La Compostela de los treinta cines

Desde enero de 1900, cuando se pasó por primera vez una película en Santiago, ha habido varias decenas de lugares de proyección entre salas estables y pabellones ambulantes


santiago / la voz

El fundido a negro empezó a pasar de castaño oscuro a principios del verano del 2013. Como uno de esos remakes atroces que hacen perder la fe en el séptimo arte, los cines Valle-Inclán ponían un enorme The End a un drama que comenzó a mediados de los 90 y que hasta el 2015 dejó a Santiago casi huérfana de celuloide. El guion estaba a la altura de aquel cine slasher que devolvió a la vida Scream: iban muriendo uno detrás de otro y la ciudad era incapaz de detener a un asesino invisible.

Parecía el fin de uno de los actos sociales por antonomasia del siglo XX que a Santiago llegó en enero de 1900: ir a ver películas. Por distintos puntos de la ciudad ha llegado a haber una treintena de lugares de proyección, teniendo en cuenta teatros, cinematógrafos y pabellones y salas temporales, entre ellas la actual guardería de Santa Susana. Poco tienen que ver aquellos años con el páramo que dejó el bienio negro de 2012 y 2013. En el 2015, Numax llegó para revitalizar una escena precaria. Más allá de ciclos concretos y de Cineuropa, no había manera de acceder a cine de autor y en versión original.

Uno de los primeros en caer en la slasher de los cines compostelanos fue el Capitol. Fue en 1998. Llevaba nutriendo de películas desde el 14 de noviembre de 1935, cuando abrió sus puertas con la proyección de Casta Diva. Fue, durante muchos años, la sala más avanzada de la ciudad, según explica José Luís Cabo en su libro Cinematógrafos de Compostela (1900-1986).

En 1949 le salió un competidor. No duró tanto como él, pero dejó una impronta en la cultura cinematográfica de la ciudad. Se llamaba Metropol y estaba en Doutor Teixeiro, en un edificio en el solar en el que hoy está Gadis. No tuvo una muerte digna. Cerró en 1976 con una vulgar película de destape de Manolo Escobar: Eva, ¿qué hace ese hombre en tu cama? En década de los 40, la de la posguerra, fue cuando estalló la afición al cine en Galicia. Junto al Metropol, empezaron a proyectar en Santiago el cine Yago (1946), de los mismos promotores que el Capitol, y el Rayola (1950), que después fue bautizado por los nuevos propietarios, también los dueños del Capitol, como Avenida. Los dos dejaron de existir cuando la crisis cinematográfica se hizo insoportable: la sala Yago en el 2007 y el cine Avenida, en su ya cuarta etapa -cerró en el 1954, en 1973 y en los 80 fue sala X- a finales de los 90.

Sucumbieron a un proceso que no ha dejado de avanzar desde hace décadas: las salas de cine se vacían y desaparecen. Ocurrió primero en los núcleos más pequeños y luego en las ciudades. Ha habido cines en Arzúa, Brión, Melide, Negreira, Ordes, Padrón, Santa Comba, Teo y Val do Dubra. De ellas quedan solo los recuerdos. Como los del parsimonioso acomodador de las salas Valle-Inclán -30 años en funcionamiento- que se tomaba su tiempo con cada entrada. O las primeras películas en el centro comercial. Área Central vino a ocupar el espacio de las salas tradicionales en 1993 y con el tiempo, sería devorada por la misma falta de espectadores que se había llevado por delante a los Compostela (1996-2007 2010-2012 y que ahora ha reabierto).

«La edad de oro de los cines, como acto social, es el pasado»

 

T.M.

Jesús Ángel Sánchez, profesor de Historia del Arte de la USC, es uno de los coordinadores del libro Cines de Galicia.

-¿El panorama es igual en todo el mundo que en Galicia?

-Pues claro. Está pasando en todo el mundo, cambian los hábitos de consumo y solo hay que pensar en plataformas como Netflix. La edad de oro de los cines, como acto social, es el pasado. Se están reinventado con otras fórmulas, como locales mixtos, del tipo de Numax. Entre ese extremo y el de los multicines las cosas se han radicalizado: o tienes el cine de complejos comerciales o estas salas que sobreviven como locales con oferta no exclusivamente de cine.

-¿Queda algún cine de barrio?

-Es muy meritorio los cines que resisten en núcleos de menos de 30.000 habitantes, y en algunas ciudades universitarias todavía se conservan salas al estilo antiguo, pero lo anómalo en Santiago es que llegó a haber unos años en los que no había ninguno en el centro de la ciudad, solo en los centros comerciales. Eso es anómalo y además muy lamentable teniendo en cuenta que está un cine como el Yago, una vieja sala en pleno casco histórico que se podría recuperar y nunca se ha conseguido llevar a cabo.

-¿Santiago es una ciudad especialmente cinéfila?

