos, de santas y de mártires. Elías, que lo sabía todo, me informó de que aquel pub era de un párroco compostelano conocido como Cacheiras, que lo tenía alquilado a los hosteleros con la condición de que le permitieran guardar en el almacén, junto a las cajas de cervezas y refrescos, las imágenes viejas de la parroquia.

No saben lo que supone para un cronista asistir a aquella escena y poder contarla al día siguiente: dos boys llenando su piel de lentejuelas y embutiéndose en unos calzoncillos de leopardo entre una imagen desvencijada de Santa Minia, una escultura de Santa Rita a la que le faltaba una oreja y un San Antonio tuerto. Era inenarrable. Aunque lo mejor vino después, cuando Elías Lamelas y un servidor acabamos la entrevista a los dos personajes y pretendíamos marcharnos.

Fuera de la trastienda-vestuario, se escuchaban gritos ininteligibles, pero al abrir la puerta, los entendimos. «¡Que enseñen la pirola, que enseñen la pirola!», gritaba una masa de chicas muy jóvenes y divertidas. Eran más de cien, se agolpaban al pie del escenario y esperaban a dos espectaculares machotes capaces de asombrarlas.

Mi colega y un servidor, para salir de allí, teníamos que cruzar el escenario, que estaba en penumbra. Las muchachas, al vernos salir, en un primer momento solo distinguieron a dos varones y prorrumpieron en gritos y aplausos esperanzados, pero al acercarnos a ellas, descubrieron la verdad: un señor calvo y otro con bigote, rondando los 50 y vestidos con gabardina verde y loden azul. Sus vítores se trocaron en abucheos y nosotros, corridos y avergonzados, bajamos del escenario, salimos a la calle y escapamos de allí. Ni Elías se quedó a protestar con los vecinos, ni yo me metí detrás de la barra. Y ahora, al ver las fotos de esta otra protesta vecinal en Fernando III el Santo, recuerdo aquel tiempo, aquellas aventuras y a mi amigo Elías, que ya no está para reírnos juntos.

Dos muchachos de Vigo se embadurnaban de purpurina entre imágenes de santos

Las chicas gritaban exigentes: «¡Que enseñen la pirola, que enseñen la pirola!»

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