La «food truck» de Laconlover echa raíces en San Lázaro

Iván Gallego y Ketlem Praxedes han reformado O Muiñeiro, el nuevo templo de los carnívoros


Santiago / La Voz

Iván Gallego Edrosa está rodado en la cocina. De hecho, lleva desde el 2016 de un lado para otro con los fogones a cuestas en la food truck de Laconlover. Ahora ha decidido echar raíces en Santiago, ciudad en la que vive el lucense desde hace 13 años. «Tiñamos ganas dun local propio», cuenta. El lugar elegido para hacerlo es el barrio de San Lázaro. El anterior dueño del restaurante O Muiñeiro lo dejó después de ocho años y, tras reformar el local, Iván reabrió sus puertas. No está solo en este nuevo proyecto empresarial. Lo acompaña su pareja, Ketlem Praxedes, una brasileña afincada en Santiago desde niña y con experiencia como camarera. En el establecimiento han desaparecido los colores oscuros en torno a la barra. Los nuevos propietarios lo han convertido en un lugar mucho más luminoso, en tonos claros y madera natural. «Remodelamos a parte de arriba. A verdade é que antes estaba moi enfocada a barra, que ademais era unha zona pouco atractiva», comenta Iván. ¿Y la carta? Pues, básicamente, lo que hasta ahora ofrecía la food truck de Laconlover. Es decir, una versión galaica de la comida de calle. Que, traducido a la práctica, serían desde hamburguesas de lacón con grelos hasta tacos y bocadillos de carne de cerdo, entre otros pecados carnívoros. Pero, a parte de esto, «ter unha cociña permitiranos facer cousas máis elaboradas» y ofrecen un menú semanal, así como «suxerencias e pescados do día». Aquí está bien vista la filosofía del tapeo, «para que tanto os que queira compartir como os que non poidan facelo», y son bienvenidos los grupos, pues el local cuenta abajo con capacidad para 44 personas. Y que nadie se alarme. La furgoneta de Laconlover seguirá rodando, para satisfacción de festivaleros y festeiros adictos a su galician street food.

Festa do Paluso

La máquina solidaria se ha puesto en marcha en Santiago para llevar a cabo la Festa do Paluso. En ella se sirve cada año un plato caliente y raudales de cariño para que nadie pase solo el día de Navidad y Nochevieja. Ya se han repartido cerca de un centenar de huchas azules entre los comercios de Santiago con las que recaudar fondos. Colaboran los negocios de siempre y también otros nuevos, como Secretos de Galicia. Su responsable, Carlos, explica que siendo una empresa gastronómica de carácter colaborativo no se podía negar a poner su granito de arena en una causa como esta. Son muchos los nombres que habría que citar, empezando, por Chus Iglesias y Serafín Varela, la pareja de hosteleros que empezó a celebrar en su negocio (el Paluso) la fiesta, sacando el dinero de su propio bolsillo. Y, siguiendo por todos los voluntarios, que arriman el hombro más que nunca desde que a Chus se le diagnosticó un cáncer. «No me dejan mover un dedo. Lo que se involucra la gente es impresionante», dice ella, quien ya no concibe otra forma de celebrar la Navidad que no sea en la carpa de la Alameda, donde es bienvenido todo el mundo. Por ser el primer voluntario y el único durante muchos años, merece mención especial Simone Negrín. «Es artífice de todo este jolgorio» y quien involucró al batallón coral dirigido por Ramón Bermejo y a los Amigos do Coro da Rá cuando Chus y Serafín ya no podían permitirse seguir organizando sus tradicionales comidas solidarias. Así lo destaca Chus.

Premio al estudio

Estudian primero de bachillerato y son alumnos ejemplares. Tanto, que han sido reconocidos con los Premios Extraordinarios al Alto Rendimiento Académico que concede la Xunta, tras finalizar la ESO con una nota igual o superior al 9 y hacer con éxito seis exámenes a los que se presentaron 300 alumnos. Se trata de Leopoldo Fernández Sánchez, Cristina Lamela Vázquez, Mario Freire Arias y Rosalía Soto Rey. Los tres primeros, de entre 15 y 16 años, se forman en las aulas del Peleteiro, el centro educativo con un mayor número de premiados. Y Rosalía también está matriculada en Santiago, en el IES Antonio Fraguas. Los cuatro han ganado 750 euros por sus buenas notas, una distinción en su expediente y podrán optar a los premios nacionales de secundaria. Aunque la mayoría no ha decidido aún qué estudiarán de mayores, se están abierto todas las puertas. Cristina, por ejemplo, tiene la vista puesta en Telecomunicaciones.

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