Santiago / La Voz

La plaza del Ensanche ha pasado por tiempos mejores. Cuando se inauguró, en 1983, había grandes expectativas depositadas en las galerías comerciales, diseñadas a imitación de un mercado madrileño. Los ochenta fueron años dorados, cuando los 76 locales parecían pocos para tanta demanda y un niño díscolo que soltaba de la mano de su madre se podía llegar a perder entre la gente en los días de mayor actividad. Hoy, la mayor parte de los establecimientos tienen la verja echada, aunque sigue habiendo un reducto de resistencia. Más de una veintena (el 30 %) se mantienen en pie y resisten contra viento y marea, en un barco que zozobra lentamente.

Hay quien lleva abierto desde prácticamente la apertura de la plaza, como la Pescadería Hucha, y otros que ocupan un local por temporadas. Es el caso de Naranjas Compostela, que al principio vendía el género en el rellano que da acceso por Romero Donallo, a pie de calle, expuestos a las rachas de viento y lluvia indolentes del invierno. Ahora sus cajas de naranjas se extienden por uno de los pasillos y ocupan el puesto de la antigua Droguería Mari Carme. A unos pocos metros de allí, está una costurera esteirana que cumple 19 años en las galerías y se jubila en junio.

No solo alimentación

Ella es una de las que se ha ganado una clientela fija, aunque reconoce que van los que saben que está allí, porque rara vez entran caras nuevas. La comodidad y facilidades que ofrecen los centros comerciales juega en su contra, al tiempo que muchos habituales de la plaza del Ensanche ya jubilados se han ido a vivir fuera, y sin el tirón turístico y de la restauración que tiene la Plaza de Abastos en el casco histórico.

Aunque la alimentación siempre fue la seña de identidad de las galerías, en los últimos años han abierto negocios de lo más atípico, desde una cooperativa cultural hasta un espiritista brasileño al que no le falta clientela o una maestra y pedadoga, entre otros.

La antigua cafetería, que nunca llegó a funcionar como se esperaba, sirve ahora para una empresa de investigación vinculada a la USC. Y los baños, en su día abiertos al público, ya solo dan servicio a los comerciantes que resisten en tiempos de vacas flacas y en un barrio de capa caída en el que el cierre de locales parece un mal endémico.

Perfecto Martínez, al frente de uno de los negocios cárnicos en pie, Carnicería Permán, no niega la evidencia y constata que la plaza del Ensanche atraviesa horas bajas, como sucede en general con el pequeño negocio tradicional, incide. «Entre República del Salvador y General Pardiñas, que es la L de oro, por ejemplo, hay locales en alquiler que nunca hubo». ¿Y barajan algún plan para revitalizar las galerías? El carnicero dice que tienen uno entre manos, aunque no quiere avanzar detalles, solo que para resucitar la plaza lo que hace falta es «algo atractivo».

Marcos de Ogum introdujo en la plaza hace dos años el espiritismo

«Hay quien pide 15.000 euros por un local pequeño, una locura»

La historia de Marcos de Ogum merece capítulo aparte. El espiritista brasileño estuvo de alquiler en dos locales de la plaza del Ensanche, antes de comprar el actual. En él, además de vender artículos esotéricos, atiende a sus clientes y «trabajo tengo, por suerte», dice. Muestra de ello es que pasó de arrendatario a propietario, aunque «los gastos no son una broma, me parece un abuso para estar donde estamos». Él conoce bien a qué precio se cotizan los puestos vacíos y señala que «hay quien pide 15.000 euros por un local pequeño, una locura».

Su ventaja, indica, es que no necesita tener el local abierto ni depende de la gente que pase por delante de él para hacer negocio, sino que concierta las citas previamente por teléfono. En un pequeño espacio que no pasa desapercibido en la plaza, tiene hasta altares para hacer limpiezas, sus dioses orishas o un botafumeiro que utiliza de incensario. Marcos cuenta que trabajó para la policía en su país y que heredó sus dotes espiritistas de su abuela y bisabuela, Mãe Menininha do Cantoá, «las mejores brujas de Salvador de Bahía», apunta. Asegura que tiene clientes de todas las partes del mundo, muchos conocidos, y que los estafadores han echo mucho daño al gremio.

Jesús Iglesias está al frente del negocio desde hace tres lustros

«Hoy yo solo me basto y llegamos a ser tres personas despachando»

Su familia abrió la pescadería en la plaza del Ensanche en el 84, un año después de su apertura. Llegó a haber hasta cuatro negocios con género del mar, aunque ya solo queda el suyo. Jesús Iglesias derrocha simpatía, pero no se anda con rodeos: «Esto está muy mal». «Aquí vienen clientes de toda la vida. El problema es que no ves caras nuevas. En el momento que vayan fallando esos clientes que tienes de siempre, personas mayores, no hay quién lo sustituya», indica el pescadero de Vilaxoán, quien calcula que las ventas cayeron para él en un 30 % o 35 % en los últimos diez años, los más complicados. «Hasta el 2004 se vendió genial, pero cada año notas más el bajón. Hoy yo solo me basto y aquí llegamos a ser tres personas despachando», indica. 

Para revitalizar las galerías, considera que sería «fundamental que estuviesen todos los locales abiertos del sector de la alimentación, lo que hubo siempre, es la única forma de competir con otras áreas comerciales». Defiende que no se trata de mala fama, porque «si ves el comercio de fuera, ¿cuántos no están cerrados?. No sé cuál es el problema. La gente joven, en general, no quiere trabajar como autónomo, sino un sueldo fijo de lunes a viernes, y sin complicaciones».

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Más de veinte negocios resisten contra viento y marea en la plaza del Ensanche