-El momento de mayor auge fueron los 60 y 70, coincidiendo, y no es casualidad, con el despegue de la universidad. Ahí sí que había un buen público y hasta los 80 y principios de los 90 se mantuvo. Luego llegaron los multicines y las nuevas formas de ocio con los centros comerciales y eso arrasó con los locales urbanos.

-Eso también cambió la programación.

-En los años 60 y 70 había lo que se llamaba de cine de arte y ensayo, que eran incluso subtituladas, y había colas incluso en cines con condiciones bastante malas, como el Salón Teatro que era de los peores de la ciudad y en cines periféricos, como el Avenida. El Capitol era el cine más moderno de la época y de estrenos.

-Dice que el cine es un acto social.

-Ahora ya menos, porque vas a hacer compras, a llenar el carro del supermercado y si coincide...

-¿Cuándo dejó de serlo?

-Antes se programaba ir al cine, ahora es algo que es un complemento, un relleno en otras actividades. Salvo los jóvenes, que pueden organizar una salida para ir a ver una película especial. Pero los centros comerciales hoy tienen muchas ofertas y el cine es una, no la principal. Está la restauración, las tiendas, los espacios de otras formas de ocio... es un planteamiento mucho más diversificado.

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Esta película empieza en el Teatro Jofre de Ferrol. Allí, un niño de apenas 12 años contempla por primera vez La Strada, de Fellini. Apenas un plano secuencia que demuestra lo que el buen cine en gran pantalla cambia la vida. Flashforward. Aquel niño trabaja hoy en un cine. Numax, una de las aldeas galas del cine de autor y en versión original que resisten en un país en el que las multisalas vinieron a comérselo todo y acabaron devoradas por la crisis.

La película de Xan Gómez Viñas se traslada de Ferrol a Santiago como la de muchos otros: cuando llega a la universidad en el año 2000. Y cambia las localizaciones: la sala Yago, Cineuropa programando ciclos temáticos más allá de noviembre, Amal, la Fundación Caixa Galicia. Por los Valle-Inclán y los Compostela. Aquel día que, con el Cineclube Compostela, llenaron dos veces la sala Yago con El ángel exterminador de Buñuel y que vino a demostrar una vez más lo que ya se sabía: «Santiago é unha cidade moi cinéfila, que xerou moita cultura de cine de autor, de versión orixinal».

Flashback. Años 60. Sesión de los domingos a las 15.30. Era una de las pocas oportunidades de salir que tenían las mujeres en aquella época. Encarna Otero, con su peseta en la mano -o sus dos cincuenta, ¿quién lo recuerda?- se dirige al cine Avenida, el que quedaba más cerca de Pontepedriña, donde vivía. De aquellas sesiones infantiles se acuerda también el que hoy es decano de Ciencias da Comunicación, Xosé Ramón Pousa. «Había moitas películas de vaqueros, de Chaplin, do Gordo e o Flaco, Buster Keaton». De adolescentes «xa subiamos ao pueblo». La película de Encarna Otero transcurre en el Metropol, el Capitol y el Yago, aunque el Salón y el Principal también funcionaban. En el Pazo de Armada de la Rúa do Vilar «poñían a censura. Era 1 e 2 podiamos ver. 3, 3R e 4 xa era imposible». Se burlaba con el Cineclube, «con películas moi sesudas». Con cine italiano y japonés «Agora grazas a que temos Numax, Cineuropa e os Compostela. Hai unha clientela cinéfila» que tiene derecho, por ejemplo, a tener un proyecto de ciudad: «que o cine Yago recupere vida».

De esas sesiones de «espectáculo masivo» de esos espacios «nos que conviviamos xente de diferentes lugares e tamén de diferentes segmentos sociais» recuerda Encarna Otero especialmente el Othello de Laurence Olivier y de ver sentada en las escaleras del anfiteatro del Capitol Rojos. Se pone en marcha el rollo de celuloide de Pousa. Es como esas cintas en las que se relatan dos vidas paralelas: «O mellor cine era o Metropol. O Capitol era o segundo en tamaño e tamén programaba películas de máis nivel. O cine de barrio era o Avenida».

De aquel cine Capitol probablemente a no quede casi nadie que guarde en su cabeza los efectos de luz de tonalidades salmón, verde, violeta, azul y ámbar que recibieron a los espectadores el 14 de noviembre de 1935. Ni los destellos del proyector Klangfilm que por primera vez iluminaba la pantalla. Ni el bar americano ni el quiosco de prensa en los que alternar durante el descanso. Pero sí se recuerdan otras cosas: Encarna Otero estuvo en un recital de Voces Ceibes. Allí había actos políticos. En la primera campaña autonómica de Fraga, entraron un grupo de alumnos de Historia a reventar el mitin.

«Outro cine interesante era o Yago, unha bombonera, precioso», dice Pousa. El Yago, en el que durante unos días de 1973 se formaron colas kilométricas «Foi o boca orella», recuerda Encarna Otero con una carcajada. Por error, se pasaba la bobina no censurada de Las melancólicas. Había escenas sexuales. Libertad, aunque fuese equivocada.

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