La casa del Vilas busca comprador

El edificio, a la venta por 600.000 euros, es hoy un lugar olvidado, en el que apenas queda rastro del sitio donde comieron Fidel Castro, Helmut Kohl o Juan Pablo II


santiago / la voz

Fue el segundo hogar de Manuel Fraga, por no decir el primero. Pero del Vilas solo queda el recuerdo y la casa de bajo y dos plantas que acogió el restaurante, en el número 88 de Rosalía de Castro. Un inmueble que luce hoy deteriorado, como muchos otros de su acera, y que permanece ahí, indiferente, como si fuera una lápida más que recuerda a todos esos seres anónimos que descansan en fila en los cementerios. En el balcón de la primera planta cuelga un cartel de una inmobiliaria que anuncia la venta del edificio, y en el toldo rojo del establecimiento aún pueden leerse, en letras blancas y desgastadas, dos palabras: Restaurante Vilas. El inmueble cuesta 600.000 euros, el precio que oferta la agencia intermediaria, Engel & Volkers, que lleva la gestión desde hace seis meses y que se dedica al negocio de compraventa de las propiedades más caras.

El Vilas cerró sus puertas en septiembre del 2012, tres años antes de celebrar su centenario, pero no fue un final agradable. Como le sucede a las personas, los negocios también mueren de diferentes formas. Y este fue un adiós triste y turbulento. Había terminado la prórroga que marcaba la ley para los viejos arrendamientos urbanos, y Paco Vilas entregaba las llaves a los propietarios. Los dueños recibieron la casa con graves daños. Ni rastro de la cocina ni del lavadero de mármol.

La misma estancia donde Fraga y Beiras habían aparcado años antes su agria rivalidad frente a un plato de merluza con grelos, aparecía una década después como si fuera el cuarto de uno de esos edificios abandonados por la fuga de la central nuclear Chernóbil o por los bombardeos de Sarajevo o Alepo. Los propietarios, molestos con el estado en el que había quedado el inmueble, le abrieron sus puertas a los fotógrafos de prensa, que retrataron aquel desmoronamiento interior con una mezcla de incredulidad y estupor.

Paco Vilas se había llevado la cocina para pagar a sus empleados. Siete años después, la casa, de 720 metros cuadrados, sigue todavía en venta. La agencia ha bajado el precio en su intento por hallar un comprador.

El paso del tiempo

Algunos estudiantes que pasean a diario por la acera del Vilas, camino de las facultades del Campus Sur, quizá no sepan que ese viejo edificio, de aspecto ruinoso, había sido el sancta santorum de la gastronomía gallega, una embajada en una pequeña ciudad del noroeste, el lugar donde comieron Fidel Castro, Hiro Hito, Mick Jagger o Juan Pablo II. Muchos ni siquiera habían nacido entonces. Tal vez haya algunos universitarios a los que incluso les suene más el Vilas escritor que el Vilas restaurante. En el recuerdo quedan las cenas de Fraga y José Luis Baltar para reconducir las crisis del PP cuando todavía había boinas y birretes; el día en el que Raúl Alfonsín sucumbió a los camarones o cuando los hermanos Vilas, Moncho y Paco, requeridos por Felipe González, fueron hasta la Moncloa para servir la cena ofrecida al presidente de Colombia, Virgilio Barco.

El periodista José Luis Alvite recordaba que, en aquel encargo, la férrea disciplina protocolaria había impuesto a los Vilas dos condiciones: nada de platos de comer con los dedos y nada de queimada. Moncho y Paco, muy limitados, tuvieron que servir vieiras. Al parecer, Felipe González no era muy de marisco. Ambos hermanos, que luego acabarían enfrentados, lograron notoriedad como cocineros, mucho más allá de Galicia, antes de que llegase la fiebre de los chefs y de las estrellas Michelin.

Pero toda aquella fama se la debían, en gran medida, a Josefina Vilas, su madre, la matriarca del negocio que fundaron sus padres, una mujer amante de las sencillez, maestra de cocineros y enemiga de disfrazar los platos con condimentos. Tenía predilección por el jarrete. Injustamente, los obituarios escritos sobre el Vilas todos estos años la han olvidado a menudo.

En 1995, cuando el restaurante celebraba el 80 aniversario, en pleno esplendor de la era Fraga y con el negocio navegando a toda vela, Fina, como la conocían, se mostraba esperanzada con el futuro. «Teño a satisfacción de ver que Casa Vilas non morrerá conmigo. Fundáronna meus pais, e un neto meu que estuda hostelería xa se da moita maña coa cociña», explicaba en una entrevista a este diario.

No se cumplió su presagio. Josefina murió después, en el 2002, a los 84 años, con la satisfacción de un reconocimiento social que no disfrutaron ni su madre ni su padre, después de tanto trabajo y de tantas estrecheces económicas, pero sin imaginar que, tan solo una década después, se desmoronaría todo.

Un negocio que había fundado su padre, Ramón, un sastre natural de Touro (A Coruña) recién retornado de la emigración bonaerense. En 1915 decidió probar suerte en la hostelería. Con los callos y la carne estofada que tomaban allí los tratantes de ganado que iban a la carballeira de Santa Susana (donde entonces se celebraba la feria) empezó a forjarse la leyenda del Vilas.

Los fogones

Los vínculos de Fraga con Casa Vilas se remontan a su etapa de ministro en tiempos de Franco, cuando en los fogones gobernaba Josefina. Luego continuó la relación con sus hijos, Moncho y Paco.

En la década de los noventa, a diferencia de ahora, los universitarios que iban a las facultades veían casi a diario el coche oficial del presidente de la Xunta, allí aparcado, al mediodía y la hora de la cena. Y todo su séquito de asesores y de conselleiros.

Fraga devoraba la comida con la misma fugacidad con la que discurría su agenda. Sin pausa. Iba de un lado para otro. Si estaba en Galicia y no tenía compromisos fuera de Santiago, comía y cenaba allí, la mayoría de las veces pescado. Era su restaurante de cabecera, y un lugar en el que también mandaba, y mucho.

Cuentan que cuando Helmut Kohl visitó Galicia, Paco Vilas peló uno a uno un kilogramo de percebes para evitar que el canciller se manchase su traje, algo muy frecuente cuando se degusta este manjar. Pese a esta concesión, Fraga se había enfrentado personalmente al consulado alemán, porque pretendía que se redactase una carta en ese idioma para el presidente pudiese entender los platos y elegir el menú. Pero Fraga no dio opción.

«En esta casa se come lo que elige el cocinero».

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