Aquellas gloriosas trolas de los guías

Tienen título y llevan un altavoz incorporado, para que los jubilados yanquis duros de oído escuchen la versión en inglés de nuestra historia

Turistas en A Coruña
Turistas en A Coruña

Cuando, caminando por la Ciudad Vieja, me tropiezo con un grupo de turistas, a veces me hago el guiri y me arrimo al corrillo, haciendo como que también acabo de bajar de un crucero, y escucho lo que les cuenta el guía. Me fascina esa capacidad que tienen para resumir A Coruña en media hora. Cómo pueden pasar a hablar de la brava María Pita a las venerables clarisas de Santa Bárbara en solo unos metros.

Estos guías de ahora son muy profesionales. Tienen título y llevan un altavoz incorporado, para que los jubilados yanquis duros de oído escuchen la versión en inglés de nuestra historia. Cuando se detienen delante de su casa, en la calle Herrerías, o al pie de su estatua, frente al ayuntamiento, siempre hay algún vecino de Idaho que pregunta, muy serio, si María Pita es la patrona de la ciudad.

-Bueno, la patrona exactamente no. Es nuestra heroína. Pero no tenía mucho de santa.

A mí estos guías tan formados y rigurosos ya digo que me encantan, pero también, me alucinaban, de chaval, aquellos pastores de guiris que deambulaban por las calles de A Coruña o Compostela contando unas trolas descomunales, tan hermosas que daban ganas de que fuesen reales. Estaba, por ejemplo, aquel que decía que cuando Almanzor entró a caballo en la catedral de Santiago y puso a su montura a abrevar en una de las pilas de agua bendita de la basílica, el sacrílego bicho reventó en mil pedazos dejando al caudillo musulmán sentado sobre un montón de vísceras. Atemorizado por el aviso divino, Almanzor no tocó la cripta del Apóstol, pero, eso sí, ordenó a los prisioneros cristianos que cargasen a hombros con las campanas del templo hasta Córdoba.

En Coruña las bolas más morrocotudas que aún se pueden escuchar se refieren a la torre de Santo Domingo y a las causas de por qué está «torcida» respecto a la fachada de los Dominicos. Según uno de los bulos más extendidos, el arquitecto se equivocó en los cálculos y, carcomido por el resultado, acabó suicidándose saltando desde lo alto de su propio campanario.

Claro que ninguna de estas mentiras legendarias supera a la que le contó un guía al escritor Max Aub cuando, de vuelta de su exilio, visitó el convento de las carmelitas descalzas en Segovia. Quería ver la tumba de san Juan de la Cruz (Fontiveros, 1542-Úbeda, 1591). Aub, siempre curioso, le preguntó al animador turístico cómo había muerto el poeta.

Al guía, que según el Diccionario es la «persona autorizada para enseñar a los forasteros las cosas notables de una ciudad», no le tembló la voz al contestar:

-¡Lo fusilaron los rojos!

Y luego aún hay quien piensa que Donald Trump inventó las fake news.

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