Amenazas


Los compostelanos somos un tanto nostálgicos. Gusta rememorar tiempos mejores, imágenes que se han quedado grabadas en nuestra retina, endulzadas muchas de ellas con el aroma tierno de la juventud. Aquella churrería donde calentábamos el estómago en los días fríos de invierno. Esos cines del Ensanche que ya no recuerdan los más jóvenes y en los que vimos nuestra primera película en la gran pantalla. O aquella plaza del Obradoiro a rebosar, donde no cabía ni una cerilla, cuando los fuegos del Apóstol no tenían pasillos de evacuación. Como buena picholeira, disfruto evadiéndome en pretéritos y, en ocasiones, desde esta columna comparto flashes de aquello. Pero en esta ocasión toca hablar del presente, de un capítulo que alguien debería evocar como bochornoso al echar la vista atrás. Hablo de las amenazas a un alcalde, que han llegado a donde debían, a los tribunales. Y no por ser él regidor o político, simplemente porque ni en su caso (mediático por el cargo) ni en ningún otro se deberían consentir.

Canta el Alejandro Sanz del 2018 que «para poder desahogarnos hemos inventado Twitter», pero lo cierto es que demasiados utilizan esta y otras redes sociales no para expresarse sino para el insulto fácil, burdo, la burla cruel, las amenazas y la intimidación. Protegidos detrás de una pantalla, donde todo vale y sacamos lo peor de nosotros. Hay quien se justifica ondeando la bandera de la libertad de expresión. Pues piensen qué pasaría si, desde la libertad de expresión, un periódico o un alcalde usasen los mismos términos que estos en las redes. Tenemos la piel muy fina cuando algo nos toca, pero para arremeter contra otros no hay reparos.

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