De dormir en un cajero en Santiago a la feria del libro de Fráncfort

Tras superar su alcoholismo, Michael Martin dejó la calle y ahora ha escrito su azarosa biografía

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De dormir en un cajero a la feria del libro Tras superar su alcoholismo, Michael Martin dejó la calle y ahora ha escrito su azarosa biografía

santiago / la voz

Hace tan solo cuatro años, Michael Martin (Marburgo, Alemania, 1954) pedía limosna en la calle, tenía problemas con el alcohol y dormía en el cajero de un banco en la plaza de Galicia de Santiago. Hoy está completamente rehabilitado y acaba de regresar de la Feria del Libro de Fráncfort de presentar su biografía No sabes nunca a dónde te lleva la vida (Novum Verlag), toda una catarsis en la que narra con desgarro todas las vidas que palpitan bajo su piel. La de niño no amado por su madre que fue de internado en internado. La de brillante estudiante de medicina cuya carrera se frustró por haber practicado un aborto a su novia. La de soldado alistado en la Legión Extranjera francesa. La de traficante de drogas y drogadicto en Holanda que acabó detenido y expulsado del país. La de mendigo que vagabundeó por toda España y acabó en Santiago con una mochila como única pertenencia. Y la actual, la de hombre enamorado que se casó con la abogada que le ayudó a dejar atrás sus abismos y que sonríe y grita victorioso: «¡Estoy vivo!».

No es para menos. Martin no solo está vivo, no solo ha sobrevivido, sino que su relato es toda una inspiración que puede devolver a la vida a todos aquellos cuyos traspiés les han llevado a carecer de hogar, de salud o de futuro. La suya fue muy pronto una historia de dolor pese a haber nacido en el seno de una familia acomodada, de madre fiscala y padre médico. Sus malos recuerdos se remontan a cuando tenía tan solo tres años, su abuela materna le pegaba y él huía al cementerio cercano a su casa. «Los muertos no pegan», asegura que pensaba. En su infancia vivió otro episodio terrible cuando, a los seis años, sorprendió a su madre con su amante -había dejado a su padre- en la cama. Su reacción fue vengarse del hombre matando a todos los conejos de su granja y huyendo después a la montaña. Nadie, ni él mismo, sabe cómo sobrevivió allí solo, pero tras aquel incidente acabó viviendo en internados.

Michael siempre fue un buen estudiante. Quiso ser internista e inició con brillantez unos estudios en la universidad que se vieron truncados cuando su novia, que era enfermera, se quedó embarazada. Ella quería abortar y él, que fue un niño no amado por su madre, pensó que era mejor que el bebé no tuviese que pasar por lo mismo que él. Con la ayuda de un amigo, intervinieron sin ningún problema a la chica, pero ella se lo confesó a su padre, que denunció a Martin. Fue el fin de su carrera como médico y el principio de su vida como soldado en la guerra entre Libia y Chad (1978-1987), en la que Francia intervino en contra de Muammar el Gadafi.

La vida de Michael saltó siempre de impulso a impulso y al ejército francés llegó de ese modo. «Estaba en Marsella, vi un cartel y me alisté», afirma. En la guerra le saltaron un ojo de un bayonetazo y estuvo a punto de perder la visión, pero lo más desgarrador fue la muerte de su amigo, Willi, al que encontró decapitado y descuartizado por el enemigo. Una imagen que aún le atormenta. No fue aquel trauma el que puso fin a su vida como soldado, sino un cáncer. Tenía 28 años cuando se lo diagnosticaron y prefirió volver a Alemania a tratarse. Postrado en la cama del hospital, pidió ver a su madre, pero ella se negó. «Para mí fue un golpe muy duro. Ese día ella murió para mí», asegura.

Michael sobrevivió a aquel tumor, como tiempo después venció también a un ictus y a un fallo cardíaco que le obligó a someterse a un cuádruple baipás. Pero cuando quiso reincorporarse a la Legión Extranjera, le rechazaron, por lo que acabó en Holanda. Tenía 34 años y no tardó en consumir heroína y cocaína y en hacerse narcotraficante. «No era un gran dealer», explica sin darle mucha importancia, «pero sí uno intermedio», añade. Del caballo salió por sus propios medios, encerrándose dos meses en una pensión. De su faceta como camello le sacó la policía y de la cárcel su abogado y un fallo judicial. Eso sí, le obligaron a abandonar el país y tuvo que regresar a Alemania a la fuerza.

Poco tardó en sentir de nuevo ese impulso de huir. En una estación de bus vio Barcelona en la lista de destinos y no se lo pensó. El 6 de agosto del 2008 llegó a España y aquí comenzó su vida de vagabundo. Y de alcohólico. Un suizo le explicó cómo pedir limosna. «Me dijo que solo me sentara leyendo el periódico, pusiera música y ya», recuerda. El sistema dio resultado. A pie, en bus o en tren recorrió todo el país. Dando tumbos. Le robaron, le pegó la policía y perdió toda su documentación. Así llegó a Santiago. «Mi oficina estaba en la calle A Senra y mi hotel en la plaza de Galicia», ironiza. Allí está el cajero del banco en el que durmió durante todo un año. «Hoy el director de la sucursal es amigo mío», afirma. Y es cierto, al verle para hacer la foto del reportaje salió a saludarlo y ambos se fundieron en un emotivo abrazo. «Siempre me daba algo para desayunar», rememora Martin.

No fue el único que le ayudó. En Compostela le tendieron la mano Pilar, Iris, Íñigo y su actual esposa, Susana Menéndez, abogada que fue asesora jurídica voluntaria. A todos les ha dedicado el libro, con el que próximamente estará en la feria de Viena y que espera poder traducir pronto al español, porque ahora mismo solo está disponible en alemán. Fue también en Santiago donde encontró a Luna, la perrita a la que rescató de cachorrita de un contenedor. 

«Sin ella seguiría en la calle»

Aquellos que de verdad creyeron en Michael le dieron la fuerza para dejar el alcohol y la calle. Cada noche, Susana le llevaba una infusión de boldo para limpiar su hígado. Poco a poco, se fueron enamorando pese a la barrera del idioma, a base de sonrisas, miradas y gestos. «De no ser por ella yo seguiría en la calle», confiesa Michael. En noviembre del 2014, él, tirado en la calle, la cogió de la mano y le prometió que nunca jamás volvería a beber. Y así ha sido. Hace un año, el 6 de agosto del 2017, se dieron el sí quiero y sus vidas se entrelazaron definitivamente. Él le regaló el libro, aún en su versión manuscrita. Fue como entregarle su vida. Todas las vidas que ha vivido. Y toda la que le queda por vivir.

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