Ahora


Ahora que llegó la lluvia y que el frío invita a quedarse en casa; ahora que los reflejos han vuelto a las calles empedradas de Compostela; ahora que ya se puede tomar un vino en el Franco y se ha recuperado el metro cuadrado necesario para que el paraguas pueda transitar por las rúas... Ahora hagamos un acto de contrición. Y no, no tiene que sentirse usted culpable porque hace unas semanas se haya visto tentado a andar a patadas con los turistas, ni por el hecho de que aquel día, cuando un pobre peregrino le preguntó por la catedral, haya usted querido enviarlo directamente a la colegiata de Sar, ni tampoco es usted un engendro del infierno por pasársele por la cabeza la idea de lanzar un petardo en plena plaza del Obradoiro para espantar a la muchedumbre, ni por acordarse un día de la madre de todos y cada uno de los niños de aquella excursión que le bloqueó la salida del garaje cuando llegaba tarde al trabajo y el nombre del jefe ya aparecía en la pantalla de su teléfono móvil. Todo lo que sintió forma parte de la debilidad humana y lo importante es que ni pateó a los turistas ni mandó a los peregrinos fuera de la ciudad ni les dijo nada a los niños y esperó, contando hasta diez, a que cruzasen y le dejasen libre la salida. Pero ahora que todo pasó y podemos reflexionar un poco, piense que usted es exactamente igual que ellos cuando viaja a París y, a dos metros de la Torre Eiffel, pregunta por el monumento y pretende que el parisino le responda en español, o cuando dispara el flash de la cámara antes de entrar en la Capilla Sixtina o cuando va a gritos en pelotón por Abbey Road. Y ahora hagamos propósito de la enmienda.

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