Las galerías de la movida santiaguesa: «Esto era una riada de gente»

Solo dos bares de aquel epicentro noctámbulo siguen abiertos al público, en una calle de capa caída donde antes había tal multitud que impedía pasar a los coches

Las galerías de la movida en Santiago: «Esto era una riada de gente» Solos dos bares de aquel epicentro noctámbulo siguen abiertos al público, en una calle de capa caída donde antes había tal multitud que impedía pasar a los coches

Santiago / La Voz

Las noches de Santiago ya no son lo que eran. Están a años luz, aunque en el espacio-tiempo real han pasado solo 30 años de aquellas calles que al caer el sol se anegaban de jóvenes dispuestos a comerse el mundo (y bebérselo). En el epicentro del maremagno noctámbulo estaban las galerías del Ensanche. Cuatro pasadizos concentrados en una misma recta y atestados de pequeños locales. Los hijos del baby boom y de una USC con el doble de estudiantes que ahora -entonces era la única universidad gallega- eran los reyes de la capital.

De todo aquello, poco queda. De las dos galerías que unían las calles Rúa Nova de Abaixo y Rosalía de Castro solo siguen abiertas unas. Las otras han echado la reja y con ellas un emblema de la movida santiaguesa, el Berberecho, donde nunca faltaban unas pipas para acompañar. En las galerías Pasaje hay que adentrarse por su pasillo en espiral para escuchar el eco de lo que fue. Suena de lejos Sweet Child O’Mine, de Guns N’Roses. Sale del único garito abierto, el Gasteiz, que a sus 36 años ha pasado por tres gerencias. Dos hermanos de Ponteceso, Carlos y Pablo Pose, están ahora al frente del local declarado «patrimonio da nocturnidade» por un cartel en su exterior, donde tanto juego dio el futbolín que han aparcado dentro.

«Sobrevivimos porque é o último pub que queda destas galerías e ten algo de fama», dice Carlos. «Resistimos coa clientela de toda a vida que segue saíndo, xente de entre 25 e 45 anos, porque os estudantes agora ou quedan bebendo nos pisos ata as mil ou van ao barato e malo», añade.

Aunque ya no hay que esquivar a muchedumbres para llegar al Gasteiz, el local sigue prácticamente igual. La barra es la que había y sigue en el mismo sitio, así como las estanterías, el color de las paredes... Dentro, parece que el tiempo se ha detenido.

La expedición continúa en las galerías Goya. La mayor parte de los locales se venden o alquilan. Hay que adentrarse hasta el final para descubrir que todavía se mantiene en pie El Carallete, aunque solo abre para «actos privados». Antonio Maroñas, un hostelero de alma heavy, lo regenta desde hace un año. Hace 30 estaba en el bar que hace esquina, La Farola -D.E.P., junto al Picapeixe y su agua de valencia, el Brétema y sus famosos cerebritos (un chupito de crema de whisky, granadina y licor de melocotón), el Happy y su B-52 (al que se le prendía fuego) o los tragos mata-penas del Cotón-. Antonio recuerda los submarinos (cerveza con tequila) que le servían de chaval. «Esto era una riada de gente. Ahora está muerto. Aquí queda el 0,5 de lo que había», sentencia.

La ruta acaba en las últimas galerías de la calle, en las que solo queda A Cova da Vella. Manel, el actual propietario, conserva el toque añejo del bar y hasta algunos de los chupitos más emblemáticos en la carta. La especialidad de la casa era el mistela y el tumbadiós, pero «ya nadie lo pide», dice Manel, quien sigue animando el ambiente a ritmo de Ska-P en unas galerías donde aún queda sitio para los nostálgicos.

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