Valentín Caamaño: «Las Galerías Goya eran el reducto de los roqueros de Santiago en los 90»

Caamaño pone en valor los pequeños locales que dan conciertos durante todo el año


Santiago / la voz

Nombre. Valentín Caamaño Tubío, santiagués de 48 años.

Profesión. Guitarrista, vocalista y compositor.

Rincón elegido. O Pexigo de Arriba, porque allí es donde ensayaba con su primer grupo, Clan Moriarty.

Valentín Caamaño Tubío ve Santiago con los ojos de un músico. Este compostelano de 48 años lleva cerca de 30 años combatiendo su timidez en los escenarios. Aunque pasó su infancia y adolescencia entre Boiro, Barcelona y Oviedo, fue en su ciudad natal donde comenzó su carrera artística. En realidad, volvió con 18 años para hacer la carrera de Económicas y, por muy raro que pueda parecer, él encuentra muchas similitudes entre el razonamiento matemático y el de un pentagrama. Era muy buen estudiante, pero entonces tampoco había manera de formarse aquí en música moderna, por lo que complació a sus padres terminando una carrera. Montó su propia asesoría, Serinec, en Conxo, pero su talento como guitarrista, compositor y vocalista le abría cada vez más puertas y cuando vio que «ya no podía compaginar ambas cosas» lo dejó para centrarse en la música.

La vocación venía de lejos. Recuerda que eran vacaciones y la soprano Carmen Subrido fue quien le puso por primera vez una guitarra en las manos. Aunque Caamaño es zurdo, por no cambiar las cuerdas aprendió a tocar la guitarra con la diestra, y hasta hoy. Su primera banda fue Clan Moriarty. Ensayaban en O Pexigo de Arriba, en la propiedad que tenía la familia de un amigo, Daniel Martínez Somoza. «La casa no estaba en muy buenas condiciones. De hecho, había habitaciones apuntaladas. Era, además, el lugar donde hacíamos nuestras fiestas y nos reuníamos», cuenta.

«El grupo se juntó en 1991. Entonces, las Galerías Goya eran el reducto de los roqueros de Santiago. Éramos hijos de los Stray Cats y los Creedence Clearwater Revival», continúa. Caamaño vivía con sus padres en una de las pocas casas bajas que aún quedan en Santa Marta, por lo que «era todo lo nocturno que me dejaban». «La movida entonces era muy salvaje, especialmente en la Calle Nueva (hoy la Rúa Nova de Abaixo). Hubo gente que se deshizo de sus pisos», apunta.

De espaldas al público

¿Su primer concierto? Fue en el Fontana, al lado de la discoteca Apolo. Confiesa que se pasó toda la actuación de espaldas, salvo cuando cantaba, «porque soy una persona súper introvertida. La música me ayudó mucho en mi carácter», reconoce.

Caamaño se saca un sobresueldo dando clases de guitarra, solfeo, armonía e improvisación; y reivindica los pequeños locales que dan identidad a Santiago. Esos que dan primeras oportunidades, pero que también ofrecen empleo a músicos ya consolidados como él —y tantos otros— durante el invierno. Hay muchos, pero él considera ya la Borriquita de Belém como su propia casa.

En estos años, tocó con distintos conjuntos. Space Drapes, Southbound, Francis Kaners... Y el jazz se cruzó en su vida. Tendría unos 30 años cuando un disco de Jim Hall cayó en sus manos y lo invitó a soñar. Se juntó con Alfonso Calvo (bajista con el que aún comparte cuarteto) y Jacobo Gallego en esta nueva aventura musical. Fueron unos de los pioneros del jazz en Galicia. Y ahora, después de casi una década de parón, ha vuelto al rock’n’roll con Damn the Storm, grupo que prepara su primer disco, Stormy Trucks. El título tiene que ver con la pasión que Caamaño siente por los camiones clásicos de Estados Unidos desde que vio El diablo sobre ruedas, desde la estética a «el sonido de los motores. Ese ronroneo, tan particular, siempre me gustó», dice.

El músico viaja con cierta frecuencia a Estados Unidos, donde vive su hermana, y tocó en varias ocasiones en Nueva York. El portavoz de Músicos ao Vivo en la zona de Santiago destaca la profesionalidad con la que allí trabajan: «Aquí hay un déficit de profesionalidad, por parte de músicos y de salas. Esto sigue sin despegar».

«La ciudad perdió frescura en las últimas dos décadas»

Con la perspectiva que le da más de media vida sobre los escenarios, Valentín Caamaño está en posición de valorar el potencial musical que hay en Compostela. «El nivel es muy alto, comparado con cuando empecé, y hay medios técnicos y recursos que antes no había. En este sentido, se ha avanzado, aunque también es cierto que ves a gente muy buena a la que le falta creérselo y no acaba de dar el salto», señala. Por otra parte, echa en falta más respeto por la profesión musical: «En condiciones laborales y responsabilidad social seguimos en precario». «Abrir una sala es una aventura y, al final, dependes del público. Muchos acaban siendo bares de copas que hacen conciertos y, en mi opinión, no atienden el negocio como deberían», continúa.

Al margen del ámbito musical, el compostelano considera que «la ciudad perdió la frescura de los años 80 y 90 en las últimas dos décadas. Hoy está todo muy institucionalizado. Y tiene su parte buena, pero también mala. Los estudiantes viven mejor de lo que vivíamos nosotros y de alguna forma se ha perdido ese concepto de buscarse la vida. Veo a la juventud más pasiva», reflexiona en alto al tiempo que se cuestiona esta visión. «Puede que suene un poco carca, pero yo lo veo así», apostilla finalmente.

Para Caamaño, el gran avance en Compostela de los últimos años es «el peso internacional que ganó desde el Xacobeo 93. La ciudad tiene un potencial bestial a nivel turístico y económico, pero hay que saber enfocar y ser muy delicado para no convertir el casco histórico en un parque temático... y ya apunta maneras», sostiene al tiempo que se acaba una caña. Habla en tono pausado, sin aspavientos ni poses impostadas, pero el discurso de este hombre se basta por sí solo y merece la pena escucharlo también en estos solos.

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