El 25 de julio siempre comienza con un destello de luz. Cuatro millones de píxeles contenidos en un finísimo hilo centelleante que va trazando los contornos poco a poco. Sin prisa, un punto azul va esbozando sobre la oscuridad el Pazo de Raxoi, que durante estos años, los que ha durado esta lenta espera sostenida en los andamios, ha ejercido de espejo, aguardando con paciencia al regreso de un Obradoiro completo.

La de esta noche ha sido la última guardia, pero el reflejo ha sido, quizá, más nítido y más brillante que nunca. Al otro lado de la plaza, las torres respiran de nuevo. La Catedral observa. El año que viene, ella volverá a ser el lienzo. Santiago, sin embargo, no espera. Y un año más, se ha cumplido el ritual: es la noche del Apóstol, y cada noche del Apóstol Compostela estalla. Puntual, poco antes de la medianoche, comienza el viaje al otro lado del espejo, guiado por 6.000 disparos y 370 kilos de pólvora.

La luz, ese pequeño destello inicial, de pronto atraviesa el reflejo. Y se aleja. Regresa al comienzo. A aquella Galicia que no se llamó Galicia. La historia antes de la historia. Los hilos se suceden alrededor del pazo, hilvanando petroglifos que horadan la misma piedra con la que siglos después se levantó Galicia. Con planos, tiros, geometría y piedra, se levanta la historia. Refulge el espejo, en el que se va reconstruyendo Compostela: el Hostal dos Reis Católicos, el Rectorado, San Martiño Pinario... Y al final, Raxoi, el espejo reflejándose a sí mismo antes de seguir contando la historia del Camino.

Con paso seguro, a través de puentes, visitando ermitas. Románico, gótico, barroco, bosques, senderos, cruceiros y claustros, la luz va trazando la ruta hacia Compostela. Toda la tradición jacobea cabe en una fachada, que de pronto se llena de capiteles, de rosetones, de bóvedas, de tímpanos y de frescos. De arte a través de los siglos. Y todos esos siglos llevan a este punto. Ahora sí, el espejo. Raxoi se ha convertido en la Catedral misma. Ya no hay andamios. Se acaba esta espera. El pazo acerca el foco. Y va reflejando, uno a uno, los detalles de la fachada del Obradoiro. Las esculturas, las placas, las volutas. Y encima de la sobriedad neoclasicista se van proyectando las filigranas barrocas de Casas Novoa.

Pero es 24 de julio, y la tradición es lo que pesa. El Obradoiro, la noche antes del día de Galicia, arde. Y la fachada del Obradoiro, se quema. Empiezan a trepar las llamas sobre el pazo. Crepitan las ventanas. Y aunque detrás del fuego quedan cenizas, la vida, al final, siempre gana. Suena el viento mientras mece las hojas del país del millón de fragas. La vegetación se espesa sobre la fachada, salpicada de los miles de tonos de los bosques de Galicia. La piedra reverdece cubierta de hojas de parra.

Y de pronto, una ventana se ilumina. Y la luz deja de ser importante. Y lo que importa es un acordeón. Un pandeiro, una gaita. Y un coro, el de Cantigas e Agarimos, que desde el balcón de Raxoi llama a la fiesta. Suena la Foliada de Noia mientras sobre la fachada cae el confeti. Esta noche es noche de fiesta. Galicia aturuxa vestida de gala. Los aplausos estallan en la plaza. Y con ellos, arranca la primera traca.

Nós tamén navegar

La mitad del mundo hace acto de presencia cuando quedan pocos minutos para que el 25 de julio comience a brillar. El Obradoiro se pinta de lila, y el espejo comienza a devolver el reflejo de los márgenes. Regresan al centro las que tantos siglos estuvieron apartadas, ocultas, silenciadas. Las mujeres que también hicieron Compostela. Las que hoy la sostienen. Mujeres bravas desde hace siglos. Nombres silenciados que por fin encuentran su lugar.

Rosalía de Castro abre el desfile. La acompañan María Vázquez Suárez, Francisca de Isla y Losada, Herminia Fariña Cobián, Ofelia Nieto, Rosa López Cobián, María Valverde. Y también Lucía Freitas, Nerea Barros, Helena Villar, Dorotea Bárcena, Antía Cal, Ángeles Alvariño, Vero Boquete y Xohana Torres. Porque somos la mitad del cielo. E nós tamén navegar.

El apunte curioso de la noche lo dejan los residuos pirotécnicos que caen sobre la plaza y los asistentes. Pequeños restos de los artefactos que arden sobre Raxoi descienden del cielo. Uno, aún en llamas, acaba sobre el pasillo central de evacuación. Estuvo cerca. El viento arrastra también pavesas que llegan, audaces, hasta el fondo de la plaza, a pie de la Catedral. Se queda todo en un susto. Por fortuna, no hay heridos graves y sí una anécdota que contar. La de una inesperada lluvia de finos copos grises, algunos del tamaño de una naranja, y esas favilas en combustión que centraron la atención de la plaza con el estruendo de los fuegos de fondo y el olor a pólvora suspendido en el ambiente.

Se acerca el destino de este viaje final. Si todo comenzó con un destello, un hilo de luz descolgándose por ese lienzo que ha sostenido la espera andamiada a que se liberase de nuevo la Catedral, ahora son miles los colores que se reflejan en el espejo antes de la traca final. Que corra la pólvora.

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Compostela a través del espejo