Ricardo Rey:  «Sé de guitarras, pero tengo tanto nervio que nunca aprendí a tocar»

Desde la tienda de Santiago, que es casi un museo, vende instrumentos a toda Europa


santiago / la voz

Nombre. Ricardo Rey (Rianxo, 1964).

Profesión. Baterista y comerciante.

Rincón elegido. Su tienda, Estudio 54, una pequeña joya-museo de los instrumentos que se encuentra en Gómez Ulla.

Cuatro llamadas telefónicas y una visita costó convencer a Ricardo Rey, Richard, para que se sentase a charlar de su vida y milagros, que alguno tiene. A él lo que le pide el cuerpo es tomarse una caña con Amancio Ortega y con Keith Richards, una combinación de personajes singular como su vida, en la que ha sabido engarzar su alma de comerciante que triunfa con su tienda física y en Internet; y el músico canalla que pasó de tocar la batería en las orquesta a venderlas.

Lo de sentarse es un decir, porque no para un minuto de un lado al otro. «Venga, empezamos y así acabamos», apura. La perogrullada de este enérgico rianxeiro antes de encender la grabadora hay que contarla, porque dice mucho de él. «Siempre voy una hora por delante». Tanto, que aunque el horario de Estudio 54 dice que abre a las diez y media de la mañana, él ya estaba 45 minutos antes colocando al milímetro cada guitarra, que cuelgan como jamones. «Tengo tanto nervio que nunca aprendí a tocarla», reconoce. «Leo Fender -el mítico fabricante- tampoco», se justifica, «pero sé de guitarras, conozco bien el producto».

Los estudios no se le dieron bien, pero el espabile vital se le nota desde el primer compás. Sus padres tuvieron que emigrar a Suiza y decidieron dejarlo internado en el Seminario Menor. «Allí me quedé en las escaleras con una bolsa y cinco kilos de naranjas». El tiempo de ocio lo pasaba con sus abuelos en Taragoña, y pudo observar la vida de su tío, que era músico: «Yo pensaba: este llega a las cuatro de la mañana, se levanta a las dos y se pega una buena vida». A los 16 años empezó a tocar la batería con Manolito el Pescador, y alucinó cuando le pagaron su primer bolo en Duxame (Vila de Cruces): «30.000 pesetas me dieron», unos 180 euros de los años 80. «Aquel verano le compré a mi madre una cocina. Y para mí, una bicicleta de carreras Bianchi. El señor de la tienda me insinuó que era muy cara, unas cien mil pesetas (600 euros), y allí se las saqué».

Tres décadas más tarde, Richard tiene en su tienda etiquetados todos los productos con su precio, e intenta no hablar de dinero con la gente que entra. «Es incómodo». Tiene su lógica, porque por Estudio 54 pasan abogados, arquitectos y obreros «chalados» por las guitarras, siempre en busca de cosas diferentes. Y músicos profesionales, claro. Muchos anónimos y unos cuantos famosos, que cuando vienen a Santiago -la Capitol está a un paso- van a darse una vuelta antes por su negocio que por el Obradoiro. Han pasado por allí algunos muy conocidos, y cuenta off the record algunas anécdotas, pero deja claro el motivo de su discreción: «Hay que tener respeto por todos. Que venga alguien famoso te da caché, pero no está bien colgar unas fotos en la pared o en las redes sociales y otras no, como en algunos restaurantes. ¿Acaso unos son menos que otros o los voy a tratar peor? Pues no». Sin desvelar el nombre, cuenta que una estrella le pidió que lo atendiese a puerta cerrada. «Le contesté con el horario de la tienda. Y no vino».

Acostumbrado a torear con artistas de la música, comprende que «hasta la tarde no son personas, y algo desastre tienen que ser». Él no. Presume de ser puntual, serio, riguroso y detallista, y un vistazo alrededor basta para confirmar su autorretrato. Le gusta empaquetar los pedidos con algún bombón. Tiene siempre flores frescas. Cuida la decoración. Y vende algunas guitarras que son «puro arte». Sus mejores clientes son desconocidos, gente con posibles que llega un día y le dice: «Quiero esa, esa y esa». Pero lo más sorprendente es su libreta de pedidos por Internet: Francia, Holanda, Inglaterra, Alemania, Suecia...

«Cuando tocaba la batería creía que iba a aterrizar en la huerta de casa con un helicóptero»

 

 

Como casi siempre tocaba de noche, Ricardo Rey tenía bastante tiempo libre para pasar en Santiago mientras su novia y actual mujer sacaba adelante la carrera. Por eso empezó a trabajar como dependiente en la tienda de instrumentos de un amigo en unas galerías de Frei Rosendo Salvado. Eran los últimos años del siglo pasado «y cuando un cliente me pidió una primera cuerda de eléctrica no supe de qué me hablaba». Empezó a llevarse los catálogos a casa y no paraba hasta aprendérselos. Cuando el negocio cerró, él ya se manejaba con los proveedores y había cogido el ritmo, así que abrió su primera tienda propia en la calle Santiago de Chile. «El primer día se me inundó», recuerda.

Le fue bastante bien. «Era el año 2002 y el material volaba», comenta sin nostalgia de las vacas gordas, convencido de que ya no será millonario. Antes de la crisis, su mujer, «una lince», fue decisiva de nuevo para animarlo a montar la tienda de sus sueños, en un buen espacio, con altura. Encontró el local de Gómez Ulla y llegó a tiempo para consolidarse y mantener un negocio que por su configuración, casi como un museo del instrumento, le obliga a adquirir material y dar siempre «sensación de poderío». Hoy, casas como Fender o Martin no se explican los números que hacen en un rincón de España, pero Richard insiste en que él ha puesto los pies en el suelo hace tiempo. «Cuando era músico le dije a mi padre que iba a aterrizar con un helicóptero en la huerta de casa, pero como no sea el del 061... Ahora solo aspiro a estar contento, a ir a la playa a Porto do Son y a poder retirarme a los 70 años. Y que después hablen bien de mí». Va por buen camino.

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