Los inmigrantes alimentan una docena de iglesias de confesiones minoritarias

Las comunidades, de hasta cien miembros, tienen una intensa actividad religiosa y social


santiago / la voz

A la sombra de catedral de Santiago, uno de los faros universales del catolicismo, hay vida, espiritualidad y otras creencias. Pero hay que mirar con atención porque estas iglesias y centros de confesiones minoritarias, al menos en capital gallega, no tienen minaretes ni ocupan fabulosos edificios con fachadas de piedra a las plazas del casco histórico. Pero ahí están. Desde el inicio del Hórreo hasta el final de la avenida de Lugo se puede tocar a la puerta de un centro evangélico, una vivienda de meditación budista, un bajo donde se aloja la comunidad islámica de Galicia, otro que acoge a la Iglesia Cruzada del Dios Vivo, también evangélica, y, ya en Rodríguez de Viguri, una iglesia bautista.

Esta milla larga de la fe alternativa es un buen ejemplo que se ramifica por otras zonas como O Milladoiro o barrios en los que es posible encontrar bajos a precios razonables. Todos estos espacios se mantienen con las aportaciones de los fieles o de los centros de referencia de cada confesión. Es el caso de la Iglesia Cristiana Adventista, que ha encontrado en Salgueiriños un bajo económico y cómodo para sus actividades. «Somos unas veinte personas, una congregación pequeñita si la comparamos con la de A Coruña, donde solemos juntarnos 150», explica el pastor Rubén García, que atiende ambos centros. En España tiene unos 17.000 miembros, y en origen fue una comunidad impulsada por gente del país, pero desde hace unos años se alimenta de los flujos migratorios, sobre todo desde Latinoamérica y Rumanía, donde tienen raíces muy sólidas.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene su sede en Fontiñas. Son los mormones de toda la vida, que llevan 44 años asentados en Santiago. El domingo se suelen reunir en el local de la rúa Dublín para trabajar en distintos grupos, que coordina Bolter Goyes. Ecuatoriano y casado con una gallega, admite que Santiago es una plaza complicada para crecer por la influencia del catolicismo, aunque los dos misioneros norteamericanos que salen a calle a difundir sus creencias no desisten, aunque son los sudamericanos los que nutren los grupos. Están inscritas 160 personas, pero de forma regular acuden algo más de medio centenar a las llamadas a la oración y al estudio bíblico. En su caso, reciben financiación de su comunidad en España para soportar los gastos.

Andrés López, colombiano, es el pastor de la Iglesia Cruzada del Dios Vivo, y a lo largo de la semana abre las puertas de su centro en varias ocasiones para organizar actividades solidarias, que al margen del culto y el estudio de la religión es el leit motiv diario de todas las comunidades. La «iglesia madre» está en Sevilla desde hace treinta años, y en Santiago tratan de no ser una carga para la organización. Al contrario, todo se sufraga con las aportaciones de los fieles, que crecen en número pero que no siempre son estables. Los que llegan, en la inmensa mayoría de los casos, saben a qué puerta están llamando porque proceden de países en los que la comunidad no es minoritaria. «En Galicia dicen que la gente es fría, pero nunca hemos notado rechazo y siempre tenemos la puerta abierta «para evitar suspicacias».

No todos los responsables de confesiones tienen tan clara esta idea. Algunas han expresado su interés por no aparecer en los medios, y al menos dos han mostrado su preocupación por las intención periodística de este reportaje, un reflejo del recelo que existe incluso entre colectivos que están dados de alta en el Ministerio de Justicia y que han sufrido experiencias prejuiciosas.

Óscar Tesone, pastor de una iglesia bautista, es de Argentina pero lleva veinte años en España desarrollando un ministerio que incluye una pequeña tienda para gestionar ropa para la gente más desfavorecida y aconsejando a vecinos con adicciones o con problemas de violencia de género. «Trabajamos la parte emocional», dice, y cuando lo ven necesario ayudan a contactar con las instituciones oportunas o con centros especializados. Como casi todas las organizaciones, canalizan las aportaciones a través de oenegés y trabajan directamente con el Banco de Alimentos. Hacen estudio bíblico, dedican tiempo a la oración y, sobre todo, hablan y comparten experiencias. Quedan al menos dos veces por semana. Unas veces son ocho, y otras llegan a la treintena. El número no importa, «nosotros estamos con la gente».

«Nos reunimos gente de diez países distintos»

Valentín López reivindica su condición de santiagués «de toda la vida», pero admite que en el amplio local en el que está establecida la Iglesia Evangélica en el Hórreo «hay un 50 % de gallegos y miembros de diez países distintos, crecimos gracias a ellos». Son especialmente activos en la ciudad, y están centrados en la ayuda de las familias y personas que sufren problemas de adicción. Visitan prisiones «y en Nochebuena llevamos chocolate a los marginales de Cervantes». El domingo es el día del culto general y se reúnen unas cien personas, con oración, lecturas y conexiones por televisión con otras iglesias, como ocurrió ayer. Registrados en el Ministerio de Justicia como confesión, están asentados en la capital gallega desde 1986, «y desde entonces siempre nos presentamos a los alcaldes y comisarios para prestar nuestra colaboración». El pastor Valentín López recuerda que los servicios y ayudas que ofrecen son gratuitos e invita a acudir a todos los vecinos «al margen de la fe».

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