La dueña de la Tita: «El "after" era como mi consultorio sentimental, no me importaría volver»

Pasó 25 años en un bajo del Ensanche sirviendo copas a los más fiesteros de Santiago


Santiago / la voz

Parece que por Vicenta Doallo no pasan los años. Lleva casi tres alejada del mundo de la noche, desde que se cerró La Tita, el legendario after compostelano que regentó durante 25 años en Romero Donallo. «Por allí pasaron los padres y luego conocí a sus hijos», dice esta ourensana y vecina del barrio de Conxo. Cuenta que llegó a Compostela huyendo de los recuerdos cuando falleció su madre, con la que tenía un vínculo especial. Sus padres emigraron a los Países Bajos. Durante los primeros años, se crio con su abuela en el campo, en un pueblo de Pereiro de Aguiar. «Los hijos siempre tiran y ella se vino, sola, para estar conmigo. Era una mujer muy moderna. Andaba en bicicleta, como se hacía en Holanda, pero por esa época no era algo normal en las mujeres de aquí. Tenía a su madre horrorizada. Era tremenda», cuenta Vicenta, a quien la llamaban desde niña La Tita.

Y por este apelativo es como se conocía el after del Ensanche que ella dirigió, un sótano donde se reunían a partir de las seis de la mañana los fiesteros más incombustibles de Santiago. Empezó con otro socio. «Esto primero fue un mesón, El Avenida. No le sacamos ni el letrero. Sin embargo, llamabas a un taxi para La Tita y no había que dar más explicaciones. No cambiamos nada, hasta mantuvimos los bancos y mesas de madera maciza del anterior y la barra de ladrillo», explica la hostelera. Su retiro fue forzoso y todavía no perdona que le cerrasen el garito.

«Me llevé un disgusto», confiesa. Dejar de trabajar, de la noche a la mañana, le costó. La casa se le echaba encima, aunque parece que vuelve a ser la misma mujer risueña de halo entrañable. La Tita siempre fue una mujer activa y, siendo hija única, sin marido ni hijos, en el after había formado su propia familia: «Era como la madre. Parecía la Elena Francis de la noche, porque venían a contarme sus problemas con la novia o la chica que les gustaba. Esto era como mi consultorio sentimental». ¿Volver? «No me importaría. Yo estaba encantada y hubiera seguido si no me lo hubiera cerrado Martiño (Noriega)», responde. De hecho, ya ha ido a mirar algún local, aunque todavía no hay nada cerrado. «¡No vaya a ser que me ilusione y me lleve otro golpe!».

Los años de la movida

Cuando empezó en la noche, en aquellos años 90 de movida universitaria y fiestas sin fin en el Ensanche, «había tal cantidad de gente que no se cabía y salían a la puerta a tomar un poco el fresco porque, con tantas personas y sin aire acondicionado, hacía muchísimo calor, incluso en invierno. La Tita se fue haciendo popular enseguida. Funcionó el boca a boca y por aquel entonces no había otro after y la ciudad, que estaba llena de discotecas y estudiantes».

Mujer dicharachera y protectora como su madre, sacó también de su padre el carácter. Asegura que se sintió intimidada en la noche por ser mujer. Eso, que nunca antes había trabajado en la hostelería, ya que en Ourense vendía máquinas de coser Refrey, cuando aún valían 35.000 pesetas. «Los traía a la línea. No les quedaba otra», espeta. Y todo el que por allí pasase recordará cómo apagaba la luz que había sobre el futbolín (estuvo en el after hasta última hora) cuando el juego subía de tono para calmar los malos humos. «Con la Policía nunca tuve problemas, porque si había problemas los resolvíamos aquí y no hacía falta llamarlos», asegura.

«¿Anécdotas? Una detrás de otra. Un ciento de ellas. Cuando cerraron el local a alguno casi le da un síncope. Los fines de año eran demasiado. Alguna vez estuvimos allí hasta las nueve de la noche, desde las seis de la mañana. Me lo he pasado tan bien... ya no solo por el dinero que ganas, sino por lo divertido y entretenido». Ahora lleva vida de ama de casa. «Lo llevo fatal», dice, y apenas sale porque después de tantos años madrugando se despierta pronto y al anochecer cae rendida.

«Antes no había un local en alquiler en Santiago y la gente estaba deseando que quedase uno vacío»

La Tita echa de menos la ciudad que conoció cuando llegó a Santiago, a comienzos de los 90: «Antes no había un local en alquiler en Santiago y la gente estaba deseando que quedase uno vacío para cogerlo. Ahora no ves más que carteles de ‘se alquila’ por todas partes». La parte buena del declive estudiantil, por encontrar alguna, dice, es que «ahora hay menos ruido por la noche y la gente puede descansar. Yo viví en la calle Santiago de Chile y eso no se podía soportar. Los jueves, los viernes... tirando los universitarios las bolsas de agua por la ventana hacia la calle... Aquello era una pasada».

Vicenta confiesa que el truco para mantener el local abierto durante un cuarto de siglo, incluso cuando los años de crisis se llevaron por delante a muchos referentes nocturnos de la ciudad, era hacer sentir a la gente como en casa. «Si un día alguno no tenía dinero para las cervecitas, se las ponía igual. Para mí era mucho más que un negocio. Además, en un bar en el que mueves mucha mercancía como este, al final cinco o diez tercios no se notan. Los propios proveedores te regalan cajas. ¡Mucha Super Bock he vendido yo, dios mío!», exclama.

«Si en Santiago ya llueve mucho, antes aún lo hacía más. De octubre a junio no paraba. Ahora, con el cambio climático, no hay ni la mitad de días malos. Y la lluvia jugaba a mi favor. La gente se metía en el local y hasta costaba convencerla de que saliese para cerrar, por lo fuerte que caía fuera», señala la hostelera. «Tengo muy buenos recuerdos de estos años. Entre tanta gente, podía haber un impresentable, pero era la excepción», destaca Vicenta, una mujer de interior que encuentra consuelo en el mar - tiene un piso en A Pobra- y que vale más por lo que calla que por lo que cuenta.

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